Deseas que oremos por ti?

EL AÑO SACERDOTAL

El Sacerdote como buen pastor

Autor: San Agustín de Hipona

Me fue dirigida la palabra del Señor diciendo: Hijo de hombre, profetiza sobre los pastores de Israel y di a los pastores de Israel (Ez 34,1). Acabamos de escuchar este texto de boca del lector. Me he propuesto decir algo a vuestra santidad sobre él. El Señor me ayudará a decir la verdad, si no hablo cosas sacadas de mi propia cosecha. Si hablara de lo mío, seria un pastor que se apacienta a si mismo, y no a las ovejas. Si, por el contrario, lo que voy a decir es de él, es él quien os alimenta, hable quien hable. Esto dice el Señor Dios: ¡Ay de los pastores de Israel que se apacientan sólo a sí mismos! ¿No son ovejas lo que apacientan los pastores? Es decir, los pastores no se apacientan a sí mismos, sino a las ovejas. Éste es el primer motivo por el que se censura a los pastores: se apacientan a si mismos, no a las ovejas.

San Agustín. Imagen en la Catedral de Las Palmas de Gran Canaria (España)¿Quiénes son los que se apacientan a sí mismos? Aquellos de quienes dice el Apóstol: Todos buscan sus intereses, no los de Jesucristo (Flp 2,21). Nosotros, a quienes el Señor nos puso, porque así él lo quiso, no por nuestros méritos, en este puesto del que hemos de dar cuenta estrechísima, tenemos que distinguir dos cosas: que somos cristianos y que somos pastores vuestros. El ser cristianos es en beneficio nuestro; el ser pastores, en el vuestro. En el hecho de ser cristianos, la atención ha de recaer en nuestra propia utilidad; en el hecho de ser pastores, no hemos de pensar sino en la vuestra. Son muchos los que siendo cristianos, sin ser pastores, llegan hasta Dios, quizá caminando por un camino más fácil y de forma más rápida, en cuanto que llevan una carga menor. Nosotros, por el contrario, dejando de lado el hecho de ser cristianos, y, según ello hemos de dar cuenta a Dios de nuestra vida, somos también pastores, y según esto debemos dar cuenta a Dios de nuestro servicio.

Si os digo esto es para que, compadeciéndoos de nosotros, oréis por nosotros. Llegará el día en que todo sea sometido a juicio. Día que, aunque para el mundo esté lejano todavía, para cada hombre es el último de su vida. Dios quiso mantener oculto uno y otro: cuándo ha de llegar el fin del mundo y cuándo ha de ser el final de esta vida para cada uno de los hombres. ¿Quieres no temer ese día oculto? Cuídate de estar preparado para cuando llegue. Puesto que los pastores están puestos para cuidar de aquellos a cuyo frente están, en el hecho de presidir no deben buscar su propia utilidad, sino la de aquellos a quienes sirven; todo el que es pastor y se goza de serlo, busca su propio honor y mira solamente sus comodidades, se apacienta a sí mismo, no a las ovejas. A éstos se dirige la palabra del Señor. Escuchad vosotros como ovejas de Dios y considerad cómo Dios os constituyó en seguridad: cualesquiera que sean quienes os presidan, es decir, seamos nosotros quienes seamos, el que apacienta a Israel os dio seguridades. Pues, si Dios no abandona a sus ovejas, los malos pastores expiarán las penas merecidas y las ovejas recibirán las promesas.

No recogisteis la que estaba descarriada. Ved cómo nos encontramos en peligro en medio de los herejes. No recogisteis la que estaba descarriada; no buscasteis a la que se había perdido (Ez 34,4). A causa de ellos nos hallamos siempre en manos de ladrones y dientes de lobos enfurecidos; os rogamos que oréis por estos nuestros peligros. También hay ovejas contumaces. Cuando se las busca, estando descarriadas en su error y en su perdición, dicen que nada tienen que ver con nosotros. «¿Para qué nos queréis? ¿Para qué nos buscáis?». Como si la causa por la que nos preocuparnos de ellas y por la que las buscamos no fuera que se hallan en el error y se pierden. «Si me hallo, -dices- en el error, si estoy perdido, ¿para qué me quieres? ¿Por qué me buscas?». Porque estás en el error, quiero volver a llamarte; porque te has perdido, y quiero hallarte. «Así -me dice- quiero errar; de este modo quiero perderme». ¿Quieres errar así y así perderte? ¡Con cuánto mayor motivo quiero evitarlo yo! Me atrevo a decirlo, aunque sea importuno.

Escucho al apóstol que dice: Predica la palabra, insiste a tiempo y a destiempo (2 Tim 4,2). ¿A quiénes a tiempo? ¿A quiénes a destiempo? A tiempo a los que quieren, a destiempo a los que no quieren. Es cierto que soy inoportuno, pero me atrevo a decir: « Tú quieres errar, tú quieres perderte; pero no quiero yo. En última instancia no quiere aquel que me atemoriza. Si yo lo quisiera, mira lo que me dice, mira cómo me increpa: No recondujisteis a la que estaba descarriada ni buscasteis a la que se había perdido. ¿Tengo que temerte a ti más que a él? Es preciso que todos comparezcamos ante el tribunal de Cristo (2 Cor 5,10). No te tengo miedo a ti. No puedes derribar el tribunal de Cristo y constituir el de Donato. Llamaré a la oveja descarriada, buscaré a la perdida. Quieras o no, lo haré. Y aunque al buscarla me desgarren las zarzas de los bosques, pasaré por todos los lugares, por angostos que sean; derribaré todas las vallas; en la medida en que me dé fuerzas el Señor que me atemoriza, recorreré todo. Llamaré a la descarriada, buscaré a la perdida. Si no quieres tener que soportarme, no te extravíes, no te pierdas.

 

 

El Orden Sacerdotal

Fuente: http://www.aciprensa.com

El Orden Sacerdotal es un sacramento que, por la imposición de las manos del Obispo, y sus palabras, hace sacerdotes a los hombres bautizados, y les da poder para perdonar los pecados y convertir el pan y el vino en el Cuerpo y en la Sangre de Nuestro Señor Jesucristo.

El sacramento del orden lo reciben aquellos que se sienten llamados por Dios a ser sacerdotes para dedicarse a la salvación eterna de sus hermanos los hombres. Esta ocupación es la más grande de la Tierra, pues los frutos de sus trabajos no acaban en este mundo, sino que son eternos.

La vocación al sacerdocio lleva consigo el celibato, recomendado por el Señor. La obligación del celibato no es por exigencia de la naturaleza del sacerdocio, sino por ley eclesiástica .

La Iglesia quiere que los candidatos al sacerdocio abracen libremente el celibato por amor de Dios y servicio de los hombres .

La Iglesia quiere a sus sacerdotes célibes para que puedan dedicarse completamente al bien de las almas, sin las limitaciones, en tiempo y preocupaciones, que supone sacar adelante una familia.

El sacerdote debe estar libre para dedicarse, cien por cien, al cuidado de las almas.

Aunque es verdad que en algún caso una esposa podría ayudarle, también es verdad que en otros muchos, una esposa podría absorberle su tiempo por estar enferma física o psíquicamente, o por exigir de él mayor atención, etc.

Y por supuesto, los hijos exigirían de él, no sólo tiempo, sino destinos en los que la educación de ellos fuera más fácil, o evitar atender a enfermos contagiosos, etc.

Es decir, el sacerdote sin familia está más libre para el apostolado; y la Iglesia, en dos mil años de experiencia, así lo ha advertido, y por eso exige el celibato a sus sacerdotes.

Pero, sobre todo, el celibato sacerdotal tiene un fundamento teológico: Cristo fue célibe, y el sacerdote es "alter Christus", es decir, otro Cristo .

El amor de Jesucristo es universal, igual para todos; sin los exclusivismos propios del amor matrimonial. Así debe ser el amor del sacerdote.

La vocación no consiste en recibir una llamada telefónica de Dios. Si un muchacho tiene buena salud (no es necesario ser un superman ), es capaz de hacer estudios (no es necesario ser un genio), puede vivir habitualmente en gracia, con la ayuda de Dios (no hace falta ser ya un santo), tiene buena intención (no se trata de buscar el modo de ganarse la vida ) es decir, busca su propia perfección y la salvación de las almas, debe preguntarse si Dios le llama al sacerdocio.

No se trata de preguntar me gustaría ser sacerdote? sino, me querrá Dios sacerdote? . En caso de duda preguntar a persona imparcial y formada.

Hay que pedirle a Dios que haya muchas vocaciones sacerdotales y religiosas, pues hacen falta muchos párrocos, muchos misioneros, predicadores, confesores, maestros, etc., y también muchas Hermanitas de los Pobres, de la Caridad, en los hospitales, en los asilos, religiosas en las escuelas, colegios etc.; y otras en los conventos de clausura que alaben a Dios y pidan por los pecadores.

Por eso es un gran apostolado ayudar económicamente a la formación de futuros apóstoles, y a los conventos de clausura.

Todos debemos pedir a Dios que sean muchos los jóvenes que sigan la voz de Dios, pues hacen falta muchos y buenos sacerdotes y religiosos.

Los padres tienen obligación grave de dejar en libertad a sus hijos que quieran consagrarse a Dios . Pero también sería pecado -y gravísimo- el inducir a sus hijos, por motivos humanos, a abrazar, sin vocación, el estado eclesiástico.

Los padres deben cuidar de no presionar a sus hijos en la elección de una profesión y estado de vida . (P. Jorge Loring, Para Salvarte)

 

Celibato por el Reino de los Cielos (Mt 19,12)

Autor: Carmelo Rodríguez

El celibato por el Reino de los Cielos no es una invención humana. Jesucristo nuestro Señor ha revelado la existencia de este don, su sentido y su valor.
 
Para explicarlo utiliza una comparación que Él mismo invita a entender bien: «En efecto, hay eunucos que así nacieron del seno de su madre; también hay eunucos que así han quedado por obra de los hombres; y los hay que se han hecho tales a sí mismos por el Reino de los Cielos. Quien sea capaz de entender, que entienda» (Mt 19,12).
 
Este lenguaje radical ?que según algunos comentaristas es una respuesta de Jesús a quienes le criticaban por no casarse, actitud insólita en el Antiguo Testamento? induce a pensar que quienes reciben el don del celibato han de tener la firmeza de carácter necesaria para no temer los juicios humanos o las críticas, y para vivir las exigencias de su vocación personal. El Señor advierte que «no todos son capaces de entender esta doctrina, sino aquellos a quienes se les ha concedido» (Mt 19,11).
 
En cuanto al contenido, el núcleo de la enseñanza es claro, y se puede resumir en los siguientes puntos:
 
    * hay personas que renuncian al matrimonio no por incapacidad, sino por una decisión libre de su voluntad;

    * lo hacen por un motivo sobrenatural: por el Reino de los Cielos, es decir, para «participar de modo singular en la instauración del Reino de Dios en la tierra»; esto comprende tanto la instauración del Reino en la propia vida como en la de los demás, de modo que el motivo del celibato es, inseparablemente, el amor a Dios y el amor a las almas;

    * el celibato implica la renuncia a un bien ?el matrimonio? por otro bien más alto; es la elección positiva de un bien, no una simple renuncia;

    * la decisión de vivir el celibato, respondiendo al don de Dios, es para toda la vida, y no sólo por un tiempo, como se desprende de la misma expresión metafórica empleada por Jesucristo, que indica un estado definitivo.
 
2. Con corazón indiviso (1 Co 7, 32-34)
 
San Pablo, después de señalar que «cada cual tiene de Dios su propio don» (1 Co 7,7) ?unos, como él mismo, el celibato, y otros el matrimonio?, añade: «el que no está casado se preocupa de las cosas del Señor, de cómo agradar al Señor; el casado se preocupa de las cosas del mundo, de cómo agradar a su mujer, y está dividido» (1 Co 7,32-34). Lo mismo repite para la mujer (cfr. 1 Co 7,34). Y en el versículo siguiente reafirma la excelencia del celibato con estas palabras: «os digo esto sólo para vuestro provecho, no para tenderos un lazo, sino en atención a lo que es más noble y al trato con el Señor, sin otras distracciones» (1 Co 7,35). En estos textos se ponen de manifiesto algunos puntos importantes que se comentan a continuación.
 
2.1. El motivo del celibato es, inseparablemente, el amor a Dios y la entrega a la misión apostólica
 
El Señor enseña que la razón de ser del celibato es la extensión del Reino de los Cielos (Mt 19,12), y San Pablo escribe, como acabamos de ver, que el motivo del celibato es el trato con el Señor sin distracción (1 Co 7,35). Estos dos aspectos no sólo son inseparables, sino intrínsecos el uno al otro. En efecto, la razón de ser de la misión apostólica es el amor a Jesucristo; y este amor al Señor necesariamente comporta la participación en su misión: el apostolado. Entender la inseparabilidad entre el amor a Dios y el amor a los demás, o entre santidad y evangelización, es base indispensable para comprender el celibato.
 
Al incorporarnos a la Iglesia en el Bautismo, hemos sido hechos hijos de Dios y partícipes en el sacerdocio de Cristo. No cabe disociar la vida interior y el apostolado, como no es posible separar en Cristo su ser de Dios-Hombre y su función de Redentor .
 
La continuidad de la enseñanza de San Pablo con la del Señor se observa especialmente en la correspondencia entre la expresión «por el Reino de los Cielos», con la que Jesús designa el motivo del celibato, y la locución paulina «el que no está casado se preocupa de las cosas del Señor». Estas palabras ?comenta Juan Pablo II? «significan en primer lugar "el Reino de Cristo", su Cuerpo que es la Iglesia (cfr. Col 1,18) y todo lo que contribuye a su crecimiento». Por tanto, las palabras de San Pablo indican que el «trato con el Señor sin otras distracciones» ?el amor a Dios en el celibato? tiene una intrínseca dimensión apostólica: preocuparse de «las cosas del Señor» (la extensión de su Reino, la salvación de las almas).
 
2.2. El don del celibato es, en sí mismo, superior al del matrimonio
 
San Pablo afirma que quien está casado «está dividido» (1 Co 7,34), mientras que el célibe por el Reino de los Cielos no lo está. La división se debe a que el casado se tiene que preocupar «de cómo agradar a su mujer» (1 Co 7,33) y la casada de «cómo agradar a su marido» (1 Co 7,34), mientras que quien ha recibido el don del celibato se puede preocupar sólo de «cómo agradar a Dios» (1 Co 7,32), y ?como escribe San Josemaría? puede ofrecerle el corazón indiviso, sin la mediación del amor terreno.
 
La vocación del casado lleva consigo la necesidad de luchar, con la ayuda de la gracia, para superar esa división, pues también ha de amar a Dios con todo el corazón y con todas las fuerzas (Mc 13,30): no está llamado a una santidad menor. A la vez, hay que afirmar que el celibato es un don más alto que el matrimonio, como la Iglesia enseña expresamente, tanto en el Concilio de Trento, como en el Magisterio posterior.
 
Por ejemplo, Juan Pablo II recuerda que «la Iglesia, durante toda su historia, ha defendido siempre la superioridad de este carisma [la virginidad] frente al del matrimonio, por razón del vínculo singular que tiene con el Reino de Dios». A ambos aspectos ?superioridad del celibato en cuanto don, y vocación a una igual santidad? se ha referido San Josemaría repetidas veces.
 
3. La grandeza de un don de Dios
 
El celibato es un don de Dios que testimonia ?como enseña Juan Pablo II? «que el Reino de Dios y su justicia son la perla preciosa que se debe preferir a cualquier otro valor aunque sea grande, es más, que hay que buscarlo como el único valor definitivo».
 
Así como el que encuentra "la perla preciosa", en la parábola del Evangelio (cfr. Mt 13,46), se llena de alegría por su suerte, y quien halla el "tesoro escondido" en un campo se enriquece enormemente (cfr. Mt 13,44), también quien recibe el don del celibato, si corresponde con generosidad, encuentra el amor de Dios que colma de felicidad el alma y es fuente de fecundidad sobrenatural.
 
4. Razones del celibato
 
Hay quienes piensan que sólo el matrimonio es "natural" para el hombre. Recordando que al principio Dios lo creó como varón y mujer y dijo: «creced y multiplicaos» (Gn 1,28), concluyen que los hombres y las mujeres se realizan plenamente como tales sólo a través del amor humano en el matrimonio.
 
a) Para ver que no es así basta pensar que Jesucristo ha vivido el celibato, y ha enseñado su valor para la Redención de los hombres. Esto muestra que el matrimonio no es necesario para la perfección personal y que el celibato ha sido positivamente querido por Dios en la obra de la Redención.
 
b) ¿Es necesario el matrimonio? Ciertamente el matrimonio es un camino de santidad y de perfección, que el mismo Señor ha elevado a sacramento, pero no es el único. En el Cielo ?donde el hombre alcanzará su perfección plena? «no se casarán ni ellas ni ellos» (Mt 22,30; Mc 12,25). El celibato «adelanta la realidad de una vida que, no obstante continuar siendo aquella propia del hombre y de la mujer, ya no estará sometida a los límites presentes de la relación conyugal».
 
c) Los textos del Nuevo Testamento muestran que el celibato es un don gozoso de Dios. Por esto, lejos de suponer una carencia o inmadurez afectiva, necesariamente ha de perfeccionar al hombre o a la mujer y llevarles a realizarse plenamente. El motivo es que la perfección del hombre consiste en el amor, en la caridad. Es más perfecto y se realiza más plenamente el que ama más, con un amor que se manifiesta en el don de sí. Esta afirmación es capital en la antropología cristiana. «El hombre, única criatura terrestre a la que Dios ha amado por sí misma, no puede encontrar su propia plenitud si no es en la entrega sincera de sí mismo a los demás». El celibato es un don de Dios con vistas al amor y a la entrega de uno mismo a Dios y a los demás, para hacerles partícipes de los mayores bienes del Reino de los Cielos. Por eso, la correspondencia a este don es un camino de perfección humana y cristiana.
 
d) Al mismo tiempo, el celibato no es sólo renuncia, sino adhesión a un bien superior, como se ha visto y, por tanto, supone un alto ejercicio de la libertad que va unido a un también alto grado de madurez personal.
 
El ejercicio de la capacidad de decidir el propio futuro tal como se realiza cuando un cristiano se entrega a Dios en el celibato, no es sólo un acto libre y responsable, sino una respuesta de amor magnánimo que conduce, por eso mismo, hacia la realización más plena de la persona y de su libertad. Es una respuesta que confiere una especial madurez. Si supone la renuncia a un bien de gran valor ?como es el matrimonio?, representa sobre todo la adhesión a un proyecto más alto, y la posesión de los medios para llevarlo a cabo. Su mantenimiento, la fidelidad al don recibido, es también señal de que se posee un maduro sentido de responsabilidad y de autogobierno.
 
e) El celibato en cuanto don exige una correspondencia continuada que perfecciona al sujeto a nivel existencial. Lejos de aislarlo y sumirlo en una inmadurez afectiva, la persona que es fiel al don recibido, se encuentra inmersa en una dinámica de donación que lleva consigo una maduración en el amor.
 
La virtualidad que tiene el don del celibato de perfeccionar a la persona que lo recibe no se agota en un acto puntual de generosidad. «La virginidad por el Reino de los Cielos es un desarrollo de la gracia bautismal», y como tal está llamada a crecer. Es un tesoro que permite negociar con él y dar mucho fruto. El empeño por ser fiel a este don de Dios acrecienta la capacidad de entrega a los demás, de llegar a la amistad con muchas personas, de abrir el corazón de par en par a un gran número de almas, y de sembrar paz y alegría. Permite una disponibilidad real para llevar a cabo, por el Señor, tantas labores al servicio de los hombres y de la misión de evangelización de la Iglesia, en el mismo ámbito en el que se ha vivido o en tierras lejanas. Se experimenta así que el celibato es apostólico: «por el Reino de los Cielos»; una fuente de energía que alimenta el amor a Dios y el afán de almas. Es un don que recuerda continuamente al que lo ha recibido que el último fin de su vida es instaurar el Reino de Cristo: la gloria de Dios y la salvación del mundo.
 
Con estas premisas no es difícil responder a la objeción de que la persona que vive el celibato, al renunciar formar una familia, queda aislada. Al estar libre de las exigencias conyugales, Cristo quedaba totalmente disponible para hacer la voluntad de su Padre (cfr. Lc 2, 49; Jn 4, 34) y para constituir la nueva y universal famiia de los hijos de Dios. Por consiguiente, su celibato no significaba una reacción contra nada, sino un rasgo puesto en su vida, una mayor cercanía a su pueblo, un anhelo de darse al mundo sin reservas.
 
f) La vida de los cristianos que han sabido corresponder a este don muestra que, lejos de mermar sus capacidades, la donación incondicionada al Señor ha ensanchado su corazón y potenciado sus capacidades humanas. Podríamos poner muchos ejemplos, entre ellos el de Su Santidad Juan Pablo II. Un Pastor que ha sabido amar a su Señor, de verdad, como pocos, y que ha apacentado a su rebaño hasta el último resuello. Un apóstol apremiado por el amor de Cristo y de los hombres, que ha sido siempre consciente de lo que está pasando en el mundo.
 
g) Por ser un camino de plena realización de un hijo de Dios, la correspondencia al don del celibato es fuente de felicidad. San Pablo lo demuestra cuando escribe: «me gustaría que todos fuesen como yo» (1 Co 7,7). La vida de San Josemaría, la de tantos hijos suyos y la de innumerables personas a lo largo de la historia, son otros ejemplos patentes de la alegría de la entrega a Dios en el celibato.
 
Estar con Cristo en la Cruz es identificarse con Él y, en Él, experimentar la más profunda alegría, la alegría de los hijos de Dios. Quienes viven la entrega al Señor en el celibato, si su entrega es generosa, reciben un especial gaudium cum pace, con el sentido de la filiación divina.
 
i) Las interpretaciones sociológicas o las modas cambiantes tienen poco que decirnos acerca de la importancia del celibato. Sólo reflexionando en el misterio de Cristo ?que es el mismo ayer, hoy y siempre (Hb 13, 58)-, su vida y su obra, y recibiendo la experiencia del celibato vivido en la Iglesia a través de los siglos bajo la guía del Espíritu Santo, podemos llegar a conclusiones válidas en este terreno. El celibato es un signo de que se espera todo de Dios, el Creador de todo amor, en cuyas manos se coloca la realización humana y la fecundidad personal.
 
5. Paternidad espiritual
 
San Pablo declara haber recibido el don del celibato (cfr. 1 Co 7,7-8). Su misma vida manifiesta la fecundidad de este don, que le permite dedicarse con una mayor libertad de corazón y de movimiento a las necesidades de la misión apostólica. Llama hijos a quienes han recibido la vida sobrenatural por medio de su apostolado, y lo dice en un sentido fuerte: «hijos míos, por quienes padezco otra vez dolores de parto, hasta que Cristo esté formado en vosotros» (Gal 4,19). También San Juan se dirige a los que ha transmitido el Evangelio denominándoles hijos (cfr. 1 Jn 2,18).
 
Puesto que el celibato por el Reino de los Cielos tiene un sentido eminentemente apostólico, la paternidad espiritual que es propia de todo apostolado tiene una relación particular con el celibato. Con otras palabras, el amor a Dios en el celibato es fuente de vida para el Reino de los Cielos. «Os aseguro que no hay nadie que haya dejado casa, o mujer, o hermanos, o padres, o hijos por causa del Reino de Dios, que no reciba mucho más en este mundo y, en el siglo venidero, la vida eterna» (Lc 18,29-30). Esta promesa de Jesús se dirige particularmente a los que se entregan a Dios en el celibato. San Josemaría toma ocasión de la referencia a los hijos para hacer ver que a quien ha recibido el don del celibato no le faltará nada, ni en el amor ni en sus frutos, pues Dios da el ciento por uno: y esto es verdad hasta en los hijos. Muchos se privan de ellos por su gloria, y tienen miles de hijos de su espíritu. Hijos, como nosotros lo somos del Padre nuestro, que está en los cielos.
 
6. Santidad y apostolado en el celibato y en el matrimonio
 
«Estas dos realidades, el sacramento del Matrimonio y la virginidad por el Reino de Dios, vienen del Señor mismo. Es Él quien les da sentido y concede la gracia indispensable para vivirlos conforme a su voluntad».
 
Afirmar la superioridad del celibato sobre el matrimonio, no significa que el celibato haga más santa a la persona que lo vive. Lo que hace santo es la gracia santificante, gracia gratum faciens, no las gracias gratis datae: ya se trate del celibato o de cualquier otro don (cfr. 1 Co 12,7 ss.). Lo que cuenta en último término es la correspondencia de cada uno a su propia vocación: para cada uno, lo más perfecto es ?siempre y sólo? hacer la voluntad de Dios.
 
San Josemaría, claro exponente de la doctrina de la santidad en medio del mundo, explica detenidamente esta cuestión:
 
A mí no me asusta el amor humano, el amor santo de mis padres, del que se valió el Señor para darme la vida. Ese amor lo bendigo yo con las dos manos. Los cónyuges son los ministros y la materia misma del sacramento del Matrimonio, como el pan y el vino son la materia de la Eucaristía. Por eso me gustan todas las canciones del amor limpio de los hombres, que son para mí coplas de amor humano a lo divino. Y, a la vez, digo siempre que, quienes siguen el camino vocacional del celibato apostólico, no son solterones que no comprenden o no aprecian el amor; al contrario, sus vidas se explican por la realidad de ese Amor divino ?me gusta escribirlo con mayúscula? que es la esencia misma de toda vocación cristiana.
 
No hay contradicción alguna entre tener este aprecio a la vocación matrimonial y entender la mayor excelencia de la vocación al celibato propter regnum coelorum (Mt 19,12), por el reino de los cielos. Estoy convencido de que cualquier cristiano entiende perfectamente cómo estas dos cosas son compatibles, si procura conocer, aceptar y amar la enseñanza de la Iglesia; y si procura también conocer, aceptar y amar su propia vocación personal. Es decir, si tiene fe y vive de fe.
 
Vale la pena llamar la atención sobre la afirmación de que todo esto lo entiende perfectamente quien «tiene fe y vive de fe». Ya el Señor advirtió que «no todos entienden» el don del celibato. Hace falta fe y vivir de fe. Quien tiene una fe viva, llena de amor a Dios, entiende que el celibato es una manifestación maravillosa del amor a Dios sobre todas las cosas, y de que ese amor lleva al afán de corredimir con Cristo siguiéndole «dondequiera que vaya» (Ap 14,4), con la mayor disponibilidad posible, y con plena confianza en la ayuda de su gracia.
 
7. Discernimiento del don del celibato apostólico
 
Con la vocación bautismal ?que, como toda vocación divina, es «ante mundi constitutionem» (Ef 1,4)? Dios da las cualidades humanas y las circunstancias apropiadas que permiten realizar la misión cristiana con el espíritu del evangelio. Al mismo tiempo, cuando una persona desarrolla de forma armónica su vocación bautismal puede llegar un momento en que se plantee si Dios le llama a vivir el celibato apostólico. Lo lógico ?con la lógica de la fe y del amor? es que, si nada impide que el Señor le conceda ese don, lo vea como una predilección divina y manifieste su disponibilidad para entregarse de ese modo. En la aceptación del don del celibato ?ha escrito Juan Pablo II? «se transparenta y se trasluce el amor: el amor como disponibilidad al don exclusivo de sí por el "reino de Dios"». Si excluyera el celibato porque exige "mucha entrega", probablemente no comprendería tampoco la entrega total a Dios en el matrimonio, ni habría entendido bien el seguimiento de Jesucristo. Y además, es equivocado pensar que la vida matrimonial resulta "más fácil" que la vida en celibato. Al mismo tiempo, existen unas aptitudes personales que disponen a recibir este don. ¿Cuáles son? ¿Como saber si Dios llama a seguirle con un corazón indiviso?
 
Por parte de las personas que tienen en la Iglesia la misión de ser instrumento del Espíritu Santo en su función de "Consejo", conviene tener en cuenta algunas cuestiones. Para ayudar a discernir el don del celibato se recomienda:
 
a) un conocimiento profundo de la persona y de sus circunstancias objetivas: el ambiente en el que se mueve y se ha movido, de manera especial su familia; la formación y el ejemplo que ha recibido; su historia personal y su correspondencia al amor de Dios hasta ese momento; los hábitos de fortaleza, de templanza y de castidad; el equilibrio en los afectos y el dominio de sí; la capacidad de ir contracorriente; la generosidad y entereza, como el discípulo amado (cfr. Jn 19,25-27); el carácter sin doblez ni engaño que Jesús alabó (cfr. Jn 1,47); y especialmente la abnegación y la disposición al sacrificio con tal de ganar almas para Cristo (cfr. 1 Co 9,19-22). A la vez, hay que tener en cuenta que estas condiciones pueden darse en personas que, en tiempos anteriores, hubieran tenido grandes flaquezas;
 
b) confianza en que la ayuda de la gracia nunca faltará a quien corresponde a la llamada y a los dones divinos. Esta confianza se manifestará en no tener miedo a plantear la entrega a Dios en el celibato: sin desconocer las dificultades del ambiente actual, pero sin sobrevalorarlas ni dejarse frenar por la posible experiencia negativa de alguien que recibió este don y no supo corresponder;
 
c) seguridad de que el celibato no es un don vocacional para pocos. Es cierto que Dios llama a la mayoría por el camino del matrimonio, pero también concede a muchos el don del celibato. En una sociedad hedonista en la que el ejercicio de la sexualidad es visto en muchos ambientes como una necesidad, se requieren personas que testifiquen, con su vida de entrega, que es posible una libertad interior para abrazar tanto la vida matrimonial como el celibato apostólico, sin que se esté determinado necesariamente a una de las dos opciones.
 
d) El celibato apostólico debe entenderse como una respuesta al don de Dios y no es ni puede ser una pura iniciativa humana, ni tampoco puede afrontarse como una obligación. Debe ser tomado como una expresión de libertad personal en respuesta a una gracia particular. No basta entender la vocación al celibato; sino que se requiere una motivación de la voluntad para seguir este comino trazado el ejemplo y el misterio de Cristo
 
e) No hay que olvidar que la sabiduría del mundo siempre ha sido hostil a la virtud cristiana de la castidad y, en particular, a la libre elección del celibato. Se requiere, por tanto, por parte de quien sigue este camino una capacidad de sobreponerse a esa forma de pensar, y que abrace reflexivamente este don. Y, al mismo tiempo, un convencimiento de que el ejercicio de la sexualidad no es una necesidad de la persona. Puede haber motivos superiores que piden esa entrega

 

 

Historia para tus hijos
Orden Sacerdotal: El pescador de perlas

Autor: Gabriel Marañon Baigorrí
 
Taisid, se quedó huérfano de madre desde muy niño, por tanto no tuvo el dulce calor de una madre. Sólo recordaba que siendo él niño, los sacerdotes vestidos de negro se la llevaron un día de casa para siempre.

A los quince años marchó del pueblo en busca de aventuras. Y se enroló en la embarcación de unos piratas y pescadores de perlas.
 
En el barco, casi todos los días había riñas, broncas y golpes. Pero aquella vida aventurera por puertos y mares buscando perlas en el fondo del mar no le daban la alegría y la paz que él buscaba para su alma.

Un día, navegando en mar tranquila, sopló el viento con tal fuerza que los marineros no podían gobernar la embarcación. De pronto, sintieron un fuerte golpe en el fondo de la nave. Esta quedó quieta. Habían encallado.

El jefe de la tripulación llamó al joven Taisid, le hizo ponerse el traje de buzo para que descendiera y observara bien el casco del buque por si había alguna avería. Taisid bajó. Examinó el casco del buque y vio que estaba intacto, pero el barco estaba aprisionado entre dos rocas. Había que esperar, pues, a que subiese la marea para que el barco se pusiera a flote.
 
Taisid, antes de subir a la superficie, miró a todas partes y vio, con gran sorpresa, un esqueleto humano. Se acercó a él y vio que entre los huesos tenía una cadenita de plata y en ella un relicario. Cogió el joven pescador la cadenilla y el relicario. Subió a cubierta y dio cuenta al patrón del estado del buque.
 
Taisid se retiró a su cámara y abrió, lleno de curiosidad, el relicario. Esperaba encontrar dentro de él algún objeto de gran valor. Pero al abrirlo sólo encontró un pedazo de papel que decía:
 
"Jamebel Ben Agar. Misionero católico en tierras de Arabia. ¿Oh dulce Jesús, te doy gracias porque me has dado un fecundo y largo apostolado. Señor, la mies es mucha, los operarios pocos. Envía operarios a tu mies!"

Aquella fervorosa oración a Cristo caló en el alma de Taisid. Aquel hallazgo lo mostró a sus compañeros. Uno de ellos dijo que, hacia tres años, viniendo una nave de Arabia y arrastrada por el viento se había estrellado contra el arrecife. El navío empezó a hundirse y todos buscaban salvarse. Sólo un hombre, el misionero católico, les habló de Dios, les perdonó sus pecados y les animó con la esperanza de la felicidad del Cielo.
 
El joven pescador sintió que su alma se transformaba ante la súplica de aquel misionero que pedía operarios (sacerdotes y misioneros) para trabajar en los campos del Señor. Entonces formó un propósito valiente y decidido: ¡Hacerse sacerdote!
 
Así llegó a ser sacerdote aquel joven aventurero, más tarde llamado Padre Taisid, por un relicario cogido a un esqueleto en el fondo del mar.
 
Explicación Doctrinal:
 
El orden sacerdotal es el sacramento por el cual los cristianos son elevados a la dignidad de ministros de Dios. El sacerdote es el encargado de salvar a las almas. Es otro Cristo en la tierra.

Por su ordenación, el sacerdote recibe el poder de consagrar el cuerpo y sangre de Cristo y de celebrar el santo sacrificio de la Misa.
 
El sacerdote tiene el poder de perdonar los pecados, nos entrega a Cristo en la Comunión, nos fortalece el alma en la hora de la muerte con la extremaunción, bendice el amor entre el hombre y la mujer en el matrimonio, nos hace cristianos por medio del Bautismo.
 
El sacerdote predica la palabra de Dios, sobre todo el Evangelio, que es el mensaje del amor de Dios a los hombres.

Caminando Jesús a lo largo del mar de Galilea vio a Simón y a Andrés que echaban las redes en el mar, pues eran pescadores. Y Jesús les dijo: «Venid en pos de Mí y os haré pescadores de hombres. (Marcos, 1.)
 
Norma de Conducta:
 
Honraré a los sacerdotes, escucharé con respeto sus palabras y rogaré por ellos.
«Buenas noches nos de Dios.»

 

La Dignidad y santidad sacerdotal

Autor: San Alfonso María de Ligorio

De la santidad que ha de tener el sacerdote

I. Cuál debe ser la santidad del sacerdote por razón de su dignidad.

Grande es la dignidad de los sacerdotes, pero no menor la obligación que sobre ellos pesan. Los sacerdotes suben a gran altura, pero se impone que a ella vayan y estén sostenidos por extraordinaria virtud; de otro modo, en lugar de recompensa se les reservará gran castigo, como opina San Lorenzo Justiniano (...). San Pedro Crisólogo dice a su vez que el sacerdocio es un honor y es también una carga que lleva consigo gran cuenta y responsabilidad por las obras que conviene a su dignidad (...).

Todo cristiano ha de ser perfecto y santo, porque todo cristiano hace profesión de servir a un Dios Santo. Según San León, cristiano es el que se despoja del hombre terreno y se reviste del hombre celestial (...). Por eso dijo Jesucristo: Seréis, pues, vosotros, perfectos, como vuestro Padre Celestial es perfecto [Mt 5, 48]. Pero la santidad del sacerdote ha de ser distinta de la del resto de los seglares, observa San Ambrosio (...), y añade que así como la gracia otorgada a los sacerdotes es superior, así la vida del sacerdote tiene que sobrepujar en santidad a los seglares (...) y San Pedro Pelusio afirma que entre la santidad del sacerdote y la del seglar ha de haber tanta distancia como del cielo a la tierra (...).

Santo Tomás enseña que todos estamos obligados a observar cuantos deberes van anejos al estado elegido. Por otra parte, el clérigo dice San Agustín está obligado a aspirar la santidad (...). Y Casiodoro escribe: “El eclesiástico está obligado a vivir una vida celestial” “El sacerdote está obligado a mayor perfección mayor perfección que el que no lo es”, como asegura Tomás de Kempis (...), pues su estado es más sublime que todos los demás. Y añade Salviano que Dios aconseja la perfección a los seglares, al paso que la impone a los clérigos (...).

Los sacerdotes de la antigua ley llevaban escritas estas palabras en la tiara que coronaba su frente: SANTIDAD PARA YAHVEH (Ex 39, 29), para recordar la santidad que debían confesar. Las víctimas que ofrecían los sacerdotes habían de consumirse completamente. ¿Por qué? Pregunta Teodoreto, y responde. “Para inculcar a aquellos sacerdotes la integridad de la vida que han de tener los que se han consagrado completamente a Dios (...). Decía San Ambrosio que el sacerdote, para ofrecer dignamente el sacrificio, primero se ha de sacrificar a sí propio, ofreciéndose enteramente a Dios (...). Y Esiquio escribe que el sacerdote debe ser un continuo holocausto de perfección, desde la juventud a la muerte (...). Por eso decía Dios a los sacerdotes de la antigua ley: “Os he separado entre los pueblos para que seáis míos (Lev 20, 26). Con mayoría de razón en la Ley nueva quiere el Señor que los sacerdotes dejen a un lado los negocios seculares y se dediquen solo a complacer a Dios a quien se ha dedicado: “que se dedica a la milicia se ha de enredar en los negocios de la hacienda, a fin de contentar al que lo alistó en el ejército” [2 Tm 2, 4). Y es precisamente la promesa que la Iglesia exige de los que ponen el pie en el santuario por medio de la tonsura: hacerles declarar que en adelante no tendrán más heredad que a Dios: “El Señor es la parte de mi heredad y mi copa. Tú mi suerte tienes (Salmo 15 5). Escribe San Jerónimo que “Hasta el mismo traje talar y el propio estado claman y piden la santidad de la vida” (...). De aquí que el sacerdote no solo has de estar alejado de todo vicio, sino que se debe esforzar continuamente por llegar a la perfección, que es aquella a que sólo pueden llegar los viadores (...).

(...). Deplora San Bernardo el ver tantos como corren a las órdenes sagradas sin considerar la santidad que se requiere en quienes quieren subir a tales alturas Y San Ambrosio escribe: “Búsquese quien pueda decir: El Señor es mi herencia, y no los deseos carnales, las riquezas, la vanidad” (...). El Apóstol San Juan dice: Hizo de nosotros un reino, sacerdotes para el Dios y Padre suyo (Apoc 1, 6). Los interpretes (Menoquio, Gagne y Tirino) explican la palabra, diciendo que los sacerdotes son el reino de Dios, porque en ellos reina Dios en esta vida con la gracia y en la otra con la gloria; o también porque son reyes para resinar sobre los vicios. Dice San Gregorio que el “el sacerdote ha de estar muerto al mundo y a todas las pasiones para vivir una vida por completo divina” (...) El sacerdocio actual es el mismo que Jesucristo recibió de su Padre (Jn 17, 22); por lo tanto, exclama San Juan Crisóstomo: “Si el sacerdote representa a Jesucristo, ha de ser lo suficientemente puro que merezca estar en medio de los ángeles (...).

San Pablo exige del sacerdote tal perfección que esté al abrigo de todo reproche: “Es necesario que el obispo sea irreprensible (1 Tm 3, 2). Aquí, por obispo pasa el santo a hablar de los diáconos: Que los diáconos, así mismo sean respetable (Ib 8), sin nombrar a los sacerdotes; de donde se deduce que el Apóstol tenía la idea de comprender al sacerdote bajo el nombre de obispo, como lo entienden precisamente San Agustín y San Juan Crisóstomo, que opina que lo que aquí se dice de los obispos se aplica también a los sacerdotes (...). La palabra 'rreprehensibilem' todos con San Jerónimo están de acuerdo en que significa poseedor de todas la virtudes (...).

Durante once siglos estuvo excluido del estado de clérigo todo el que hubiera cometido un solo pecado mortal después del bautismo, como lo recuerdan los concilios de Nicea (Can. 9, 10), de Toledo (1can. .2), de Elvira (Can. 76) y de Cartago (Can .68). Y si un clérigo después de las ordenes sagradas caía en pecado, era depuesto para siempre y encerrado en un monasterio, como se lee en muchas cánones (Cor, Iu. Can, dist. 81); y he aquí la razón aducida: porque la santa Iglesia quiere en todas las cosas lo irreprensible. Quienes no son santos no deben tratar las cosas santas (...). Y en el concilio de Cartago se lee: “Los clérigos que tienen por heredad al Señor han de vivir apartado de la compañía del siglo”. Y el concilio Tridentino va aún más lejos cuando dice que “los clérigos han de vivir de tal modo que su habito, maneras, conversaciones, etc., todo sea grave y lleno de unción (...). Decía San Crisóstomo que “el sacerdote ha de ser tan perfecto que todos lo puedan contemplar como modelo de santidad, porque para esto puso Dios en la tierra a los sacerdotes, para vivir como ángeles y ser luz y maestros de virtud para todos los demás” (...). El nombre de clérigo, según enseña san Jerónimo, significa que tiene a Dios por su porción; lo que le hace decir que el clérigo se penetre de la significación de su nombre y adapte a él su conducta (...) y si Dios es su porción, viva tan solo para Dios (...).

El sacerdote es ministro de Dios, encargado de desempeñar dos funciones en extremo nobles y elevadas, a saber: honrarlo con sacrificios y santificar las almas. Todo pontífice escogido de entre los hombres es constituido en pro de los hombres, cuanto a las cosas que miran a Dios, para ofrecer dones y sacrificios por los pecados [Hebr. 5, 1]. Santo Tomás escribe acerca de este texto: “Todo sacerdote es elegido por Dios y colocado en la tierra para atender no a la ganancia y riquezas , ni de estimas, ni de diversiones, ni de mejoras domesticas, sino a los interés de la gloria de Dios” (In Hebr., 5, lect. I). Por eso las escrituras llaman al sacerdote hombre de Dios [1 Tm 6, 11], hombre que no es del mundo, ni de sus familiares, ni siquiera de sí propio, sino tan solo de Dios, y que no busca más que a Dios. A los sacerdotes se aplican, por tanto las palabras de David: Tal de los que le buscan es la estirpe (Sal 25, 6); esta es la estirpe de los que busca a Dios solamente. Así como en el cielo destinó Dios ciertos ángeles que asistiesen a su Trono, así en la tierra, entre los demás hombres, destinó a los sacerdotes para procurar su gloria. Por esto les dice el Levítico Os he separado de entre los pueblos para que seáis míos [Lev 20, 26]. San Juan Crisóstomo dice: “Dios nos eligió para que seamos en la tierra como ángeles entre los hombres” (...).

Y el mismo Dios dice: En los cercanos a mí me mostraré que soy santo [Lev 10, 3]; es decir, como añade el interprete “Mi santidad será conocida por la sanidad de mis ministros”.

Cual debe ser la santidad del sacerdote como ministro del altar

Dice santo Tomas que de los sacerdotes se exige mayor santidad de los simples religiosos por razón de las sublimes funciones que ejercen, especialmente en la celebración del sacrificio de la misa: “Porque, al recibir las ordenes sagradas, el hombre se eleva al ministerio elevadísimo en que ha de servir a Cristo en el sacramento del altar, cosa que se requiere mayor santidad que la del religioso que no está elevado a la dignidad del sacerdocio. Por lo que añade, en igualdad de circunstancia el sacerdote peca más gravemente que el religioso que no lo es” (...). Célebre la sentencia de San Agustín “No por ser buen monje es uno buen clérigo” (...); de lo que sigue que ningún clérigo puede ser tenido por bueno si no sobrepuja en virtud al monje bueno.

Escribe San Ambrosio que “el verdadero ministro del altar ha nacido para Dios y no para sí (...). Es decir, que el sacerdote ha de olvidarse de sus comodidades, ventajas y pasatiempos, para pensar en el día en que recibió el sacerdocio, recordando desde entonces ya no es suyo, sino de Dios, por lo que no debe ocuparse más que en los intereses de Dios. El Señor tiene sumo empeño en que los sacerdotes sean santos y puros, para que puedan presentarse ante Él libres de toda mancha cuando se le acerquen a ofrecerle sacrificios: Se sentarán para fundir y purificar la plata y purificará a los hijos de Leví, los acrisolará como el oro y la plata y luego podrán ofrecer a Yahveh oblaciones con justicia [Mal. 3, 3]. Y en el Levítico se lee: Permanecerán santos para su Dios y no profanarán el nombre de su divinidad, pues son ellos quienes ha de ofrecerlos sacrificios ígneos a Yahveh, alimento de su Dios; por eso han de ser santos [Lev 21, 6]. De donde se sigue que si los sacerdotes de la antigua ley solo porque ofrecían a Dios el incienso y los panes de la proposición, simple figura del Santísimo sacramento del altar, habían de ser santos, ¡con cuánta mayor razón habrán de ser puros y santos los sacerdotes de la nueva (ley), que ofrecen a Dios el Cordero Inmaculado, su mismísimo Hijo! “Nosotros no ofrecemos, dice Escío, corderos e incienso, como los sacerdotes de la antigua Ley, sino el mismo Cuerpo del Señor, que pendió en el ara de la cruz, y por eso se nos pide la santidad, que consiste en la pureza del corazón, son la cual se acercaría uno inmundo” (...) al altar. Por eso decía Belarmino: “Desgraciado de nosotros, que, llamados a tan altísimo ministerio, distamos tanto del fervor que exigía el Señor de los sacerdotes de la antigua Ley (...).

Hasta quienes habían de llevar los vasos sagrados quería el Señor que estuviesen libres de toda mancha (...), pues “¡cuánto más puros han de ser los sacerdotes que lleven en sus manos y en el pecho a Jesucristo!”, dice Pedro de Blois (...). Ya san Agustín había dicho: “No debe ser puro tan solo quien ha de tocar los vasos de oro, sino también aquellos en quien se renueva la muerte del Señor. La Santísima Virgen María hubo de ser santa y pura de toda mancha porque hubo de llevar en su seno al Verbo encarnado y tratarlo como Madre: y según esto, exclama San Juan Crisóstomo, “¿no se impone que brille con santidad más fúlgida que el sol la mano del sacerdote, que toca la carne de un Dios, , la boca que respira fuego celestial y la lengua que se enrojece con la sangre de Jesucristo?” (...). El sacerdote hace en el altar las veces de Jesucristo, por lo que, como dice San Lorenzo Justiniano, “debe acercarse a celebrar como el mismo Jesucristo, imitando en cuanto sea posible su santidad (...). ¡Qué perfección requiere en la religiosa su confesor para permitirle comulgar diariamente!, y ¿por qué no buscará en sí mismo tal perfección el sacerdote, que comulga también a diario?

 

 


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