EL AÑO SACERDOTAL
Autor: SS. Benedicto XVI.
JOSEPH RATZINGER, EL CAMINO PASCUAL
BAC POPULAR MADRID-1990.Págs. 170-178
El primer texto que he escogido es Lc 5,1-11. Nos refiere el evangelista cómo la muchedumbre se agolpaba sobre Jesús para oír la palabra de Dios. El se halla junto al lago, los pescadores lavan sus redes, y Jesús sube a una de las dos barcas que se encontraban al borde del agua. Es la barca de Pedro. Le ruega Jesús que se aparte un poco de tierra, se sienta en la barca y desde allí enseña. La barca de Pedro se convierte en la Cátedra de Jesucristo. Después le dice a Simón que bogue mar adentro y que eche las redes para la pesca. Los pescadores tienen tras sí una noche de fracasos; parece inútil ponerse a pescar ahora, llegada ya la mañana. Pero Jesús se ha vuelto de tal modo importante a los ojos de Pedro, es tal la influencia que sobre él ejerce, que éste no duda en decir: «¡Lo haré porque tú lo dices!» La palabra de Jesús se ha hecho más real que cuando aparece empíricamente seguro y verdadero. La mañana de Galilea, cuya frescura se respira en esta narración, se hace imagen del nuevo amanecer del Evangelio después de la noche de frustraciones con que tropieza continuamente nuestro obrar, nuestra buena voluntad. Cuando Pedro y sus compañeros volvieron a la orilla con las barcas repletas de peces, que sólo habían logrado recoger trabajando juntos a causa de la abundancia del don, tan copioso que las redes se rompían, Pedro había hecho algo más que recorrer un camino exterior o que llevar a cabo un trabajo manual. Aquel trayecto se convirtió para él en un camino interior, cuya extensión describe Lucas con dos palabras. El evangelista, en efecto, nos cuenta que, antes de la pesca milagrosa, Pedro había llamado al Señor Epistáta, es decir, Maestro, Rabí, el que enseña. Al volver, en cambio, se arroja a los pies de Jesús, y ya no le llama Rabí, sino Kyrie, Señor; es decir, se dirige a él con el nombre reservado a Dios. Pedro recorrió entonces el camino que va del Rabí al Señor, del Maestro al Hijo de Dios. Después de esta peregrinación interior se halla preparado para recibir la llamada.
Parece obligada la comparación con el pasaje de Juan 1,35-42, es decir, con el primer relato de la llamada en el cuarto Evangelio. En él se nos cuenta cómo los dos primeros discípulos -Andrés y otro, cuyo nombre no se menciona- se unen a Jesús impresionados por las palabras del Bautista: «¡He aquí el Cordero de Dios!» Les conmueve tanto la conciencia de ser pecadores, que en estas palabras resuena, como la esperanza de que el Cordero de Dios salve al pecador. Se tiene la clara sensación de su inseguridad; su seguimiento es todavía indeciso, vacilante. Caminan tras él en silencio, cautelosos. Y así, es Jesús el que se vuelve a ellos y les dice: «¿Qué buscáis?» Su respuesta es todavía tímida, un poco insegura y apocada; con todo, apunta a lo esencial: «Rabí, ¿dónde vives?», o, con una traducción más precisa, «¿Dónde moras?» ¿Dónde tienes tu morada, tu casa, dónde estás, para que podamos reunirnos contigo? Es oportuno recordar aquí que la palabra «morar» es uno de los términos más significativos del Evangelio de Juan.
HORA-DECIMA: La respuesta de Jesús se traduce generalmente así: «Venid y ved». Más exactamente significa: «Venid y os transformaréis en videntes». Es decir, se os dará la capacidad de ver. Esto corresponde también a la conclusión del segundo relato de la llamada, el de Natanael, a quien el Señor dice: «Cosas mayores has de ver» (1,50). El hacerse capaces de ver es, por tanto, el sentido de la venida; venir significa ponerse en su presencia, ser vistos por él y ver juntamente con él. Porque sobre su morada se abre el cielo, el espacio secreto de Dios (1,51); allí mora el hombre en la santidad de Dios. «Venid y seréis introducidos en la visión»; palabras cuyo sentido corresponden también al salmo de comunión de la Iglesia: «Gustad y ved cuán bueno es el Señor» (/Sal/033/09). El venir, y únicamente el venir, conduce a la visión. Es el sabor que nos abre los ojos. En el paraíso, la degustación del fruto prohibido abrió los ojos del hombre para su desgracia; ahora ocurre lo contrario: el sabor de la verdad abre los ojos para que pueda verse la bondad de Dios.
Únicamente en el venir, en la morada de Jesús, tiene lugar la visión. Sin el riesgo de este venir es imposible llegar a ver. Juan observa: era la hora décima, las cuatro de la tarde (/Jn/01/39), es decir, una hora avanzada del día, en la que, al parecer, no valía la pena iniciar una tarea; en esta hora, sin embargo, acontece lo impostergable, lo decisivo. Según cierto cálculo apocalíptico, ésta se consideraba la última hora. Quien acude a Jesús, entra en lo definitivo, en la plenitud del tiempo, en la hora suprema, en los últimos tiempos; alcanza la parusía, la realidad ya presente de la resurrección y del Reino de Dios.
VENIR/VER:En el «venir», pues, se realiza el «ver». Esto se explica en Juan del mismo modo que en Lucas, como hemos tenido ocasión de comprobar. Cuando Jesús les dirige la palabra por vez primera, los dos le llaman «Rabí». Al volver, en cambio, después de haber permanecido con él, le dice Andrés a su hermano Simón: «Hemos hallado al Mesías» (1,41). Yéndose con Jesús, quedándose con él, también Andrés recorre el camino que va del Rabí al Cristo; en el Maestro aprende a ver a Cristo, y esto no se aprende si no es estando con El. De esta manera se aclara la íntima unidad que existe entre el tercero y el cuarto Evangelio: en ambas ocasiones, confiando en la palabra del Señor, que es quien inicia el diálogo, alguien se atreve a irse con él. En ambas ocasiones se tiene la experiencia de la vida confiando en su palabra, y en los dos casos el camino interior se desarrolla de manera tal que el «ver» brota del «venir», que el «venir» mismo se hace un «ver» al Señor.
A diferencia del camino de los apóstoles, todos nosotros hemos iniciado ya nuestro camino apoyados en el testimonio pleno de la Iglesia, que cree en el Hijo de Dios; pero este venir, renovado siempre «en tu palabra», este permanecer con él en su morada, sigue siendo también para nosotros la condición de nuestro ver. Y tan sólo aquel que ve por sí mismo, y no se atiene únicamente al testimonio ajeno, puede llamar a otros. Este venir, este atreverse a confiar en su palabra, es también hoy, y lo será siempre, la condición indispensable del apostolado que llama al servicio sacerdotal. Siempre tendremos necesidad de preguntarle: ¿Dónde moras? Siempre tendremos que ponernos de nuevo en camino hacia su morada. Siempre deberemos, también nosotros, echar las redes de nuevo, confiados en su palabra. Aun cuando parezca insensato. Siempre estará en vigor el principio según el cual ha de considerarse su palabra más real que todo cuanto a nuestros ojos aparece como indiscutiblemente real: la estadística, la técnica, la opinión pública. A menudo tendremos la sensación de que ha sonado la hora décima y que debemos dejar para otro día la hora de Jesús. Pero precisamente ésta puede ser la hora de su cercanía.
Consideremos todavía algunos elementos comunes a las dos narraciones. En el relato de Juan, ambos discípulos se dejan atraer por la palabra «Cordero». Es evidente que saben por experiencia propia que son pecadores. Y esto no es para ellos una vaga expresión religiosa, sino algo que les conmueve en lo más profundo, algo que sienten como una realidad. Y precisamente porque lo saben, ponen su esperanza en el Cordero y comienzan a seguirle. Cuando Pedro vuelve con la barca colmada de peces, ocurre algo inesperado. No echa los brazos al cuello de Jesús por la ganancia conseguida, como cabría imaginarse, sino que se arroja a los pies del Señor. No pretende retenerle para que le garantice el éxito en el futuro, sino que le aparta de sí, porque se siente lleno de temor ante el poder de Dios. «Apártate de mí, que soy hombre pecador» (/Lc/05/08). Cuando el hombre tiene la experiencia de Dios, no puede menos de reconocerse pecador, y solamente entonces, cuando lo reconoce con entera sinceridad y lo admite sin ambages, se conoce a sí mismo a la luz de la verdad. Y es así como se hace verdadero. Sólo cuando un hombre sabe que es pecador y cobra conciencia de la tragedia del pecado, alcanza a comprender la llamada: «¡Arrepentíos y creed en el Evangelio!» (/Mc/01/15).
Sin conversión no puede el hombre llegar a Jesús, no puede llegar al Evangelio. Una paradoja de Chesterton expresa con mucha precisión esta verdad: se reconoce a un santo porque se considera a sí mismo pecador. El empobrecimiento de la experiencia de Dios se manifiesta en nuestros días en la desaparición de la experiencia del pecado, y viceversa: la pérdida de esta conciencia aleja al hombre de Dios. Sin que ello signifique recaer en una falsa pedagogía del miedo, debemos aprender de nuevo el sentido de estas palabras: «Initium sapientiae timor Domini» (/Si/01/16); «radix sapientiae» (1,25); «plenitudo sapientiae» (1,20). La sabiduría, la comprensión auténtica, comienza con el temor de Dios. Debemos aprender de nuevo ese temor para alcanzar a conocer y apreciar el amor verdadero, para entender qué significa poder amarle y que El nos ama. También esta experiencia de Pedro, de Andrés y de Juan es, pues, una condición fundamental del apostolado y, por tanto, del sacerdocio. Únicamente anunciará con eficacia la «conversión» -esa primera palabra del cristianismo- quien ha hecho personalmente la experiencia de su necesidad y ha llegado a comprender, en consecuencia, la grandeza de la gracia.
En los elementos fundamentales del itinerario espiritual del apostolado que estos textos nos revelan, aparece también, de forma genérica, la estructura sacramental de la Iglesia. Si el bautismo y la penitencia corresponden a la experiencia del pecado, el misterio de la Eucaristía corresponde a la vivencia de llegar a ser videntes, de acudir a la morada de Jesús. Antes de la Ultima Cena no era posible imaginar en modo alguno el realismo que habría de asumir la morada de Jesús en medio de nosotros. «Allí os transformaréis en videntes»: la Eucaristía es el misterio en el que se cumple la promesa hecha a Natanael; en ella podemos ver el cielo abierto y a los ángeles de Dios subir y bajar (Jn 1,51). Jesús mora y «permanece» en el sacrificio, en el acto de amor mediante el cual El se entrega al Padre y a El nos entrega y restituye en virtud de este mismo amor.
El salmo de comunión (Sal 34), que habla de gustar y ver, contiene también esta otra expresión: "Volveos todos a El y seréis iluminados" (34,6). Comunicarse con el Señor es comunicar con «la luz verdadera que, viniendo a este mundo, ilumina a todo hombre» (Jn 1,9).
Hay otro punto común a los dos relatos que ocupan nuestra atención. Es tan abundante la pesca, que las redes se rompen. Pedro y los suyos no saben cómo arreglárselas. Muy a propósito dice el texto evangélico: «Hicieron señas a sus compañeros de la otra barca para que vinieran a ayudarles. Vinieron y llenaron las dos barcas, tanto que se hundían» (Lc 5,7). La llamada de Jesús es, al tiempo, un llamar a juntarse (un convocar), una invitación a syllabésthai, como dice el texto griego, a darse la mano, a apoyarse mutuamente, a ayudarse el uno al otro, para acercar las dos barcas.
Lo mismo vemos también en Juan. Andrés, al volver de la «hora de Jesús», no puede ocultar su hallazgo. Encuentra a su hermano Simón y le conduce a Jesús, y lo mismo hace con Felipe, el cual, a su vez, llama a Natanael (cf. Jn 1,41-45). La llamada conduce a los unos juntamente con los otros. Introduce en el seguimiento y exige la participación. Toda llamada incluye cierto elemento humano: el aspecto de la fraternidad, escuchar la palabra de labios de otro. Si reflexionamos sobre nuestro camino personal, sabemos muy bien que el fulgor de Dios no se abatió sobre nosotros directamente, sino que, en algún momento, intervino la invitación de un creyente, alguien nos llevó consigo. Está claro que una vocación no puede sostenerse si únicamente creemos por boca de otros, «porque éste o aquél nos ha hablado»; es preciso que nosotros -conducidos por los hermanos- encontremos personalmente al Señor (Jn 4,42). El invitar, el conducir, el llevar consigo, deben ir necesariamente acompañados por el «venir y ver» en persona. Por esta razón, me parece urgente que despertemos de nuevo en nosotros, de una manera mucho más decidida, el valor de invitarnos mutuamente y que no tengamos en poco el acompañar a otros, imitando su ejemplo. El «con» pertenece a la humanidad de la fe. Constituye uno de sus elementos esenciales. En ese «con» es preciso madurar el encuentro personal de uno mismo con Jesús. Dejar libres a los otros, darles la libertad de responder a una llamada particular, aun cuando esta particularidad pueda parecernos alejada de lo que nosotros hemos pensado para ellos, es tan importante, en consecuencia, como conducirles a Jesús o llevarles con nosotros.
En Lucas, estas ideas se amplían en una mirada que abarca la Iglesia entera. Los hijos de Zebedeo, Santiago y Juan, son designados por él como koinonóí de Simón, como socios, se debería traducir con propiedad. Esto significa que los tres forman una especie de sociedad para la pesca, una cooperativa, cuyo jefe y principal propietario es Pedro. Jesús llama, en primer lugar, a este grupo, la koinonía (communio), la sociedad de Simón. En la llamada de Jesús, la profesión profana de Simón se transforma en imagen del futuro y de la novedad que ha de venir. De la sociedad de pescadores se forma la communio de Jesús. Los cristianos constituirán la communio de esta barca de pesca, unidos por el llamamiento de Jesús, unidos por el milagro de la gracia, que regala la riqueza del mar después de una noche sin esperanza. Unidos por un don único, ellos se muestran tales también en la misión.
PESCADOR/QUÉ-ES:En ·Jerónimo-SAN se encuentra una hermosa explicación de la designación «pescador de hombres», que, en este caso, en esta transformación interior de la profesión, forma parte de una visión de la Iglesia futura (HIERONYMUS, In psalmun 141 ad neophitos: C. Chr. LXXVIII, 544). Dice San Jerónimo que sacar los peces del agua significa liberarlos de las fauces de la muerte y de una noche sin estrellas, para darles el aire y la luz del cielo. Significa trasladarlos al reino de la vida, que juntamente es luz y visión de la verdad. La luz es vida, pues el elemento del que el hombre vive en lo profundo de su ser es la verdad, la cual es amor, al mismo tiempo. Naturalmente, el hombre lo ignora, sumergido como está en las aguas de este mundo. Por eso se opone encarnizadamente a quien quiere sacarle del agua. Cree él, por así decirlo, que es como un pez cualquiera, que ha de morir en cuanto se le ponga fuera de las profundidades del agua. Y a decir verdad, este salir del agua trae consigo la muerte. Pero esta muerte conduce a la vida verdadera, en la que el hombre comienza a descubrir realmente el sentido de su vida. Ser discípulo significa dejarse pescar por Jesús, el Pez misterioso que ha bajado a las aguas de este mundo, a las aguas de la muerte; que se ha hecho pez él mismo, para dejarse primero apresar por nosotros y hacerse después pan de vida para nosotros. Se deja apresar para que nosotros nos dejemos asir por El y encontremos el valor de dejarnos sacar con El de las aguas de nuestras rutinas y comodidades. Jesús se ha hecho pescador de hombres porque El mismo ha cargado sobre sí la noche del mar, ha bajado personalmente a la pasión de las profundidades. Sólo será pescador de hombres aquel que se entregue totalmente, como El.
Pero, para entregarse hasta ese extremo, es preciso pertenecer a la barca de Pedro, entrar personalmente en la communio de Pedro. La vocación no es un hecho privado, no es un perseguir la realidad de Jesús por cuenta propia. Su espacio es la Iglesia entera, que únicamente puede subsistir en comunión con Pedro y, de este modo, con los apóstoles de Jesucristo.
Fuente: www.argumentaciones.blogspot.com
Lectio Divina de un sacerdote católico
Comenzamos la Cuaresma el pasado miércoles de ceniza. Al imponérnosla, el sacerdote quizá nos dijo: “Conviérte y cree en el Evangelio”. Comenzamos un tiempo fuerte del año litúrgico. Como dice el Concilio Vaticano II (SC, 109), se trata de prepararnos para celebrar el misterio pascual, entregados más intensamente a oír la palabra de Dios y a la oración. ¿En qué consiste la preparación? La declaración conciliar habla de dos modos de hacerlo: “sobre todo mediante el recuerdo o la preparación del bautismo y mediante la penitencia”.
Antes, cuando la gente se convertía al catolicismo en la adultez, estos cuarenta días se tomaban como preparación para el bautismo, que se tenía en la noche de Pascua. Ahora, para casi todos será un tiempo de recordar los compromisos bautismales: rechazar a Satanás, “a sus pompas y a sus obras”. De hecho, el Concilio también insiste en la importancia de inculcar a los fieles “junto con las consecuencias sociales del pecado, la naturaleza propia de la penitencia, que lo detesta en cuanto es ofensa de Dios; no se olvide tampoco la participación de la Iglesia en la acción penitencial y encarézcase la oración por los pecadores”. (Los énfasis son añadidos).
Rechazar el pecado, mostrar que lo detestamos: acudiendo a la oración del cuerpo, que es la penitencia. De eso nos hablan las lecturas de la Misa del primer domingo de Cuaresma, que trata el tema de las tentaciones del Señor. El relato de Marcos (1, 12-15) es el más parco para describir la escena. Después del Bautismo del Señor, nos dice simplemente: “Enseguida el Espíritu lo impulsó hacia el desierto. Y estuvo en el desierto cuarenta días mientras era tentado por Satanás. Estaba con los animales, y los ángeles le servían”. El desierto tiene muchos significados en la Biblia. Ya desde el Antiguo Testamento, representaba “un lugar o un tiempo de prueba y al mismo tiempo de gracia y revelación” (B. Escaffre).
Y gracia y revelación es lo que ocurre en el llamado monte de la cuarentena, donde se nos revelan varios aspectos de Jesucristo. El Prefacio propio de esta Misa describe que Cristo “consagró la práctica de nuestra penitencia cuaresmal con un ayuno de cuarenta días; y, venciendo todas las tentaciones del demonio, nos enseñó a dominar las seducciones del pecado, para que, celebrando con espíritu renovado el misterio pascual, podamos llegar un día a la Pascua eterna”.
Se nos ofrecen varios elementos: en primer lugar, la penitencia (“consagró la práctica de nuestra penitencia cuaresmal con un ayuno de cuarenta días”). Además, las tentaciones y el pecado (“venciendo todas las tentaciones del demonio, nos enseñó a dominar las seducciones del pecado”). Por último, nos habla de lo que supone su victoria (“para que, celebrando con espíritu renovado el misterio pascual, podamos llegar un día a la Pascua eterna”).
Consideremos en nuestra oración el primer aspecto: la mortificación. Jesús nos da ejemplo de penitencia, celebra la primera cuaresma, como decía Juan Pablo II. A nosotros no se nos pide ir al desierto a alimentarnos con grillos o con raíces de árboles, pero sí se nos invita a que afinemos en nuestras mortificaciones pequeñas pero constantes: Penitencia es el cumplimiento exacto del horario que te has fijado, aunque el cuerpo se resista o la mente pretenda evadirse con ensueños quiméricos. Penitencia es levantarse a la hora. Y también, no dejar para más tarde, sin un motivo justificado, esa tarea que te resulta más difícil o costosa. La penitencia está en saber compaginar tus obligaciones con Dios, con los demás y contigo mismo, exigiéndote de modo que logres encontrar al tiempo que cada cosa necesita. Eres penitente cuando te sujetas amorosamente a tu plan de oración, a pesar de que estés rendido, desganado o frío (San Josemaría, Amigos de Dios, 138).
Con ese criterio, podemos concretar más aún: Penitencia es tratar siempre con la máxima caridad a los otros, empezando por los tuyos. Es atender con la mayor delicadeza a los que sufren, a los enfermos, a los que padecen. Es contestar con paciencia a los cargantes e inoportunos. Es interrumpir o modificar nuestros programas, cuando las circunstancias –los intereses buenos y justos de los demás, sobre todo– así lo requieran. La penitencia consiste en soportar con buen humor las mil pequeñas contrariedades de la jornada; en no abandonar la ocupación, aunque de momento se te haya pasado la ilusión con que la comenzaste; en comer con agradecimiento lo que nos sirven, sin importunar con caprichos (Íbidem).
El segundo punto que menciona el Prefacio es las tentaciones y el pecado (“venciendo todas las tentaciones del demonio, nos enseñó a dominar las seducciones del pecado”). Es impresionante escuchar que Jesús padeció tentaciones. Tanto, que algún teólogo duda de su autenticidad, porque no habría testigos para comunicarlo a los evangelistas. No tiene en cuenta al único testigo: a Jesucristo mismo. Es admirable la sinceridad de Jesús, que les habría contado a sus discípulos, con toda sencillez, que cuando tuvo hambre en el desierto le dieron ganas de convertir las piedras en pan. Los apóstoles quizá reirían en la primera ocasión, pero después caerían en la cuenta de todo lo que eso significaba: Jesús padeció tentaciones, como las padecemos nosotros.
Cuando escuchamos que el Señor nos llama a ser santos, sentimos por dentro el contraste de nuestra indignidad, precisamente por las tentaciones que padecemos. Por eso decía al principio que este pasaje está lleno de gracia y revelación. Dios nos muestra que las tentaciones en sí no son malas. Lo malo es caer en ellas. Por eso, no dice que debemos pedir en la oración que no permita que tengamos tentaciones, sino que enseña a orar: “no nos dejes caer en la tentación”. El Compendio del Catecismo (n. 596) lo resume así: “Pedimos a Dios Padre que no nos deje solos y a merced de la tentación. Pedimos al Espíritu saber discernir, por una parte, entre la prueba, que nos hace crecer en el bien, y la tentación, que conduce al pecado y a la muerte; y, por otra parte, entre ser tentado y consentir en la tentación. Esta petición nos une a Jesús que ha vencido la tentación con su oración. Pedimos la gracia de la vigilancia y de la perseverancia final”.
“Venciendo todas las tentaciones del demonio, nos enseñó a dominar las seducciones del pecado”. Pidamos a Jesús que en esta Cuaresma aumente en nosotros el rechazo al pecado. Que huyamos de las tentaciones. Propongámonos huir de las ocasiones que nos acechan. Y rechazar también el pecado venial, porque cuando se ama no hay falta pequeña. Como decía San Josemaría en Surco (n. 139), “mucho duele al Señor la inconsciencia de tantos y de tantas, que no se esfuerzan en evitar los pecados veniales deliberados. ¡Es lo normal —piensan y se justifican—, porque en esos tropiezos caemos todos! Óyeme bien: también la mayoría de aquella chusma, que condenó a Cristo y le dio muerte, empezó sólo por gritar —¡como los otros!—, por acudir al Huerto de los Olivos —¡con los demás!—,... Al final, empujados también por lo que hacían "todos", no supieron o no quisieron echarse atrás..., ¡y crucificaron a Jesús! —Ahora, al cabo de veinte siglos, no hemos aprendido”.
Pidamos a la Santísima Virgen que en esta Cuaresma encontremos la penitencia en las cosas pequeñas de cada día y rechacemos el pecado mortal y también el pecado venial deliberado.
Fuente: ACIPRENSA 142-95
Juan Pablo II, que inicia el 50º aniversario de su sacerdocio, ofreció su propio testimonio
En el Simposio Internacional sobre el sacerdote, celebrado en el Vaticano del 23 al 28 de octubre, Juan Pablo II animó a los sacerdotes católicos a vivir con alegría y entrega su vocación, sin desalentarse por las incomprensiones. El simposio quería ofrecer una imagen animante del sacerdocio, a través de testimonios personales que no suelen ser noticia.
La figura e identidad del sacerdote, con ocasión del 30.º aniversario de la promulgación del decreto Presbyterorum ordinis, del Concilio Vaticano II, estuvo en el centro del simposio. Entre los participantes, además de teólogos y otros especialistas, figuraban un obispo y un sacerdote en representación de la casi totalidad de las conferencias episcopales del mundo, así como ministros de otras confesiones cristianas.
Una de las intervenciones más significativas fue la del cardenal Joseph Ratzinger, prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe, quien subrayó la oportunidad del decreto conciliar en un momento en el que comenzaba a perfilarse cierta crisis en el concepto de sacerdocio. El decreto Presbyterorum ordinis indicó el camino que luego sería desarrollado por los Sínodos de 1971 y 1990, por las Cartas del Juan Pablo II a los sacerdotes, con ocasión del Jueves Santo de cada año, y por el Directorio para el ministerio y la vida de los presbíteros, de la Congregación para el Clero.
Junto al simposio, la conmemoración tuvo también un momento singular: un encuentro celebrado en el Aula Pablo VI y retransmitido por televisión, en el que a los variados géneros musicales se unieron testimonios de sacerdotes de diversas edades y circunstancias, y conexiones en directo con lugares significativos como Jerusalén, Ars, Fátima y Wadowice, ciudad natal de Juan Pablo II. Gente corriente, personalidades de la política, el deporte y el espectáculo relataron también la importancia que el sacerdote había tenido en sus vidas.
El acto concluyó con el mensaje del Papa, que el 1 de noviembre inicia el 50.º aniversario de su propia ordenación sacerdotal, que tuvo lugar en 1946. El Santo Padre dijo que la historia de su vocación maduró en una situación difícil, durante el trabajo en una cantera y en la fábrica química Solvay. La alocución adquirió un tono especialmente confidencial cuando refirió que, al cabo de estos cincuenta años, "lo que continúa siendo para mí el momento más importante y más sagrado es la celebración de la Eucaristía". También contó que cada día deja en el reclinatorio de su capilla privada un elenco con las intenciones que le llegan de personas de todo el mundo: "De este modo, aun cuando yo no las puedo presentar, Jesús las conoce".
Por lo que se refiere a algunas estadísticas, según los últimos datos disponibles, el número de sacerdotes en el mundo ascendía en 1993 a 404.570, frente a los 416.329 de 1978. A pesar del descenso global, la tendencia actual es positiva, como muestra, en ese mismo periodo de tiempo, el crecimiento de las ordenaciones sacerdotales, que han pasado de 5.918 en 1978 a 8.734 en 1993, el descenso de defecciones (de 2.037 a 1.092) y las perspectivas futuras (103.709 seminaristas mayores, frente a 62.670). Se incrementa, sin embargo, el número de defunciones (de 6.748 a 8.020), consecuencia del envejecimiento del clero, un proceso que se tardará aún varios años en absorber. También hay que señalar el descenso de vocaciones en Europa y América del Norte.

La cuestión de la espiritualidad sacerdotal
Autor: Juan Francisco Pozo (Almudi, 2002). www.encuentra.com
«La afirmación y búsqueda de una espiritualidad presbiteral que sea a la vez específica, sólida y estimuladora, se ha intensificado notablemente en nuestros días.
Se postula, en primer lugar, una espiritualidad específica, que no sea una mera asimilación mimética de la propia de los monjes, de los religiosos de vida activa o de los laicos.
Se requiere, en segundo lugar, una espiritualidad sólida, arraigada en la Escritura, en la teología y en la genuina experiencia del presbiterado en ejercicio.
Se reclama, en tercer lugar, una espiritualidad estimuladora, capaz de motivar vitalmente la concreta existencia y ministerio de los presbíteros».
Estas demandas así formuladas en el Congreso sobre Espiritualidad Sacerdotal celebrado en Madrid, del 11 al 15 de septiembre de 1989, se pueden encontrar de modo generalizado en la amplia literatura teológica dedicada a esta cuestión publicada después del Concilio Vaticano II. Con enfoques diversos en temas que siguen sujetos a debate, puede afirmarse que hay una coincidencia de fondo: la necesidad de precisar los rasgos esenciales de una espiritualidad para el clero diocesano, radicada en su condición y ministerio, de modo que sea luz e impulso para alcanzar la santidad personal en el desempeño de su tarea pastoral en la diócesis. Con palabras de la Pastores Dabo Vobis el Magisterio lo ha afirmado de modo claro: los sacerdotes están llamados a santificarse «no sólo en cuanto bautizados, sino también y específicamente en cuanto presbíteros, es decir, con un nuevo título y con modalidades originales que derivan del sacramento del Orden».
Las modalizaciones que el sacramento del orden da a la espiritualidad del presbítero, y que pueden considerarse ya doctrina común, sancionada en el Decreto Presbyterorum ordinis, son las siguientes: la consagración como compromiso de santidad, la misión como fruto de la consagración, la relevancia espiritual de la diocesaneidad, la comunión con el propio obispo y con el presbiterio, y la consideración del ministerio pastoral como fuente primordial de santificación, que se concreta en el concepto de caridad pastoral como criterio unificador de la vida espiritual del sacerdote .

La identidad sacerdotal
Autor: Michael Hull, Profesor de teología en Nueva York
La identidad sacerdotal está fundada en la configuración de Cristo Señor, que es a la vez sacerdote, profeta y rey del universo. El sacerdote está íntima y únicamente configurado con Cristo por su ordenación. La ordenación confiere \"un vínculo ontológico específico que une al sacerdote con Cristo, Sumo Sacerdote y Buen Pastor.\" De hecho, por su ordenación al sacerdocio, el hombre se convierte en «alter Christus». Como \"otro Cristo,\" es deber y derecho del sacerdote santificar («munus sanctificandi»), enseñar («munus docendi»), y gobernar («munus regendi») «in persona Christi capitis», porque por la ordenación un sacerdote está configurado con Cristo de modo de \"actuar en la persona de Cristo, la cabeza.\" La identidad sacerdotal se forja en la triple «munera», que son inseparables en el sacerdote y en ejercicio del sacerdocio. El sacerdote es quien, al compartir el sacerdocio de Cristo, ofrece la Misa, extiende el perdón y la paz a los pecadores en la penitencia y unge el óleo de la Extrema Unción; es el sacerdote quien, al compartir la misión profética de Cristo, habla en nombre de Cristo y la Iglesia en la predicación; y es el sacerdote quien, al compartir la realeza de Cristo, ejerce el gobierno de la Iglesia, de modo que sólo un sacerdote pueda guiar las almas como párroco u obispo.
La crisis de la identidad sacerdotal en los últimos tiempo fue ya propuesta por el Sínodo de los Obispos de 1990, y de ella habló Juan Pablo II en la Exhortación Apostólica Post Sinodal de 1992 «Pastores dabo vobis» (Sobre la formación de los sacerdotes en las circunstancias actuales), que seguía muy de cerca la Exhortación Apostólica del Sínodo de los Obispos de 1987 y la Exhortación Apostólica de Juan Pablo II de 1988 «Christifideles laici» (Sobre la Vocación y la Misión de los Fieles Laicos en la iglesia y en el Mundo Moderno). La pérdida de la identidad sacerdotal ha mezclado la diferencia entre el sacerdocio ministerial y el sacerdocio común de los fieles a tal punto que muchos ya no ven la diferencia esencial entre ambos, o en caso de ver la diferencia, creen erróneamente que la diferencia es solamente de grados. «Lumen gentium» indica claramente la antigua relación entre sacerdotes y laicos: \"Aunque difieren, y no solamente en cuanto al grado, el sacerdocio común de los fieles y el sacerdocio ministerial o jerárquico, están sin embargo ordenados uno al otro; cada uno de forma individual, comparte el sacerdocio de Cristo.\" Cuando se abandona o se malinterpreta esta distinción se produce desorientación: el clero se laiciza y los laicos se clericalizan. Debemos seguir los pasos del Sínodo de 1990 y de «Pastores dabo vobis» para entender mejor la diferencia esencial entre las vocaciones sacerdotales y laicales.
Esa diferencia, como hemos indicado, está fundada en el cambio ontológico propio del sacerdocio (ministerial), que es una gracias añadida al bautismo. San Pedro (1 Pe 2:5, 9) y San Juan de Patmos (Ap 1:6; 5:10; 20:6) nos aseguran que la promesa de Dios a Israel—\"Seréis para mi un reino de sacerdotes y una nación santa\"— se cumple en Cristo mediante el sacramento del bautismo. Del mismo modo, la Epístola a los Hebreos nos asegura que la diferenciación que hace Dios entre sacerdotes y pueblo en Israel—\"Luego trae contigo a tu hermano Aarón, y a sus hijos de entre el pueblo de Israek, para que me sirvan como sacerdotes\"—se cumple en Cristo mediante el sacramento de la ordenación, Los Evangelios, los Hechos y las Epístolas están repletos de a elección de Pedro y de los Doce, sobre su función exclusiva e irremplazable en la Iglesia y sobre su misión de hacer discípulos de todas las naciones. El propio San Pedro ilustra esto hermosamente: \"A los ancianos que están entre vosotros les exhorto yo, anciano como ellos, testigo de los sufrimientos de Cristo, y partícipe de la gloria que está para manifestarse. Apacentad la grey de Dios que os está encomendada, vigilando, no forzados, sino voluntariamente según Dios, no por mezquino afán de ganancia, sino de corazón; no tiranizando a los que os ha tocado cuidar, sino siendo modelos de la grey.\"
La pérdida de la distinción entre el pastor y las ovejas lleva a una falacia teórica. O todos son los pastores o todos las ovejas. Pero desde el punto de vista práctico, dicha «reductio ad absurdum» a la equivalencia radical, conduce solamente a una falacia: nadie conoce su lugar. Si los hombres perdiesen la fe en la autoridad y estructura propia de la sociedad perfecta que es la Iglesia, intentarán reemplazar esa autoridad y estructura con otra cosa. Por desgracia, hay en nuestros días personas que se han equivocado sobre la naturaleza de la Iglesia, en particular la naturaleza del sacerdocio y del estado laical. A menudo ven a la sociedad secular, en concreto a las filosofías políticas en busca de métodos para encontrar su lugar. No como las de la caverna de Platón, quién mezcló las sombras con la realidad, intentan reemplazar la ciudad de Dios con una ciudad del hombre. Es de lamentar que cuando los hombres son así de ignorantes intentan aprehender lo que está de moda o es expedito. En nuestros días, dominados por el igualitarismo radical y la noción de que todo poder reside en el electorado, no es de sorprender que la \"democratización,\" que definimos aquí como \"la teoría, sistema o principios de la democracia,\" surge de las cenizas. Todo intento de modernidad o convencionalismo que intente reemplazar la religión con el racionalismo, toda pretensión en nombre de la democratización ha de levantar inmediatamente dos banderas rojas a los fieles.
En primer lugar, la democracia en si es una teoría de la filosofía política que no es buena «per se». La Iglesia reconoce los beneficios de la democracia por encima de cualquier otra forma de gobierno secular pero no aprueba ninguna teoría política. Cuando se trata de presiones, los católicos tienen la libertad de estar o no de acuerdo con Winston Churchill que ha dicho, \"La democracia es la peor forma de gobierno a excepción de todas aquellas formas de gobierno que han sido probadas de vez en cuando.\" La adopción generalizada de las formas de gobierno democráticas de los últimos doscientos años han producido muchos bienes sociales, como la protección de los derechos humanos fundamentales, pero también han provocado males sociales, como la negación del más fundamental de los derechos humanos --el derecho a la vida-- en el aborto y la eutanasia. En segundo lugar, la Iglesia es una sociedad perfecta, y no una sociedad política. Los estados seculares necesitan por naturaleza un sistema de gobierno cada vez más refinado, que siga la ley natural y proteja el bien común. Por el contrario, el gobierno de la Iglesia, la jerarquía, es querido por Dios, instituido por Cristo Rey, y guiado por el Espíritu Santo. La Iglesia no necesita mirar más allá de si misma, de su Sagrada Tradición y la Sagrada Escritura, para obtener un sistema de organización sin igual que le es propio. La democracia y sus aspectos derivados y correlativos no tienen mayor cabida en la Iglesia que cualquier otro sistema político secular.
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