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EL AÑO SACERDOTAL

El Don del celibato
Fuente: www.encuentra.com

La primera descripción que la Biblia hace del hombre es que ha sido creado por Dios en pareja, de forma que el hombre y la mujer constituyen una unidad superior, pues ambos son creados el uno para el otro. En este sentido, el matrimonio se presenta como la condición original del hombre. Las dos versiones que relata el Génesis (Gén 1,26-28; 2,18-25) -si bien literalmente difieren entre sí- tienen un propósito común: mostrar que el hombre y la mujer se unirán para ser "una sola carne". Ello posibilita a Juan Pablo II definir con rigor a la persona humana como un "ser esponsalicio". Y es que la situación común del hombre y de la mujer es desarrollar su existencia adulta, regularmente, en matrimonio.
 
No obstante, la renuncia al estado matrimonial no es un hecho aislado en la historia de los pueblos, pues algunas culturas han dado cierto valor religioso a la virginidad. Es el caso, por ejemplo, de las vestales de Roma, de algunas expresiones de los ascetas hindúes y de la vida monacal de los bonzos/as budistas. También en la religión de Israel, aunque los hebreos profesaban el amor al matrimonio y consideraban la soltería como un mal no deseado (Gén 30,23; Is 54,4), en tiempo de Jesús se practicaba el celibato por algunos miembros de la secta de los esenios.
 
Pero es en el cristianismo donde el celibato adquiere un claro y eminente sentido religioso. De hecho es el mismo Jesús quien presenta como un nuevo valor la renuncia al matrimonio por amor al reino de los cielos (Mt 19,12). De este modo, muy pronto, ya en la época apostólica y más común en la historia de los primeros siglos del cristianismo, no fueron inusuales los casos de hombres y mujeres ?a ambos se les denominaba "vírgenes"- que, renunciando al matrimonio, dedicaron su vida a Dios como célibes, sin compartir un amor humano. A partir del siglo III aparecen los anacoretas, aunque la vida eremita-cenobítica será un fenómeno social (votos, hábitos, etc.) sólo desde mediados del siglo IV. Posteriormente, con el monacato, se inaugura un estilo de vida célibe, con expresa renuncia al matrimonio por el reino de Dios.
 
El celibato por el Reino de los Cielos es un carisma y un don con el que el Señor ha bendecido a su Iglesia desde su mismo origen, pudiendo ser asumido por cualquier cristiano. Es un gran testimonio de fe y una fuente de energía al servicio de la Evangelización.
 
El celibato no es una simple opción o aspiración humana. Es un don de Dios. No se deduce de las condiciones de este mundo, sino del anuncio del Evangelio, de lo que Jesucristo mismo ha vivido y predicado. Por eso, la Iglesia nunca ha querido someter esta disciplina a consideraciones culturales o de oportunidad histórica. Un don personal, una manifestación del amor con que Dios quiere a las criaturas, siempre al servicio de la Iglesia y de la Evangelización.
 
1. El celibato en la historia
 
En relación con el celibato, el Catecismo de la Iglesia Católica enseña lo siguiente: «Cristo es el centro de toda vida cristiana. El vínculo con Él ocupa el primer lugar entre todos los demás vínculos, familiares o sociales (cfr. Lc 14,26; Mc 10,28-31). Desde los comienzos de la Iglesia ha habido hombres y mujeres que han renunciado al gran bien del matrimonio para seguir al Cordero dondequiera que vaya (cfr. Ap 14,4), para ocuparse de las cosas del Señor, para tratar de agradarle (cfr. 1 Co 7,32), para ir al encuentro del Esposo que viene (cfr. Mt 25,6). Cristo mismo invitó a algunos a seguirle en este modo de vida del que Él es el modelo».
 
Entre los primeros cristianos, numerosos fieles corrientes recibieron el don del celibato y lo acogieron con alegría, siguiendo el modo de vida del Señor. De esta realidad histórica hay testimonios en los Padres y autores cristianos más antiguos. Ya en el siglo I San Clemente Romano exhortaba a los que vivían el celibato a no envanecerse por haber recibido ese don. Poco después, a finales del siglo I o a comienzos del II, San Ignacio de Antioquía les recomendaba de nuevo que fueran humildes. En el siglo II, San Justino y Atenágoras afirman expresamente que muchos cristianos, hombres y mujeres de toda condición, siguiendo a Cristo desde la juventud, permanecían célibes toda la vida.
 
También desde el inicio, la Iglesia ha reconocido una particular conveniencia del celibato para el sacerdocio ministerial. Esta conveniencia se manifiesta en la disciplina eclesiástica sobre el celibato sacerdotal, de diversos modos en el rito latino y en los ritos orientales.
 
En el siglo II aparece formalmente en la Iglesia el "orden de las vírgenes", constituido por mujeres que hacían profesión pública de virginidad por el Reino de los Cielos. Eran consagradas mediante una ceremonia litúrgica en la que recibían un signo distintivo. Tenían un lugar reservado en las celebraciones litúrgicas y llevaban un peculiar género de vida, que es un precedente del estado religioso. A finales del siglo III surge la vida eremítica y después la cenobítica y monástica, caracterizadas por un apartamiento del mundo para dedicarse a la oración y dar testimonio de que las realidades temporales no son el fin último (testimonio escatológico). Más adelante florecen diversas formas de vida religiosa en las que la "renuncia al mundo" no implica un alejamiento material de las realidades temporales, pero sí una relación con esas actividades distinta de la que es propia de los fieles corrientes. En general, el estado religioso comporta una consagración a Dios por la profesión de los votos de pobreza, castidad y obediencia, que «manifiesta el desposorio admirable establecido por Dios en la Iglesia, signo de la vida futura». Todo esto configura profundamente la vida espiritual, con manifestaciones propias en las diversas espiritualidades religiosas. El celibato que forma parte de esta consagración ?distinta de la del Bautismo? es un "celibato consagrado" que está al servicio de la vocación y misión propias de la "vida consagrada".
 
Lo que se ha dicho en los tres párrafos anteriores es suficiente para concluir que el don del celibato puede estar al servicio de la vocación y misión propia de los fieles laicos, o del sacerdocio ministerial o de la vida consagrada. En este sentido se puede hablar de un celibato apostólico de los laicos, de un celibato sacerdotal y de un celibato consagrado.

 

 


 

Misión específica del sacerdote
El sacerdote no es sólo el animador de una comunidad, advierte el Papa
Fuente: Zenit.org

Ante los prelados de Bélgica, Juan Pablo II subrayó el sábado la misión específica del obispo y del sacerdote en una «sociedad que pierde sus referencia tradicionales y favorece voluntariamente un relativismo generalizado».
 
Encabezados por el cardenal Godfried Danneels, los obispos belgas fueron recibidos por el Santo Padre al término de su visita «Ad limina».
 
En el encuentro, el Papa expresó su preocupación por la situación de la Iglesia en Bélgica y recalcó que el «primer deber es dar a conocer a Cristo y el Evangelio».
 
«No se puede ocultar -afirmó- una real inquietud frente a la significativa caída de la práctica religiosa», relativa tanto a las eucaristías dominicales como a la celebración de sacramentos como el bautismo y el matrimonio.
 
La «crisis persistente de vocaciones» también se hace presente en un proceso de secularización que puede hacer pensar que la sociedad belga «ha dado la espalda a sus raíces cristianas».
 
En este contexto, Juan Pablo II calificó de «inquietante» la nueva legislación nacional que «afecta a las dimensiones fundamentales de la vida humana y social, como el nacimiento, el matrimonio, la familia y también la enfermedad y la muerte».
 
Ante estos cambios legislativos que «inciden profundamente en la dimensión ética de la vida humana», los prelados deben «reafirmar la visión cristiana de la existencia», advirtió el Papa.
 
De aquí la necesidad de desarrollar la formación teológica, espiritual y moral de los fieles, empezando por los jóvenes.
 
Sin embargo, el Santo Padre observó que la renovación de la vida cristiana no puede venir sólo de una reforma exterior, sino más bien «de una renovación interior de la vida de fe».
 
Precisamente en ello, el ministerio sacerdotal «encuentra su verdadero significado», puesto que el sacerdote no debe solamente «ser el animador o el coordinador de la comunidad», sino que debe «representar espiritualmente, en la sociedad, a Cristo Salvador».
 
Juan Pablo II invitó también a los obispos, «en unión con las parroquias», a «difundir la Biblia entre las familias», profundizando por otro lado en «la importancia de la Eucaristía» para la vida personal y comunitaria.
 
Finalmente, se detuvo en la educación de los jóvenes. Las «riquezas de la identidad católica» ofrecen a las jóvenes generaciones «la mejor tradición educativa de la Iglesia» junto a los «principios morales indispensables para avanzar con serenidad y responsabilidad en el camino de la vida», destacó.


 

Año sacerdotal"Si ya soy sacerdote, ¿cómo no soy santo?"

Conferencia de monseñor José Luis Gutiérrez
sobre la espiritualidad sacerdotal de José María Lahiguera
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En el año en el que se celebra el centenario del nacimiento de monseñor Lahiguera, el objetivo de esta conferencia ha sido poner otra vez de actualidad la importancia de la santidad sacerdotal, a través de una breve semblanza espiritual de quien fuera su acérrimo defensor.
 
Basándose sobre todo en los «Apuntes espirituales» de José María Lahiguera, monseñor Gutiérrez ha dicho que «nos encontramos ante las anotaciones de un sacerdote con profunda vida interior» difícilmente penetrable.
 
Como dice el relator de la Congregación para las Causas de los Santos, «don José María se sabía llamado a la santidad sin medias tintas», pero para él «para ser santo no hace falta otra cosa que cumplir la voluntad de Dios».
 
Sobre lo qué significó el sacerdocio para monseñor Lahiguera, monseñor Gutiérrez citó sus palabras: «En virtud del sacramento del orden, instituido por Cristo, la mirada de Dios y la del llamado se fusionan: Cristo se hace él y él queda hecho otro Cristo. Cristo le da su ser, y él es Cristo entre nosotros. Cristo le da su poder, y él va a obrar con el poder de Cristo. Cristo se dio del todo, y él se entregó del todo. A nadie se elimina, pero para que quepan todos, tiene que haber uno solo, y ése ha de ser Cristo (...) No me preguntéis más qué es el sacerdocio».
 
Pero para monseñor Lahiguera no bastaba ser sacerdote, había que ser sacerdote santo. Monseñor Gutiérrez volvió a citar sus palabras «Si no soy santo, ¿para qué ser sacerdote? Y, si ya soy sacerdote, ¿cómo no soy santo» y estas otras: «Sacerdote santo, pronto y grande. Pronto, porque la vida es breve. Grande porque lo requiere la sublimidad del sacerdocio. Sacerdote santo, pronto y grande, porque con menos no cumplo».
 
Según monseñor José Luis Gutiérrez «la urgencia de promover la santidad sacerdotal queda encuadrada en el ministerio y en la vida de don José María, dentro de un horizonte sin límites, que llega a todas las almas».
 
«Para desarrollar esta idea, continúa el relator, hay tres jalones que manifiestan una lógica continuada: la cruzada "pro Sacerdotio"; la Congregación de Hermanas Oblatas de Cristo Sacerdotes; el empeño del Siervo de Dios por obtener la facultad de celebrar litúrgicamente la fiesta de Nuestro Señor Jesucristo, Sumo y Eterno Sacerdote».
 
Para don José María, tal como lo ve monseñor Gutiérrez «la santidad de los sacerdotes es el medio para promover eficazmente la santidad de todos los fieles y de la sociedad».
 
El prelado sintetizó la espiritualidad de monseñor Lahiguera con las cuatro notas con las que él mismo la definió «filialmente mariana, eminentemente contemplativa, esencialmente sacerdotal, divinamente trinitaria».
 
Sobre la alternativa entre una vocación activa o contemplativa en la vida de monseñor Lahiguera, el relator responde con sus palabras «mi espiritualidad es eminentemente, no exclusivamente contemplativa».
 
«La oración es fundamental, necesaria, insustituible en el apostolado, sin ella es todo pirotecnia inútil», decía monseñor Lahiguera. «Sólo el santo es verdadero apóstol», añadía.
 
Como en toda vida que aspira a la santidad, monseñor Gutiérrez recuerda que la vida de monseñor Lahiguera no estuvo exenta de lucha «Aparece a menudo en sus escritos la palabra conversión, el deseo de corresponder cada vez con más generosidad a la gracia que está recibiendo».
 
Sobre el amor de José María Lahiguera a la Eucaristía, el relator ha recordado una vez más sus palabras «La Eucaristía es mi gran devoción. Pero vivida en la intimidad cariñosa ¡Cuántos besos a la puerta del Sagrario! ¡Cuántas breves, brevísimas entradas y aun desde la puerta, para saludar a Jesús, mi Hermano, mi Amigo, mi alter ego! ¡Qué miradas ardorosas, como saetas, que se clavan en la puerta del Tabernáculo! ¡Cuánto tiempo de oración silenciosa junto al Santísimo Sacramento!».
 
En su espiritualidad sacerdotal, monseñor Lahiguera había añadido el voto de no perder el tiempo y el voto de ánimas, además de muchas consagraciones y ofrecimientos que, como dice monseñor Gutiérrez, lejos de convertir su vida interior en algo «complicado e incluso asfixiante» , estuvo caracterizada, como el propio monseñor Lahiguera escribió, por «la paz, la tranquilidad y la acción de gracias».
 
Finalmente, monseñor Gutierrez dijo que don José María Lahiguera «siguió dócilmente el impulso del Espíritu Santo en su alma, que nunca trabaja las cosas en serie, sino que realiza una obra de artesanía con cada uno».
 
En este sentido, el relator recordó como con frecuencia monseñor Lahiguera se refería al Espíritu Santo como «el Director Espiritual de su alma».
 


 

"Los sacerdotes, por alusiones"

Autor: Pablo Cabellos
 Levante-EMV. Valencia, 17-XII-2004
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He leído en la prensa que la señora vicepresidenta del Gobierno ha dicho en nuestra ciudad que los jueces y los sacerdotes son tenebrosos e inmovilistas, porque ponen pegas a los avances. Los jueces -sus asociaciones y el CGPJ- ya han protestado enérgicamente. Quizá alguien de la jerarquía católica, con más autoridad que yo, haga lo propio, si es que esto merece una réplica, incluso después de la rectificación parcial que ha realizado.
 
No pretendo hacer aquí descalificaciones. Ni siquiera deseo explicar cómo ven muchos lo que es avance y lo que es inmovilismo, lo que sirve al progreso y lo que tira para atrás. Nos llevaría muy lejos. Bastaría decir que, todavía no hace muchos años, se llamaban progresistas a quienes apoyaban el marxismo mientras la Iglesia lo condenaba. Y ya hemos visto la realidad. Seguramente, tal vez en no mucho tiempo, podamos contemplar a dónde nos llevan algunos progresos propuestos en la actualidad. No todo cambio, ni todo descubrimiento es ayuda al hombre y a la sociedad. En lo que los mejora está el progreso verdadero. No puede ser tenebroso amar unas personas y una sociedad limpias, pacíficas, naturales, sin muertes selectivas y que quieren a la familia.
 
Pero vayamos con los sacerdotes. Somos hombres como los demás -también a efectos del debido respeto a la persona-, con limitaciones y defectos -en ocasiones, demasiados-, pero creemos firmemente que «los presbíteros, por la sagrada ordenación y misión que reciben de los obispos, son promovidos para servir a Cristo, Maestro, Sacerdote y Rey, de cuyo ministerio participan, por el que la Iglesia se edifica aquí en la tierra, como Pueblo de Dios, Cuerpo de Cristo y Templo del Espíritu Santo».
 
Quizá muchos no compartan esta realidad. Y es bien comprensible y disculpable. Pero para muchísimas personas, ese servicio -insisto, con defectos- es imprescindible. Y también otra ayuda moral que prestan a la sociedad como conciencia crítica que no calla ante lo que no estima correcto, cosa que realiza habitualmente de forma educada y en uso de la libertad de expresión para cumplir su tarea. Además, los sacerdotes prestan otros muchísimos servicios a la sociedad, incluida la ciencia, que nunca ha sido ajena al mundo clerical. ¿Cómo y dónde nacieron las Universidades? O en otro punto: ¿quién inició la educación de los más necesitados? ¿O los hospitales?
 
Los sacerdotes impersonamos a Cristo de tal manera que es Él mismo quien actúa a través de nosotros. Por eso, escribía así San Agustín: «En cuanto al ministro orgulloso, hay que colocarlo con el diablo. Sin embargo, el don de Cristo no por ello es profanado: lo que llega a través de él conserva su pureza, lo que pasa por él permanece limpio y llega a la tierra fértil... En efecto, la virtud espiritual del sacramento es semejante a la luz: los que deben ser iluminados la reciben en su pureza y, si atraviesa seres manchados, no se mancha». Así creemos también firmemente que es la tarea sacerdotal, y la amamos como a nuestras propias vidas, desde el Papa a tantos sacerdotes que sirven en rincones oscuros de la sociedad. Para ellos mi cariño y, por decirlo así, mi desagravio. Ellos y todos luchamos -sólo Dios sabe con qué éxito- para no ser el ministro orgulloso.
 
Porque actuamos in persona Christi, decía Santa Catalina de Siena, aquella intelectual santamente atrevida: «no queráis tocar a mis Cristos». Repito: no somos una casta superior, sino servidores de todos -ministros tiene ese significado-. A veces, toca servir en tareas duras, ingratas, pero que son posibles porque, como afirmaba el Santo Cura de Ars, «el sacerdocio es el amor del corazón de Jesús». Para todos; también para los que están muy lejos de estas realidades.
 
El sacerdote es el hombre del perdón y de la misericordia, del amor, de la Eucaristía, de la libertad; es defensor de la verdad y de todo aquel que lo necesita. «Así han de considerarnos los hombres: ministros de Cristo y administradores de los misterios de Dios. Por lo demás, lo que se busca en los administradores es que sean fieles. En cuanto a mí, poco me importa ser juzgado por vosotros o por un tribunal humano. Ni siquiera yo mismo me juzgo. Pues aunque nada me remuerde la conciencia, no por eso quedo justificado. Quien me juzga es el Señor». Es San Pablo quien habla así, del que, además de Apóstol, bien podríamos decir que fue un intelectual de su tiempo. Él entendería bien aquello otro del Cura de Ars: «Si se comprendiese bien al sacerdote en la tierra, se moriría no de pavor sino de amor».


 

Autor: Mons. Jesús García Burillo
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Fundamento radical de la facultad de enseñar
 
¿De dónde procede la estructura doctrinal, la fundamentación teológica en la que se basa la formación de los sacerdotes de la Obra?
 
Evidentemente, las líneas básicas de la formación de los sacerdotes de la Obra se apoyan en lo establecido por la Iglesia para la formación específica de los presbíteros, siguiendo con fidelidad todo lo establecido en esta cuestión por la Congregación para el Clero. Yo no soy un experto conocedor del pensamiento del Fundador del Opus Del, pero he ido recogiendo algunas de las obras y apuntes que en estos años me han facilitado gentilmente sus hijos e hijas. Me gustaría exponer brevemente aquellos aspectos, relativos a la formación, que me parecen esenciales en el pensamiento de aquel gran sacerdote que fue Mons. Escrivá de Balaguer.
 
En primer lugar, la vocación a la formación en el sacerdote nace de la mediación sacerdotal que el presbítero realiza en nombre de Jesucristo. El es, ciertamente, el único mediador entre Dios y los hombres: porque uno solo es Dios y uno solo también el mediador (eis kai mesites Zeolí) entre Dios y los hombres: Jesucristo hombre, que se entregó a si mismo en redención por todos. (1 Tim 2,5-6) Así como Jesucristo es mediador entre Dios y los hombres, también el sacerdote, al representar a Cristo por el sacramento del orden, establece su mediación entre Cristo y el pueblo santo de Dios. Es esta una mediación del sacerdote que tiene lugar en los tres grandes ámbitos en que realiza su representación: función de santificar, función de regir y función de enseñar. Porque participa de la función mediadora de Cristo, el sacerdote es ministro de la Palabra y ejerce su función de enseñar. El sacerdote formador es un mediador de Cristo Maestro.
 
En la doctrina del Concilio Vaticano II, el sacerdote, al participar del oficio de Cristo, único mediador, adquiere la función de anunciar a todos los hombres la palabra divina (LG 28). El Decreto Presbiterorum Ordinis sobre el ministerio y la vida de los presbíteros, fundamenta la predicación de los sacerdotes en un doble aspecto: cristológico y eclesiológico. Han de predicar para cumplir el mandato del Señor (Id y predicad), y para contribuir a la edificación de la Iglesia, como cooperadores del Obispo:
 
«Los presbíteros, como cooperadores de los obispos, tienen por deber primero el de anunciar a todos el Evangelio de Dios, de forma que, cumpliendo el mandato del Señor "id por lodo el mundo y anunciad el Evangelio a toda criatura" (Mc 16,15), formen y acrecienten el Pueblo de Dios. Porque, por la palabra de salvación, se suscita en el corazón de los que no creen y se nutre en el corazón de los fieles la fe, por la que empieza y se acrecienta la congregación de los fieles, según aquello del Apóstol: "la fe viene de la predicación, y la predicación por la Palabra de Cristo" (Rm 10, 17)».
 
De aquí se deduce que la enseñanza que el presbítero debe transmitir no es su propia sabiduría, sino la Palabra de Dios. Sus palabras no son suyas sino de Aquel que le ha enviado. El presbítero no es dueño de la Palabra, sino su servidor. La fidelidad a la Palabra será por consiguiente la principal característica del predicador.
 
Por otra parte, al sacerdote se le exige una gran sinceridad y coherencia entre su palabra y su vida: Acuérdense de que con su conducta de cada día y con su solicitud, deben mostrar a los fieles e infieles, a los católicos y no católicos la imagen del verdadero ministerio sacerdotal y pastoral, y de que están obligados a dar a todos el testimonio de verdad y de vida (LG 28). El sacerdote debe enseñar aquello en lo que cree y debe imitar aquello que enseña: «considera lo que realizas e imita lo que conmemoras, y conforma tu vida con el misterio de la cruz del Señor» nos dijo el Obispo en nuestra ordenación de presbíteros.
 
El Papa resume esta cuestión diciendo que el sacerdote debe ser el primer creyente de la Palabra:
 
«El Sacerdote ha de cultivar una sensibilidad, un amor y una disponibilidad particular hacia la Tradición viva de la Iglesia y de su Magisterio, que no son extraños a la Palabra, sino que sirven para su recta interpretación y para custodiar su sentido auténtico».
 
Y el Directorio para la vida y el ministerio de los presbíteros afirma:
 
«Este ministerio -realizado en la comunión Jerárquica- habilita a los presbíteros a dar testimonio oficial de la fe de la Iglesia. El Pueblo de Dios, en efecto, "es congregado sobre todo por medio de la Palabra de Dios viviente, que todos tienen derecho a buscar en los labios del sacerdote" (cfr. PO, 4)».
 
San Josemaría, y con él los sacerdotes que sirven a la Iglesia desde la Prelatura, pretenden ser fieles al mandato del Señor: Id por todo el mundo y predicad el Evangelio a toda criatura... enseñándoles a guardar todo lo que yo os he mandado (Mt 28,19-20). Ellos saben que el ministerio de la Palabra se ejerce por la predicación, por la formación llevada a cabo en retiros y conferencias, clases de teología y de religión, en la dirección espiritual. No entraré en el área de la enseñanza en las universidades, con las cuales no he tenido ningún contacto. Pero de todos es conocida la importancia de la Universidad de Navarra, con veinte facultades, acreditada en nuestra patria y fuera de nuestras fronteras, y otros centros de estudios superiores: en Barcelona (IESE), en Perú (Universidad de Piura), en Colombia (Universidad de la Sabana) y en Filipinas (Universidad de Asia y del Pacífico). Así como otras obras de apostolado corporativo, esparcidas en todo el mundo. Sin olvidar, naturalmente, la Pontificia Universidad de la Santa Cruz en Roma, y las residencias universitarias, innumerables... Hace sólo unos días ha tenido lugar en Valencia una Jornada sobre el "Sentido del trabajo universitario", con la participación de un buen elenco de catedráticos y profesores de universidad.
 
La función de evangelizar es una característica que los sacerdotes ejercen por el ministerio del sacramento del orden, ciertamente, pero brota ya del sacramento del Bautismo y alcanza a todos los bautizados. Todo cristiano que ha recibido el sacramento del bautismo participa también de la misión evangelizadora de Cristo: Como el Padre me envió, así os envío yo [5]. En consecuencia, todo miembro de la Obra sabe que ha de recibir una formación continua y ha de estar dispuesto a transmitirla en la medida de su propia formación y de la misión que le sea encomendada. Todos, sacerdotes y laicos, saben que han de ejercitar el apostolado de la Palabra.
 
No entro en el tema de la formación de los laicos, que ha sido objeto de la enseñanza del Magisterio Pontificio, especialmente en la Exhortación apostólica de Juan Pablo II Christifideles laici, la cual dedica el capítulo V a la formación de los laicos, y la Evangelii nuntiandi, de Pablo VI, sobre los agentes de la evangelización. Es evidente la importancia que la evangelización y el apostolado de la palabra tienen para el fiel laico. La evangelización constituye, no ya una tarea particular del laico, sino un verdadero acto eclesial. Para ello, naturalmente, deberá ajustarse a la doctrina del Magisterio y haber recibido la encomienda para dicho ministerio.
 
La extensión numérica actual de la Obra (más de 80.000 miembros, de los cuales 1750 son sacerdotes, distribuidos en 80 países) se fundamenta en la acción del Espíritu, acompañada en gran manera por el ejercicio continuo del apostolado de la palabra. «Bien puede decirse, hijos de mi alma, que el fruto mayor de la labor del Opus Dei es el que obtienen sus miembros personalmente» [6] -decía su Fundador ya en el año 1940-. En la Obra todos reciben formación y están en disposición de ofrecerla a los demás.
 
Esta preocupación por la formación y el apostolado apareció de forma temprana en el Fundador, al promover, junto con Isidoro Zorzano, en la calle Luchana de Madrid, la academia "DYA"; es decir "Academia de Derecho y Arquitectura" o también "Dios y Audacia", como le gustaba comentar al Beato Josemaría. (Tema éste, el de la audacia, que tendría rasgos muy característicos en la espiritualidad de la Obra). Pues bien, "DYA" fue el primero de los centros de formación de la Obra. En la actualidad los centros se han multiplicado con profusión. Sería imposible hacer una enumeración de todos los centros de formación que la Prelatura y sus fieles dirigen en la actualidad.
 
Otro detalle que revela el afán de san Josemaría Escrivá por la formación, fue el texto que se hizo grabar en una de las puertas de su residencia de Roma. Corresponde a la 1ª carta de S. Pedro y en él se relaciona la naturaleza del cristiano con el ejercicio de su testimonio: porque el cristiano es elegido, santo y propiedad del Señor, precisamente por eso, ha de pregonar las maravillas de Dios. Estas son las palabras justas: vosotros sois linaje escogido, sacerdocio real, nación santa, pueblo adquirido en propiedad, para que pregonéis las maravillas de Aquel que os llamó de las tinieblas a su admirable luz....
 
Ya en el año 1945 el Beato escribía una carta sobre la vocación sacerdotal, citada por Enrique de la Lama: «por exigencia de su vocación cristiana -como algo que exige el único bautismo que han recibido- el sacerdote y el seglar deben aspirar, por igual, a la santidad a la que son llamados, que es una participación en la vida divina (Cfr. S. Cirilo de Jerusalén, Catecheses 22,2). Esa santidad a la que son llamados, no es mayor en el sacerdote que en el seglar: porque el laico no es un cristiano de segunda categoría. La santidad, tanto en el sacerdote como en el laico, no es otra cosa que la perfección de la vida cristiana, que la plenitud de la filiación divina» [8]. La relación entre sacerdotes y laicos, llamados a la misma santidad pero por diferentes caminos, será una de las constantes en la doctrina de Josemaría Escrivá. A su admiración por el sacerdocio común de los fieles se une su asombro por el sacerdocio ministerial, propio de los sacerdotes. Todo cristiano tiene «alma sacerdotal» pero el sacerdote, que ha recibido el sacramento del Orden, ejerce el oficio sacerdotal «in persona Christi»; configurado con Cristo, le representa en el ejercicio de su ministerio. Por la oración consecratoria del Obispo se opera en el presbítero un vínculo ontológico específico, que une al Sacerdote con Cristo, Sumo Sacerdote y Buen Pastor.
 
La autoridad con la que el sacerdote predica no le viene propiamente de su sabiduría, de sus conocimientos de naturaleza bíblica, teológica o moral, los cuales son esenciales y necesarios, sino sobre todo de su identificación con Jesucristo Profeta, Sacerdote y Rey. El Beato Josemaría se refería a esta identificación en una Homilía en el año 1973:
 
«Todos los cristianos podemos y debemos ser no ya alter Christus, sino ipse Christus: otros Cristos, ¡el mismo Cristo! Pero en el sacerdote esto se da inmediatamente, de forma sacramental».
 
Destacaba a la vez el carácter de servicio que caracteriza la vida sacerdotal, y con ella su función de enseñanza: «sois ministros de Cristo y dispensadores de los misterios de Dios. Y lo que se pide a los administradores es que sean fieles».
 
Don José María Lahiguera, cuya causa de beatificación ha sido incoada, siempre entregado a la santidad de los sacerdotes («¡Sacerdote santo!» exclamaba como una síntesis de su predicación) decía de San Josemaría: «Fue sacerdote semper et ubique, solo sacerdote, en todo sacerdote, siempre sacerdote».
 
Por último, para calibrar mejor la tarea formativa de los sacerdotes de la Prelatura es oportuno recordar que el Opus Dei se ha hecho presente en la vida de la Iglesia «como una trabazón u organismo apostólico, que consta de sacerdotes y de laicos -hombres y mujeres-, y que es a la vez orgánico e indiviso, dotado de una unidad que es simultáneamente, unidad de espíritu, de fin, de régimen y de formación». El Opus Dei constituye, en suma, una comunidad viva, formada por un Prelado, un presbiterio y un laicado, que comparten una común vocación y misión. Es competencia pues, de los sacerdotes y de los laicos la tarea pastoral formativa desarrollada por la Prelatura, aunque en mi presente exposición me haya detenido a contemplar sólo la tarea formativa que desarrollan los sacerdotes de la Obra.

 


Amar a los sacerdotes

Trascripción: Juan García Inza
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Hola amigo: Hoy quiero hablarte de algo que llevo en el centro del corazón, y que especialmente cuido con esmero todos los días. Quiero hablarte de los SACERDOTES, de mis SACERDOTES, de tus SACERDOTES. Ya les dije a mis primeros Apóstoles que su suerte entre la gente del mundo no sería mejor que la mía, que soy el Maestro y el Pastor.

Les advertí que si a Mí me persiguieron, ellos no van a ser menos… Y, ¿esto por qué? Porque los hombres sin corazón, sin buen espíritu, no pueden admitir que haya personas como ellos que desempeñen una misión divina. No soportan muchos que alguien les corrija, les diga lo que deben hacer, les lleven la contraria, llame a las cosas por sus nombre… Lo santo, lo que se sale de la corriente mundana y descreída, no se quiere admitir, se intenta eliminar… ¡Cuantos sacerdotes han sido martirizados a lo largo de la historia! Y me ha dolido fuertemente.

Perdona que te diga que los SACERDOTES son mis predilectos, porque con la Gracia y el Poder que de Mí han recibido hacen posible todos los días que Yo pueda estar entre vosotros mediante el regalo que os hice de la Eucaristía. Si no se entiende y se valora la Eucaristía, y el perdón de los pecados, y los demás sacramentos, y la proclamación de la Palabra, y la misión de cuidar las almas… En definitiva, si no se entiende la Iglesia, si a Mí no se me admite como Dios, al SACERDOTE no se le valora. Se le considera un parásito que vive del “cuento de la Religión”. ¡Que pena me da que traten así a mis SACERDOTES! Un día fueron llamados y dijeron que SI. Se pusieron a la disposición de Dios, de la Iglesia, y al servicio de los hombres, y no se les considera, ni se les agradece lo que hacen. Por parte de muchos lo que sufren son calumnias, críticas, difamación, indiferencia, soledad, abandono, desprecio…

Así paga el mundo corrompido al que intenta tenderle una mano, y al que lo deja todo para ponerse a servir a los hombres. Es terrible la paga que reciben muchos de mis queridos amigos y colaboradores. ¡Qué pocos defienden al SACERDOTE en la calle! Prometo mi agradecimiento a todo aquel que valore el ministerio tan sublime que desempeñan y den la cara por ellos. Es increíble que en pueblos que parecen católicos y usan al sacerdote para lo que les conviene, casi siempre como un funcionario que les administra los sacramentos “sociales”, después lo “tiran” a la papelera como objeto usado, sin darle ni siquiera las gracias por el bien que les ha hecho con toda ilusión al bautizarles un niño, o administrarle la Primera Comunión, o al Bendecir su unión matrimonial, o al oficiar el entierro de un ser querido, visitar a los enfermos, ayudar a los niños y a los jóvenes… ¡Cuanta tarea y responsabilidad recae cada día sobre los hombros de los sacerdotes! Y ellos no esperan recompensa humana, pero necesitan la amistad sana y sincera, las palabras de aliento, la colaboración de todos.

Es verdad que algunos no dan el ejemplo que debían…Pero estoy seguro que serían mucho mejores si se vieran arropados por la gente buena que hay cerca de ellos. El SACERDOTE no es un “solterón” con el que pueden “tontear” las “solteronas afectivamente insatisfechas”. ¡Por favor, mujeres, respetad la persona del SACERDOTE y no pinchéis nunca el globo de sus fragilidades humanas. Porque ellos son también hombres, y deben preservar los compromisos que un día adquirieron al decir SI. ¡Ayudad a los sacerdotes si los veis vacilantes! ¡No los machaquéis con vuestras imprudencias, las críticas mordaces, o vuestras incomprensiones¡ ¡No hagáis más dificultosa su tarea ministerial, ni le pongáis piedras en el camino!

Agradezco con todo Mi Corazón el bien que hacen mis SACERDOTES y el bien que vosotros le hacéis a ellos. El mundo corrompido y despiadado no los quiere, como no me quiere a Mí, pero si no hubiera SACERDOTES ese mismo mundo se convertiría en una selva. En vuestras manos pongo a mis SACERDOTES. Son personas consagradas. Están desempeñando Mi tarea. ¡Cuidádmelos bien! Algún día se os preguntará: ¿Qué hiciste con el SACERDOTE que puse a tu servicio? ¿Supiste aprovechar bien ese talento, ese carisma que se os regaló? Reza mucho por ellos y por los que puedan llegar a ser como ellos. Los necesitamos, Dios y vosotros, para hacer más humano y más divino a este mundo pagano, enfermo de materialismo.

Un abrazo de tu amigo

Jesús


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