EL AÑO SACERDOTAL
El sacerdote y La Santísima Trinidad
¿Qué dice el Sacerdote al bautizar?
Yo te bautizo en el nombre el Padre, y del Hijo y del Espíritu Santo.
¿A quienes está nombrando el Sacerdote?
A las Tres Divina Personas, a la Santísima Trinidad: Padre, Hijo y Espíritu Santo.
¿Y por qué creen ustedes que cuando nos bautizan ésas son las palabras que utiliza el Sacerdote?
Vamos a buscar al final de Evangelio de San Mateo: “Vayan, pues y hagan de todos los pueblos mis discípulos. Bautícenlos en el Nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo y enséñenles a cumplir todo lo que les he enseñado a ustedes” Mt. 28, 19-20.
¿En qué momento nosotros nombramos a la Santísima Trinidad?
Cuando hacemos la Señal de la Cruz. En el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo.
¿Cómo creen que debemos santiguarnos? ¿A la ligera? ¿Por salir del paso? ¿Haciendo cualquier garabato en nuestra cara?
Debemos santiguarnos con mucha reverencia, porque estamos llamando al mismo Dios y es un acto de gran significación y de gran contenido.
Estamos invocando a la Santísima Trinidad. Estamos recordando este misterio tan grande, que es tan grande como grande e infinito es Dios.
Invocamos a la Santísima Trinidad con las palabras que decimos: En el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo.
Pero ¿qué gesto hacemos? ¿Qué señal marcamos sobre nuestra cara y nuestro pecho?
Es una Cruz. Entonces también estamos recordando que Jesús, que cargó con los pecados del mundo y murió en la Cruz por nosotros, para salvarnos.
Al santiguarnos, entonces, estamos llamando a Dios y recordando que Jesús murió por nosotros en la Cruz.
Ahora vamos a persignarnos y santiguarnos:
+ Por la señal de la Santa Cruz
+ de nuestro enemigos
+ líbranos Señor, Dios nuestro ?
+En el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo. Amén.
Un sacerdote, milagro de Dios
Autor: Clemente Sobrado C. P.
Al cumplir mis ochenta años de vida, quise mirar hacia atrás. Ver el recorrido de un largo camino. Y francamente sentí un gozo inmenso porque me vi como un milagro de Dios.
Huérfano a los siete años con dos hermanos menores. Mi vida se desarrolló con mi abuela, la pobre ciega de un ojo, que no sabía leer ni escribir, pero de un corazón como una casa. En aquellos años de la post guerra era más grande el hambre que el pan para comer. ¡Y cuántas veces ella se privaba de su pedazo para que sus nietos pudiésemos comer algo más!
Cuando alguien me preguntaba ¿qué quería ser en la vida? Yo tenía siempre la misma respuesta: zapatero o carpintero. ¿Qué ilusiones de futuro puede tener uno que vive en la pobreza?
Hasta que un día un buen sacerdote me sacudió de arriba abajo, cuando repentinamente me dice “sobrado, tú vales para sacerdote”. Ahí me entró un cosquilleo en el alma que no lo pude sacar más. Escribió a todos los seminarios posibles pidiendo una beca. La respuesta era la misma: “No tenemos becas”. Hasta que el 14 de septiembre de 1942 me llegó una simple postal del Seminario Pasionista de Mondoñedo (Lugo) diciéndome que podía ir. El día 21 yo estaba en camino al seminario. Pero en camino venía también otra postal diciéndome que no fuese que había habido un equívoco. Pero yo llegué. Sentí que sintieron extrañeza pero nadie me dijo nada. Hice mis estudios normalmente.
En 1948 ingresé al Noviciado. Y ahora era mi padre el que se ponía en mi camino. Se negó a darme permiso para seguir en el seminario. Él vivía en Buenos Aires. Yo sentía que mi camino era el religioso y sacerdotal. Y le dije “yo sigo adelante”. En abril recibí su última carta: “yo traigo a tus hermanos. Si quieres venir vienes, de lo contrario te olvidas de tu padre”. Lloré, porque era mi padre. Pero preferí mi fidelidad al Señor. Mis hermanos viajaron tres meses más tarde. No he vuelto a ver a mi padre porque murió en un accidente.
Me ordené el 13 de marzo de 1954. Terminado el almuerzo, el sacerdote me mostró y regaló la postal que me impedía ir al Seminario. ¡Misterios de Dios! Los hombres decían no y Dios decía sí.
Ese mismo año ingresé a la Universidad en Roma donde me gradué de Doctor en Filosofía en Roma. Luego diez años de profesor de filosofía. Hasta que en 1968 decidí y pedir venir al Perú como misionero. Dos años en la selva y el resto en Lima. Durante quince años trabajé en la Comisión de familia del CELAM. Y toda mi vida la he dedicado a trabajar en la pastoral familiar, atendiendo parejas, dando conferencias, charlas. Y todos mis años en RPP, que han sido para mí de gran alegría y gozo por poder llegar a tanta gente. Mi vida la he vivido entregado al servicio de los demás.
Por eso a estas alturas de mis ochenta, mira hacia atrás y veo que he podido dejar unas huellas en el camino y también creo que muchas flores han florecido a la vera de ese largo camino.
Y desde estas alturas, con problemas como todo el mundo, pero siempre con un espíritu gozoso de mi fidelidad al Señor, siento el tremendo gozo de decirle al Señor. “Bueno, Señor, ochenta ya es bastante. De aquí en adelante todo es prórroga y descuentos. Si me quieres llevar, allá tú, pero yo no tengo prisas, me siento muy bien aquí como soy”. Quien nunca pensó ser nada en la vida, el Señor me ha concedido esa gracia de ser el sacerdote y el religioso feliz que soy.
Hoy le doy gracias infinitas a Dios porque ha querido contar conmigo y me hecho su instrumento para llegar a muchas almas que, a través de mi sacerdocio, han encontrado mi camino. Por eso, cuando llegué, espero no llegar solo sino bien acompañado por todos aquellos que me han cruzado en el camino y he podido ser para ellos un poco la voz de Dios que les ha llevado el consuelo y la esperanza a sus corazones.
Y a todos vosotros os pido una oración para que siga siendo el Sacerdote de su corazón. En vez de “Sobrado” pienso que debiera apellidarme “gratuito” y “agraciado” porque soy puro regalo de Dios. Mi felicidad es inmensa y mi gozo más grande que mi corazón. ¡Gracias, Señor, por hacerme tu sacerdote, fuente de mi alegría y del que nunca me he arrepentido!

El sacerdote, testigo de la misericordia
Autor: Monseñor Rafael Palmero Ramos, obispo de Orihuela-Alicante
Queridos diocesanos:
Como todos los años, nuestra Diócesis celebra la campaña vocacional del Seminario en la solemnidad de san José. Es una oportunidad para pedir a Dios que siga llamando a niños y jóvenes de nuestras parroquias que quieran dejarlo todo, conocer a Jesús de cerca y servir a los hermanos por el camino sacerdotal abierto por el mismo Jesús.
Precisamente este año, siguiendo la convocatoria del Papa Benedicto XVI, venimos contemplando juntos, sacerdotes, religiosos, religiosas y seglares, este camino sacerdotal abierto por nuestro Sumo y eterno Sacerdote. Por eso, la campaña del Seminario de este año ha de tener una incidencia fuerte en nuestro entorno. Su lema, «el sacerdote, testigo de la misericordia», nos invita a ahondar en una actitud sacerdotal central: el amor misericordioso.
1. Jesucristo y sus entrañas de misericordia. La misericordia es el rasgo esencial de Cristo Pastor. El camino sacerdotal abierto por Él es un camino de misericordia. Con sus gestos y palabras, el buen Pastor manifiesta sus entrañas de misericordia ante todo sufrimiento humano. Esta compasión llega a su cumbre con su pasión y su muerte; se entrega por nosotros y por todos, y llega a constituirse sacerdote para siempre. De esa manera, el Sumo Sacerdote de la Nueva Alianza no es «incapaz de compadecerse de nuestras flaquezas, sino que fue probado en todo a semejanza nuestra, excepto en el pecado» (Hb 4,15). El sacerdocio de Jesús es, por tanto, manifestación y revelación de la misericordia de Dios Padre. Sólo Él podía perdonar los pecados, y lo ha hecho con la encarnación, pasión, muerte y resurrección de su Hijo; lo ha hecho con la mediación sacerdotal de Cristo.
2. Los sacerdotes, ungidos de misericordia. Ahora bien, esta mediación sacerdotal de Cristo sigue estando viva y operante en la historia a través de los sacerdotes. Los sacerdotes reciben de Cristo la misión de anunciar, celebrar, testimoniar y transmitir la misericordia de Dios. Lo hacemos de modo especial en el sacramento de la Reconciliación. Íntimamente unido a la Eucaristía, este sacramento constituye el tesoro de la Iglesia. Cuantas veces sea necesario el perdón de Cristo para el pecador arrepentido, éste sabe que lo encuentra en cada sacerdote, cuya vida es un signo concreto de esta reconciliación.
Es así como, por medio de la vida de los sacerdotes, Dios ha querido reconciliar a la humanidad y sembrar, en cada rincón del mundo, semillas de paz, amor y reconciliación. Lo hace y lo palpamos a través del corazón de tantos sacerdotes generosos, que aman con las entrañas misericordiosas de Jesucristo, buen Pastor. A los ojos del mundo, los sacerdotes somos el rostro compasivo del Señor, buen Samaritano.
Sigamos el ejemplo del santo cura de Ars, que mostró a lo largo de su vida una confianza infinita en el sacramento de la Penitencia. Él se entregaba a este ministerio con tanta generosidad y empeño que llegó a decir: «La mayor desgracia para nosotros, los párrocos, es que el alma se endurezca»; se refería al peligro de que el pastor se acostumbre al estado de pecado o indiferencia en que viven muchos de los hijos que le han sido encomendados.
3. Los seminaristas, urgidos por la misericordia. Así, con esta ilusión de servicio al amor de Dios, crecen y se forman en este momento y en nuestra Diócesis 17 jóvenes en el Seminario Mayor y 39 en el Menor. Si nos damos cuenta de la necesidad de buenos pastores que tenemos, advertiremos fácilmente que el número de candidatos al sacerdocio es escaso. Responsabilidad de todos es colaborar y empeñarnos en el fomento y la propuesta de la vocación sacerdotal a quienes pueden estar esperando una invitación.
Contamos, sin duda alguna, con la ayuda de la gracia, pero es necesario que la pastoral diocesana en su conjunto encarne mejor, con urgencia y calor, este reto. Se trata de mejorar, en la medida de lo posible, la apreciación de las realidades que tocan la mediación sacerdotal de Cristo: vida de oración, vida litúrgica, los sacramentos, la adoración eucarística, la acción catequética, el testimonio de los sacerdotes, el acompañamiento espiritual de los jóvenes, la ayuda del sacramento de la Penitencia, la consideración y estima del sacerdocio común, la entrega y el trabajo de los laicos, unidos al sacrificio eucarístico de Cristo, la maternidad espiritual de la vida consagrada y, de modo especial, la colaboración y el apoyo de las familias cristianas a sus hijos, cuando se sienten interpelados. De igual modo, el cuidado y la atención de los sacerdotes de todas las comunidades, a ejemplo de María, nuestra buena Madre.
Nos sentimos todos urgidos por la tarea de la pastoral vocacional, exigencia consecuente del evangelio de la misericordia divina. Porque, ¿qué sería del mundo sin el amor misericordioso de Dios? ¿Qué sería de nuestros pueblos y ciudades sin los sacerdotes? Como decía el santo cura de Ars: «Dejad una parroquia veinte años sin sacerdote y adorarán a las bestias». Sin sacerdotes, no habría Eucaristía.
Abramos nuestros corazones a la misericordia divina y acojamos, en este Año Sacerdotal, la invitación a pedir, con toda confianza y con mayor empeño al Dueño de la mies que envíe servidores a su sementera. En comunión de empeño y también de compromiso por una causa tan noble, vuestro Obispo,

El Sacerdote y los derechos humanos
Autor: P. Jorge Loring | Fuente: Para Salvarte
Hoy se habla mucho de los derechos humanos.
Los derechos humanos se basan en el dignidad de la persona humana. Y la Iglesia es la que más valora al hombre, pues para Ella es hijo de Dios.
La Doctrina Social Católica ha influido mucho en las realizaciones sociales a lo largo de la Historia.
Por citar las más modernas podríamos decir lo siguiente:
- La primera ley sobre el descanso dominical, aprobada por el Parlamento francés, fue propuesta por diputados católicos.
- El primer comité o consejo de empresa, fue instituido en 1885 por el empresario católico francés León Harmel, en su fábrica Val-des-Bois.
- La primera Caja de Compensaciones de Subsidios familiares fue establecida en 1900 por el empresario católico francés Romanet.
- La implantación obligatoria del Seguro de Enfermedad fue propuesta en 1900 en Francia por el sacerdote Lemir.
- No es cierto, por tanto, que los católicos hayamos llegado siempre tarde.
«La restauración cristiana de la sociedad, como uno de los objetivos de la misión de la Iglesia en el mundo, no significa que sean los cristianos, ni los católicos los únicos capaces de respetar los derechos de la persona humana, de defender la legítima libertad de los pueblos o de instaurar un régimen de justicia. Hay hombres, incluso no creyentes, que aspiran a conseguir los mismos objetivos.
El esfuerzo de la Iglesia no se contrapone, sino que se suma, a los esfuerzos de estos hombres de buena voluntad, y los católicos comparten con ellos el afán y los proyectos para construir una ciudad secular más libre, más justa, más humanizada, más habitable para el hombre, de manera que todos contribuyan a realizar en el mundo el plan de Dios».
Por esto afirma el Vaticano II:
«El Concilio aprecia con el mayor respeto cuanto de verdadero, de bueno y de justo se encuentra en las variadísimas instituciones fundadas ya, o que incesantemente se fundan, en la humanidad.
»Declara, además, que la Iglesia quiere ayudar y fomentar tales instituciones en lo que de ella dependa, y pueda conciliarse con su misión propia.
»Nada desea tanto como desarrollarse libremente, en servicio de todos, bajo cualquier régimen político que reconozca los derechos fundamentales de la persona y de la familia, y los imperativos del bien común».
Hagamos los hombres mejores si queremos un mundo mejor. Para cambiar el mundo no basta cambiar las estructuras.
«Es cierto que un mundo injusto dificulta gravemente el cambio de las personas.
»Pero sería una coartada atribuir todo el mal a unas impersonales estructuras que serían el chivo expiatorio de todos nuestros errores personales.
»Jesús coloca como primario y fundamental el tema de la responsabilidad personal de cada hombre en ese cambio necesario».
El 30 de diciembre de 1987, Juan Pablo II publicó la séptima de sus encíclicas titulada Sollicitudo rei socialis, es decir, «preocupación por la cuestión social». De ella son estos párrafos:
«El objetivo de la paz, tan deseado por todos, sólo se alcanzará con la realización de la justicia social e internacional, y además con la práctica de las virtudes que favorecen la convivencia y nos enseñan a vivir unidos para construir juntos dando y recibiendo una sociedad nueva y un mundo mejor».
«La Iglesia no tiene soluciones técnicas que ofrecer al problema del subdesarrollo, en cuanto tal, no propone sistemas o programas económicos o políticos, ni manifiesta preferencias por unos o por otros, con tal que la dignidad del hombre sea debidamente respetada y promovida, y ella goce del espacio necesario para ejercer su ministerio en el mundo».
«La doctrina social de la Iglesia no es una "tercera vía entre el capitalismo liberal y el colectivismo marxista" se trata de una doctrina que debe orientar la conducta de las personas».
«Un desarrollo sólo económico no es capaz de liberar al hombre: al contrario, lo esclaviza todavía más. Un desarrollo que no abarque la dimensión cultural, transcendente y religiosa del hombre y de la sociedad, contribuiría aún menos a la verdadera liberación».
«Todos estamos llamados, más aún, obligados, a ese tremendo desafío... Cada uno está llamado a ocupar su propio lugar en esta campaña pacífica, que hay que realizar con medios pacíficos para conseguir el desarrollo de la paz».
«Quiero dirigirme a todos los hombres y mujeres sin excepción, para que convencidos de la gravedad del momento presente, y de la respectiva responsabilidad individual, pongamos por obra -con el estilo personal y familiar de vida, con el uso de los bienes, con la participación como ciudadanos, con la colaboración en las decisiones económicas y políticas, y con la actuación a nivel nacional e internacional- las medidas inspiradas en la solidaridad y en el amor preferencial por los pobres».
El hombre materialista ha levantado un altar a los ídolos del dinero, el sexo y el poder.
En su adoración corre tras la felicidad sin conseguirla.
Como los galgos que corren tras la liebre mecánica sin alcanzarla jamás.
O como el que corre tras su sombra para alcanzarla sin poder conseguirlo.
Al barrer a Dios de la vida cruje la familia, fracasa el matrimonio, la juventud se esclaviza de la lujuria, y muchos negocios se convierten en bandas de ladrones.
Sólo Dios da motivación eficaz para la honradez y la virtud. La honradez sin Dios es excepcional.
Para moralizar la vida vale más el catecismo que la policía.
Después de la Primera Guerra Mundial, uno de los escritores más célebres de Italia, Papini, que había sido ateo, anarquista y anticatólico, se convirtió al catolicismo, y en su Historia de Cristo describe el mundo moderno idolatrando al dinero, la inmoralidad y el egoísmo.
Sin Cristo los hombres se convierten en fieras que se devoran unas a otras.
Al final de su libro tiene una conmovedora oración a Cristo:
«Cristo, vuelve, que te necesitamos.
- El que tiene hambre te necesita a Ti: Pan de vida eterna.
- El que tiene sed, te necesita a Ti: que das agua de vida eterna.
- El que busca lo bello te busca a Ti: Hermosura eterna.
- El que busca la verdad te busca a Ti: Verdad eterna.
- El que busca la paz te busca a Ti: el único que da la Paz verdadera.
¡Todos claman por Ti, Cristo! ¡Ven Señor Jesús! ¡Te necesitamos!
Muchos están rodeados por el cristianismo, pero éste no ha penetrado en su corazón de piedra: como el canto rodado sumergido en el arroyo, que si lo partes, por dentro está seco porque el agua no le ha calado.
Cuentan de unos náufragos que estaban muertos de sed en su bote salvavidas. Las corrientes marinas habían llevado el bote hasta la desembocadura del río Amazonas.
El bote estaba rodeado de agua dulce del inmenso caudal del Amazonas, pero los náufragos, sin saberlo, se morían de sed.
El Sacerdote: un hombre que ama y sirve como Cristo
Autor: Monseñor Iván A. Marín López
Leyendo los textos vocacionales o de llamado que el Señor hizo a algunos hombres en su tiempo, plasmados en los evangelios, nos damos cuenta, que Jesús entre todos aquellos discípulos que le seguían, escogió libremente a un grupo de doce para que estuvieran con él, a los cuales llamó apóstoles (es decir enviados) y compartieran su misma misión (Lc 6, 12-13; Mc 3, 13-14). Por eso, los sacerdotes son hoy, esos hombres que el Señor ha escogido de entre todos los discípulos o cristianos, para que compartan su misma misión.
En la conmemoración del año sacerdotal, este artículo del sembrador, quiere manifestar y recordar a los lectores que los sacerdotes son aquellas personas que el Maestro ha llamado con sus cualidades y defectos, para que lo sigan de una manera más cercana, para que le consagren su vida con una entrega total. A estos les encomienda una tarea y los llena de la fuerza del Espíritu Santo para que sean sus ministros, para que anuncien el evangelio, para que pastoreen y congreguen en su nombre, para que administren sus sacramentos en la Iglesia y que demuestren con un servicio amoroso y desinteresado la misericordia de Dios. Todo esto es lo que se llama caridad pastoral y sacerdotal, que no es otra cosa que amar y servir al estilo de Cristo, compartiendo la vida con Él y gastándola por los demás.
En los últimos días algunos medios de comunicación social se han dedicado a generalizar las fallas o infidelidades que algunos pocos ministros del Señor han cometido, faltando no sólo a la caridad sino a la verdad y denotando un cierto sesgo contra la Iglesia, pues se les olvida que la mayoría de los sacerdotes desde su humanidad no hacen otra cosa que amar y servir al estilo de su Maestro y dan testimonio de vida ejemplar. El problema de la pederastia ha sido afrontado con valentía y sabiduría por la Iglesia. La opinión pública debe saber que las normas e instrucciones dadas por la Iglesia para prevenir y castigar esta clase de delitos, son claras y terminantes. Tanto las que se refieren a la admisión en el sacerdocio de personas que no den plena garantía de madurez y equilibrio en el manejo de su sexualidad, como las que deben aplicarse en el caso cierto de un abuso cometido contra menores de edad.
En honor a la verdad y a la objetividad, debemos resaltar las actitudes y acciones de los sacerdotes, y son la mayoría, que responden fielmente al llamado que el Señor les ha hecho, que ejercen su ministerio sacerdotal desde el silencio, la humildad y la entrega generosa, que son dispensadores de la misericordia de Dios en el sacramento de la reconciliación, que viven con alegría su vocación, que son pastores dispuestos siempre a guiar las ovejas encomendadas hacia el único Pastor Jesucristo. Ellos en su constante ser y hacer nos enseñan lo que significa ser sacerdote y vivir “la caridad pastoral” propia de su vocación y ministerio.
La caridad pastoral, es entonces la vivencia profunda de la vocación sacerdotal en la unión íntima con Cristo, en la entrega total de sí mismo, en el servicio gratuito y humilde, dando testimonio de castidad y viviendo el don del celibato, en el cuidado de la grey, en el cumplimiento de la voluntad de Dios, en la celebración de los sacramentos, en especial el Bautismo, la Eucaristía y la Reconciliación, en el continuar la misión del Maestro, en otras palabras en amar y servir como Cristo. Por eso, desde hoy, queremos felicitar a los sacerdotes que el próximo domingo celebran el día del Buen Pastor y asegurarles nuestra oración.
Leer también:
- Los presbíteros, discípulos misioneros de Jesús Buen Pastor
- La figura de San Juan María Vianney
- San Juan María Vianney, Cura de Ars
- Señor, danos sacerdotes
- Sacerdotes, amigos de Cristo
- Indulgencia plenaria
- Importancia de los sacerdotes
- Campaña de oración: adopta a un sacerdote
- Oración por los sacerdotes |