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EL AÑO SACERDOTAL

Complementariedad - no igualdad - entre sacerdotes y laicos

Juan Pablo II, 7 de Mayo, 2002

El Papa a los obispos de las Antillas:

"Venís como pastores que han sido llamados a compartir la plenitud del sacerdocio eterno de Cristo... En primer lugar y por encima de todo sois sacerdotes: no ejecutivos, administradores, representantes de las finanzas o burócratas, sino sacerdotes. Esto significa ante todo que habéis sido elegidos para ofrecer el sacrificio, ya que esta es la esencia del sacerdocio, y el fulcro del sacerdocio cristiano es la oferta del sacrificio de Cristo".

A continuación Juan Pablo II recordó el Concilio Vaticano II al que definió como "una enorme gracia" para la Iglesia y se refirió a como el papel de los laicos en la Iglesia había evolucionado desde la fecha de su celebración (1962-1965). Después subrayó que "junto con el despertar de los fieles laicos en la Iglesia" había habido una disminución del número de vocaciones en los seminarios bajo su cuidado. El Papa reconoció la "justa preocupación" de los obispos por este hecho, ya que "la Iglesia Católica no puede existir sin el ministerio sacerdotal que Cristo mismo desea para ella".

"Algunas personas, como sabemos, afirman que la disminución del número de sacerdotes es obra del Espíritu Santo y que Dios mismo guiará a la Iglesia, de manera que el gobierno de los fieles laicos ocupe el lugar del gobierno de los sacerdotes. Esa afirmación ciertamente no tiene en cuenta lo que los padres conciliares pusieron de manifiesto mientras intentaban promover una mayor participación de los laicos en la Iglesia. En sus enseñanzas, los padres conciliares pusieron simplemente en evidencia la profunda complementariedad entre los sacerdotes y los laicos que comporta la naturaleza armoniosa de la Iglesia. Una concepción errada de esta complementariedad ha llevado a veces a una crisis de identidad y de confianza entre los sacerdotes y también a formas de compromiso laico demasiado clericales o demasiado politizadas".

"El compromiso de los laicos se transforma en una forma de clericalismo cuando los papeles sacramentales o litúrgicos que competen al sacerdote son asumidos por los fieles laicos o cuando éstos cumplen tareas de gobierno pastoral que son propias del sacerdote. (...) El sacerdote, en cuanto ministro ordenado, es quien, en nombre de Cristo, preside la comunidad cristiana, en el plano litúrgico y pastoral. Los laicos le ayudan de muchas maneras en esta tarea. Pero el lugar por excelencia para el ejercicio de la vocación laica es el mundo de las realidades económicas, sociales, políticas y culturales. En este mundo es donde los laicos están invitados a vivir su vocación bautismal".

"En una época de secularización insidiosa -agregó el Papa- puede parecer raro que la Iglesia insista tanto en la vocación secular de los laicos. Es precisamente el testimonio evangélico de los fieles en el mundo lo que constituye el corazón de la respuesta de la Iglesia al mal de la secularización".

"El compromiso de los laicos se politiza -recalcó- cuando el laicado está absorbido por el ejercicio del 'poder' en el interior de la Iglesia. Esto sucede cuando la Iglesia no se concibe en términos de 'misterio' de la gracia que la caracterizan, sino en términos sociológicos o incluso políticos. (...) Cuando no es el servicio sino el poder lo que moldea todas las formas de gobierno en la Iglesia, tanto por parte del clero como del laicado, los intereses opuestos empiezan a hacer oír su voz". Juan Pablo II subrayó que esto dañaba a la Iglesia.

"Lo que la Iglesia necesita -dijo a los obispos- es un sentido de complementariedad más profundo y creativo entre la vocación del sacerdote y la de los laicos".

El Papa habló entonces de la importancia de desarrollar "una nueva apologética para vuestro pueblo -dijo-, de modo que entiendan lo que enseña la Iglesia". Sobre todo, añadió, "en un mundo en el que la gente está continuamente sujeta a la presión cultural e ideológica de los medios de comunicación y a la actitud agresivamente anticatólica de muchas sectas".

"La Iglesia -continuó- está llamada a proclamar una verdad absoluta y universal al mundo en una época en la que en muchas culturas hay una profunda incertidumbre sobre la posibilidad de que exista una tal verdad. Por eso, la Iglesia debe expresarse de la forma adecuada para evidenciar el testimonio genuino. En este sentido, el Papa Pablo VI identificó cuatro cualidades, que llamó 'perspicuitas, lenitas, fiducia, prudentia'-, claridad, humanidad, confianza y prudencia".

Juan Pablo II subrayó que "hablar con claridad significa que es necesario explicar comprensiblemente la verdad de la Revelación y las enseñanzas de la Iglesia que derivan de ella. (...) Esto es lo que pretendo al decir que necesitamos una nueva apologética, que se adapte a las necesidades de hoy, que tenga en cuenta que nuestra tarea no es vencer con los argumentos sino conquistar almas. (...) Una apologética de este tipo necesitará respirar un espíritu de humanidad, aquella humildad y compasión que son necesarias para comprender las ansiedades y los interrogantes de las personas".

"Hablar con confianza -explicó- significa no perder nunca de vista la verdad absoluta y universal revelada en Cristo, y no perder nunca de vista el hecho de que esta es la verdad que todos anhelan, con independencia del desinterés, resistencia u hostilidad que parezcan mostrar. Hablar con aquella sabiduría práctica y el sentido común que Pablo VI llamaba prudencia (...) significa ofrecer una clara respuesta a la gente que pregunta: '¿Qué debo hacer?' Aquí -concluyó-, la grave responsabilidad de nuestro ministerio episcopal se muestra como un desafío exigente".

 

Servidores de Cristo

Autor: Padre Raniero Cantalamessa, predicador de la Casa Pontificia.

Viernes, 4 nov (RV).- Ante la presencia del Santo Padre y la Familia Pontificia, ha tenido lugar esta mañana la primera predicación de Adviento en la Capilla Redemptoris Mater del Palacio Apostólico. El padre Raniero Cantalamessa, predicador de la Casa Pontificia, ha desarrollado el tema “Servidores de Cristo”. En el marco de las finalidades indicadas por el Santo Padre en la carta con la que instituía el Año Sacerdotal que estamos celebrando, las tres meditaciones de Adviento este año se basarán “en la naturaleza y los objetivos del sacerdocio, a partir de la primera Carta a los Corintios y la Carta a los Hebreos, con el fin de dar luz a la identidad del presbítero y a la unicidad del ministerio sacerdotal”.

“El servicio esencial que el sacerdote está llamado a rendir a Cristo es continuar su obra en el mundo” -ha explicado el predicador. “Ser servidores, ser siervos de Cristo es un título que nos debe tocar el corazón y hacerlo vibrar de santo orgullo”. No se trata de “servicios prácticos o ministeriales, (como administrar la palabra o los sacramentos), no hablamos del servicio como ‘acto’, sino del servicio como ‘estado’”.

“Continuar la obra de Cristo comporta para el sacerdote rendir testimonio de la verdad eterna revelada a los hombres, hacerla brillar a la luz de lo verdadero”. El padre franciscano ha dicho que “en esta luz, la tarea de la Iglesia y del sacerdote no debe limitarse a proclamar la verdad de la fe, sino a sacar de todo ello ‘experiencia’, a entrar en contacto íntimo y personal con la realidad de Dios, mediante el Espíritu Santo”. “Los maestros de la fe no pueden contentarse con enseñar las llamadas ‘verdades de fe’, a dar a las personas sólo una idea de Dios; sino que deben ayudarlas a sacar experiencia de Él, según el sentido bíblico del conocer”.

“Ser continuadores de la obra de Cristo significa no juzgar, sino salvar”. ¿Pero en qué modo podemos hablar de sacerdotes continuadores de la Obra de Cristo?” se ha preguntado el padre Cantalamessa. “Los sucesores continúan la obra, pero no la persona del fundador. No pasa así en la Iglesia porque Jesús no tiene sucesores, ya que no ha muerto: Él está vivo.

¡¿Cuál será entonces la tarea de sus ministros? -ha proseguido el predicador de la Casa Pontificia- sino la de representarlo, es decir, hacerlo presente, dar forma visible a su presencia invisible. En esto consiste la dimensión profética del sacerdocio”. “En un tiempo, en el que en vastas zonas de la tierra, la fe está en peligro de apagarse como una llama que no encuentra nutrición, la prioridad que está por encima de todas las demás es hacer a Dios presente en el mundo y abrir a los hombres el acceso a Dios”.

Estar “con” Jesús, “en Cristo o con Cristo” significa por tanto, ha subrayado el padre predicador, “compartirlo todo con Él: su vida itinerante, ciertamente, pero también sus pensamientos, sus objetivos, el espíritu”. “La palabra ‘compañero’ viene del latín medieval ‘con - panis’ y significa: ‘aquel que tiene en común el pan’; compañero es el que come el mismo pan. Por tanto, “una relación personal, plena de confianza y amistad con la persona de Jesús es el alma de todo sacerdote”.

“Y para hacer de Jesús el alma del propio sacerdote, el primer paso que hay que dar, -ha indicado el padre Cantalamessa- es pasar de Jesús-personaje a Jesús-persona. Del personaje “se puede hablar de él”; con la persona en cambio, “se habla”. Mientras Jesús sea un conjunto de noticias, de dogmas o herejías, es una memoria del pasado, no una presencia, es un personaje. Es necesario convencerse de que Cristo vive en el presente y es más importante “hablar con Él”, que “hablar de Él”.

“El gran peligro para los sacerdotes de hoy -ha finalizado diciendo el predicador- es el sacrificar “lo importante” a “lo urgente”. “La oración, la preparación de la homilía de la Misa, el estudio y la formación… son todas ellas cosa importantes. Las cosas urgentes son: las llamadas telefónicas, los trabajos materiales, las visitas, el activismo frenético. Un sacerdote debe iniciar la jornada con lo importante: la oración y el diálogo con Dios, de tal modo que la actividad cotidiana y los compromisos no acaben al final por ocupar todo el tiempo de la jornada.

 

El Salvador Misionero

“El tiempo que el sacerdote y el Obispo consagran a Dios en la oración
es siempre el mejor empleado"

El Papa Benedicto XVI a los obispos de reciente nombramiento: “El tiempo que el sacerdote y el Obispo consagran a Dios en la oración es siempre el mejor empleado, porque la oración es el alma de la actividad pastoral… y la fuente inagotable de fervor misionero”

“Uno de los deberes esenciales del Obispo es ayudar, con el ejemplo y con el sostén fraterno, a los sacerdotes a seguir fielmente su vocación, y a trabajar con entusiasmo y amor en la viña del Señor”: lo ha recomendado el Santo Padre Benedicto XVI recibiendo en audiencia el 21 de septiembre, en el Palacio apostólico de Castel Gandolfo, los Obispos ordenados en los últimos doce meses que han participado en el encuentro promovido por las Congregaciones para los Obispos y por las Iglesias Orientales.

Recordando el contexto del año Sacerdotal que se está celebrando, y la Carta que ha enviado por la ocasión a todos los sacerdotes, Benedicto XVI ha subrayado: “La imitación de Jesús Buen Pastor es, para cada sacerdote, la vía obligatoria de la propia santificación y la condición esencial para ejercer responsablemente el ministerio pastoral. Si esto vale para los presbiterios, aun vale más para nosotros, queridos Hermanos Obispos”.

Volviendo a llamar el gesto del sacerdote de poner las propias manos en las del Obispo durante el ritual de ordenación presbiteral, el Papa ha citado la observación contenida en la exhortación postsinodal Pastores gregis de Juan Pablo II: “El nuevo presbítero elige encomendarse al Obispo y, por su parte, el Obispo se empeña en custodiar esas manos. A bien ver ésta es una tarea solemne que se configura para el Obispo como paternal responsabilidad en custodiar y promover la identidad sacerdotal de los presbiterios confiada a la propia cura pastoral, una identidad que vemos hoy desaforadamente sometida a la dura prueba de la creciente secularización”.

De modo particular el Obispo, ha continuado Benedicto XVI, “está llamado a alimentar en los sacerdotes la vida espiritual, para favorecer en ellos la armonía entre la oración y el apostolado…

La misión de un presbítero y, a mayor razón, la de un Obispo, comporta hoy una gran cantidad de trabajo que tiende a absorberlo continua y totalmente. Las dificultades aumentan y las inconveniencias van multiplicándose, también porque se nos pone frente a realidades nuevas y a crecientes exigencias pastorales. Sin embargo, la atención a los problemas de cada día y a las iniciativas dirigidas a conducir a los hombres a la vía del Señor no tienen que distraernos nunca de la unión íntima y personal con Cristo. El estar a disposición de la gente no tiene que disminuir u ofuscar nuestra disponibilidad hacia el Señor.

El tiempo que el sacerdote y el Obispo le consagran a Dios en la oración siempre es aquel mejor empleado, porque la oración es el alma de la actividad pastoral, la 'linfa' que le infunde fuerza, es el sostén en los momentos de incertidumbre y desaliento y la fuente inagotable de fervor misionero y amor fraterno hacia los demás”.

En la parte conclusiva de su discurso, el Papa ha remarcado que “al centro de la vida sacerdotal está la eucaristía” y ha expresado este augurio a los Obispos: “la celebración eucarística ilumine todo vuestro día y el de vuestros sacerdotes, imprimiendo su gracia y su influjo espiritual sobre los momentos tristes o alegres, agitados o relajantes, de acción o de contemplación. Un modo privilegiado de alargar en el día la misteriosa acción santificante de la eucaristía es la devota oración de la Liturgia de las Horas, como también la adoración eucarística, la lectio divina y la oración contemplativa del Rosario.

El Santo Cura de Ars nos enseña cuanto es preciosa la identificación del sacerdote al Sacrificio eucarístico y a la educación de los fieles a la presencia eucarística y a la comunión. Con la Palabra y los Sacramentos - he recordado en la Carta a los Sacerdotes - San Juan María Vianney ha edificado su pueblo”.

 

Las relaciones de los prebíteros con los demás fieles

Fuente: www.encuentra.com, Año Sacerdotal

1. La comunidad sacerdotal, no se encuentra aislada de la comunidad eclesial; al contrario, pertenece a su ser más íntimo, es su corazón, en una constante intercomunicación con todos los demás miembros del cuerpo de Cristo. Los presbíteros, en calidad de pastores, están al servicio de esta comunión vital, en virtud del orden sacramental y del mandato que la Iglesia les da.

En el concilio Vaticano II, la Iglesia trató de avivar en los presbíteros esa conciencia de pertenencia y participación, para que cada uno tenga presente que, aun siendo pastor, no deja de ser un cristiano que debe cumplir todas las exigencias de su bautismo y vivir como hermano de todos los demás bautizados, al servicio "de un solo y mismo cuerpo de Cristo, cuya edificación ha sido encomendada a todos" (Presbyterorum ordinis, 9). Es significativo que, sobre la base de la eclesiología del cuerpo de Cristo, el Concilio subraye el carácter fraterno de las relaciones del sacerdote con los demás fieles, como ya había afirmado el carácter fraterno de las relaciones del obispo con los presbíteros. En la comunidad cristiana las relaciones son esencialmente fraternas, como pidió Jesús en su mandato, recordado con tanta insistencia por el apóstol san Juan en su evangelio y en sus cartas (cf. Jn 13, 14; 15, 12.17; 1 Jn 4, 11. 21). Jesús mismo dice a sus discípulos: "Vosotros sois todos hermanos" (Mt 23, 8).

2. De acuerdo con la enseñanza de Jesús, presidir la comunidad no significa dominarla, sino estar a su servicio. Al mismo nos dio ejemplo de pastor que apacienta y está al servicio de su grey, y proclamó que no vino a ser servido sino a servir (cf. Mc 10, 45; Mt 20, 28). A la luz de Jesús, buen pastor y único Señor y Maestro (cf. Mt 23, 8), el presbítero comprende que no puede busca r su propio honor o su propio interés, sino sólo lo que quiso Jesucristo, poniéndose al servicio de su reino en el mundo. Así pues, sabe .y el Concilio se lo recuerda. que debe actuar como servidor de todos, entregándose con sinceridad y generosidad, aceptando todos los sacrificios que exija ese servicio y recordando siempre que Jesucristo, único Señor y Maestro, que vino a servir, lo hizo hasta el punto de dar "su vida como rescate por muchos" (Mt 20, 28).

3. El problema de las relaciones de los presbíteros con los demás fieles en la comunidad cristiana adquiere un relieve especial con respecto al laicado que, como tal, ha cobrado gran importancia en nuestra época, por la nueva conciencia del papel esencial que desempeñan los fieles laicos en la Iglesia.

Ya conocemos cómo las mismas circunstancias históricas han favorecido el renacimiento cultural y organizativo del laicado, especialmente en el siglo XVIII y cómo, entre las dos guerras mundiales, se ha desarrollado en la Iglesia una teología del laicado que ha llevado a un decreto especial del Concilio .Apostolicam actuositatem y, lo que es más importante, a la visión comunitaria de la Iglesia que aparece en la constitución dogmática Lumen gentium, y al lugar que en ella se reconoce al laicado.

Por lo que atañe a las relaciones de los presbíteros con los laicos, el Concilio los considera a la luz de la comunidad viva, activa y orgánica, que el sacerdote está llamado a formar y guiar. Por eso, el Concilio recomienda a los presbíteros que reconozcan y promuevan sinceramente la dignidad de los laicos: dignidad de personas humanas, elevadas por el bautismo a la condición de hijos de Dios y enriquecidas con sus dones de gracia. Para cada una de ellas el don divino comporta un papel específico en la misión eclesial de salvación, también en ámbitos .como los de la familia, la sociedad civil, la profesión, la cultura, etc.. en los que los presbíteros de ordinario no pueden desempeñar los papeles específicos de los laicos (cf. Presbyterorum ordinis, 9). Tanto los laicos como los presbíteros, mediante un sentido más pleno de su pertenencia y participación eclesial, deben cobrar cada vez mayor conciencia de esta diferencia especifica.

4. Siempre de acuerdo con el Concilio, los presbíteros deben respetar la debida libertad de los laicos, en cuanto hijos de Dios animados por el Espíritu Santo. En este clima de respeto de la dignidad y de la libertad, se comprende la exhortación del Concilio a los presbíteros: "Oigan de buen grado a los laicos", teniendo en cuenta sus aspiraciones y sirviéndose de su experiencia y competencia en las actividades humanas, para reconocer "los signos de los tiempos". Los presbíteros .prosigue el Concilio. deben tratar de discernir, con la ayuda del Señor, los carismas de los laicos "tanto los humildes como los más altos" , "reconociéndolos con gozo y fomentándolos con diligencia" (ib.).

Es interesante e importante que el Concilio observe y exhorte: "Entre otros dones de Dios que se encuentran abundantemente en los fieles, son dignos de singular cuidado aquellos por los que no pocos son atraídos a una más alta vida espiritual"(ib.). Gracias a Dios, sabemos que son muchos .también en la Iglesia de hoy, y a menudo también fuera de sus organizaciones visibles. Los fieles que se dedican o desean dedicarse a la oración, a la meditación y a la penitencia (al menos a la del arduo trabajo de cada día, realizado con esmero y paciencia, y a la de la difícil convivencia), con compromisos directos de apostolado militante, o sin ellos. A menudo sienten la necesidad de un sacerdote consejero, o incluso director espiritual, que los acoja, escuche y trate en clave de amistad cristiana, con humildad y caridad.

Se podría decir que la crisis moral y social de nuestro tiempo, con los problemas que plantea tanto a las personas como a las familias, hace sentir con más fuerza esta necesidad de ayuda sacerdotal en la vida espiritual. Hay que recomendar vivamente a los presbíteros un nuevo reconocimiento y una nueva entrega al ministerio del confesionario y de la dirección espiritual, también a causa de las nuevas exigencias de los laicos, que tienen más deseos de seguir el camino de la perfección cristiana que presenta el Evangelio.

5. El Concilio recomienda a los presbíteros que reconozcan, promuevan y fomenten la cooperación de los laicos en el apostolado y en el mismo ministerio pastoral en el ámbito de la comunidad cristiana, y no duda en pedir que "encomienden igualmente con confianza a los laicos organismos en servicio de la Iglesia, dejándoles libertad y campo de acción y hasta invitándolos oportunamente a que emprendan también obras por su cuenta" "(ib.). Estamos en la lógica del respeto de la dignidad y de la libertad de los hijos de Dios, pero también del servicio evangélico: "servicio a la Iglesia", dice el Concilio. Conviene repetir que todo eso supone un vivo sentimiento de pertenencia a la comunidad y de participación activa en su vida; y, más profundamente aún, la fe y la confianza en la gracia que actúa en la comunidad y en sus miembros.

Como eje de la praxis pastoral en este campo, podrá servir lo que dice el Concilio: "Los presbíteros están puestos en medio de los laicos para llevarlos a todos a la unidad de la caridad" (ib.). Todo gira en torno a esta verdad central y, en particular, a la apertura y acogida a todos, el esfuerzo constante por mantener o restablecer la armonía, por favorecer la reconciliación, por promover la comprensión mutua y por crear un clima de paz. Si, los presbíteros deben ser, siempre y por doquier, hombres de paz.

6. El Concilio encomienda a los presbíteros esta misión de paz comunitaria: paz en la caridad y en la verdad. "A ellos toca, consiguientemente, armonizar de tal manera las diversas mentalidades, que nadie se sienta extraño en la comunidad de los fieles. Ellos son de defensores del bien común, cuyo cuidado tienen en nombre del obispo, y, al mismo tiempo, asertores intrépidos de la verdad, a fin de que los fieles no sean llevados de acá para allá por todo viento de doctrina, como recomienda san Pablo (Ef 4, 14). A su solicitud especial se recomiendan los que se han apartado de la práctica de los sacramentos y aun tal vez de la fe misma, a los que no dejarán de acercarse como buenos pastores" (ib.).

Su solicitud, por consiguiente, ha de alcanzar a todos, tanto a los que están dentro del redil como a los que se encuentran fuera, según las exigencias de la dimensión misionera que hoy debe tener necesariamente la pastoral. En este horizonte pastoral todo presbítero debe plantear el problema de los contactos con los no creyentes, los no religiosos e incluso los que se declaran ateos. Hacia todos ha de sentirse impulsado por la caridad pastoral; a todos ha de tratar de abrir las puertas de la comunidad. El Concilio, a este respecto, recuerda a los presbíteros la atención hacia "los hermanos que no gozan de plena comunión eclesiástica con nosotros" . Es el horizonte ecuménico. Y, por último, concluye con la invitación a "tener por encomendados (a su solicitud pastoral) a todos aquellos que no reconocen a Cristo como salvador suyo" (ib.). Dar a conocer a Cristo, abrirle las puertas de las mentes y los corazones, cooperar a su adviento, siempre nuevo, al mundo, es la razón esencial del ministerio pastoral.

7. Se trata de una ardua consigna que Cristo da a los presbíteros mediante la Iglesia. Es comprensible que el Concilio pida a todos los fieles la colaboración que puedan prestar, como ayuda en el trabajo y en las dificultades, y ante todo como comprensión y amor. Los fieles son el otro término de la relación de caridad que debe vincular a los presbíteros con toda la comunidad. La Iglesia, que recomienda a sus sacerdotes el cuidado pastoral de los fieles, pide a éstos solidaridad hacia sus pastores: "En cuanto a los fieles mismos, dénse cuenta de que están obligados a sus presbíteros, y ámenlos con filial cariño, como a sus pastores y padres; igualmente, participando de sus solicitudes, ayuden en lo posible, por la oración y de obra, a sus presbíteros" "(ib.). Eso mismo lo repite el Papa, dirigiendo a todos los fieles una exhortación apremiante en nombre de Jesús, nuestro único Señor y Maestro: ayudad a vuestros pastores por la oración y de obra, amadlos y sostenedlos en el ejercicio diario de su ministerio.

 

 

El combate espiritual

Autor: Lorenzo Scupoli

Capítulo 17
Orden que debe guardarse en el combate contra nuestras pasiones desordenadas

Es muy importante conocer el orden que debe guardarse para combatir como es debido, y no superficialmente y sin ton ni son, como hacen muchos con grave daño para sí mismos. El plan a seguir en la lucha contra tus enemigos y contra tus malas inclinaciones consiste en que entres en tu corazón, examines diligentemente qué pensamientos y afectos lo acosan y qué pasión lo domina y tiraniza con más fuerza; y contra ella, sobre todo, empuña las armas y entabla batalla.

Si, entretanto, te ves atacado por otros enemigos, lucharás especialmente contra el que, en ese momento, te ataca más de cerca, pero después volverás a la tarea principal.

Capítulo 18
Modo de resistir a los repentinos impulsos de las pasiones

Si todavía no te sientes preparado para detener los golpes imprevistos de las injurias o de cualquier otra adversidad, para acostumbrarte a ello será bueno que aprendas a prevenirlos y hasta a desearlos repetidamente, para esperarlos y con el ánimo a punto. Y el modo de prevenirlos consiste en que, una vez conocida la naturaleza de tus pasiones, consideres las personas con las que habrás de tratar y los lugares que vas a frecuentar. Así podrás adivinar con facilidad lo que puede sucederte. Y si te sobreviene cualquier otra contrariedad no prevista, además de la ventaja que te dará el hecho de encontrarte preparado para las que tiene previstas, podrás servirte especialmente de este otro modo.

Apenas comiences a sentir los primeros ataques de una injuria o de cualquier otra contrariedad, ponte en guardia, hazte fuerte y eleva a Dios tu corazón, considerando su bondad y el amor con que te manda esa adversidad, con el fin de que, soportándola por su amor, te purifiques y te acerques y unas más a él. Y teniendo en cuenta la satisfacción que le produce tu fortaleza, vuélvete hacia ti mismo y, reprendiéndote, dirígete estas palabras: «Pero ¿por qué rechazas una cruz que te manda no un cualquiera, sino tu Padre del cielo?». Vuélvete luego a la cruz, abrázala con la mayor aceptación y alegría posible, y di: «¡Oh cruz, preparada por la providencia aun antes de que yo existiera! ¡Oh cruz, aligerada por el amor de mi Crucificado! Clávame en ti, que quiero darme así a aquel que, muriendo en ti, me ha redimido».

Y si al comienzo, arreciando la pasión no logras elevarte a Dios y sigues sintiéndote herido, intenta hacer cuanto antes lo que digo, como si no estuvieras herido. Aunque el remedio más eficaz contra esos ataques imprevistos es eliminar la causa de donde proceden. Por ejemplo, si por el afecto que le tienes a una cosa descubres que, al ser contrariado en ella, sueles caer en un improviso desasosiego, el camino más corto para solucionarlo es que te acostumbres a eliminar ese afecto. Y si la turbación procede no de la cosa, sino de la persona, de la que, porque te resulta desagradable, todo, por insignificante que sea, te molesta, el remedio está en forzar tu voluntad a querer a aquella persona y a mirarla con cariño, pues es una criatura formada, como tú, por la mano de Dios y, como tú, redimida por la misma sangre divina. Y si logras sobrellevarla, te dará incluso la oportunidad de asemejarte a tu Señor, que es amoroso y bondadoso con todos.

Capítulo 19
Modo de combatir el apetito carnal

Contra este apetito has de luchar de un modo particular y diferente que colara los otros. Para combatirlo como conviene, distinguirás tres tiempos: antes de la tentación, en el momento de la tentación, y después de la tentación.

—Primero. Antes de la tentación, la batalla será contra las causas que suelen ocasionarla. Ante todo, has de pelear no atacando al enemigo, sino huyendo con todas tus fuerzas de cualquier ocasión o persona que constituya para ti un mínimo peligro. Y si fuera preciso enfrentarte con ellas, hazlo con una actitud modesta y seria, usando palabras graves y adoptando un aire severo más bien que familiar y afable.

No te fíes del hecho de no haber experimentado o sentido en muchos años los estímulos de la carne, pues ese vicio hace en una hora lo que no ha hecho en muchos años y sabe urdir ocultamente sus tramas; de modo que hiere y daña tanto más irremediablemente cuanto más inofensivo y menos sospechoso se muestra.

Y la experiencia tiene muy demostrado que el peligro es mayor cuando el trato se mantiene so pretexto de que se trata de cosas lícitas, por razones de parentesco o deberes de oficio, o incluso de virtud de la persona querida. De hecho, en el frecuente e imprudente trato va mezclándose el venenoso deleite del sentido y, poco a poco e insensiblemente, va calando hasta el fondo del alma y va oscureciendo paso a paso la razón, de modo que llegan a estimarse intranscendentes las cosas peligrosas, las miradas tiernas, las palabras dulces que se intercambian y el deleite de la conversación. Y así, de concesión en concesión, se cae finalmente en el desastre o en tentaciones dolorosas y difíciles de superar.

Insisto en que lo que debes hacer es huir, porque eres paja, y no debes fiarte porque estés empapada y llena del agua de una voluntad fuerte y decidida, resuelta y dispuesta a morir antes que ofender a Dios. El calor del fuego de un trato frecuente secará poco a poco el agua de tu buena voluntad, y, cuando menos lo pienses, prenderá de tal manera que no respetará ni parientes ni amigos; no temerá a Dios, ni le importará el honor ni la vida, ni todas las penas del infierno. Huye, pues, huye si no quieres ser sorprendido, apresado y muerto.

—Segundo. Huye del ocio y estate en guardia y atento, ocupándote en los pensamientos y las obras convenientes a tu estado.

—Tercero. No ofrezcas resistencia; obedece prontamente a tus superiores, realizando con solicitud lo que te impongan, y poniendo especial interés en aquellas cosas que te humillan y son más contrarias a tu voluntad y natural inclinación.

—Cuarto. No te permitas jamás un juicio temerario sobre tu prójimo, y menos cuando se trate de ese apetito. Y si manifiestamente lo ves caído, compadécete de él y no lo desprecies ni lo humilles; procura sacar de ello provecho de humildad y de conocimiento de ti mismo, sabiendo que eres polvo y nada; acércate a Dios con la oración y huye más que nunca de las ocasiones en las que descubras la mínima sombra de peligro. Porque si eres fácil en juzgar y despreciar a los demás, te corregirá Dios a tu costa, permitiendo que caigas en ese mismo fallo, para que te convenzas de tu soberbia y, humillado, pongas remedio a ambos defectos. Y aunque no caigas ni cambies de modo de pensar, debes saber que hay muchas razones para dudar de tu situación.

—Quinto y último. Ten en cuenta que si te encuentras en el regalo y consuelo de delicias espirituales, debes guardarte de admitir sentimientos de vana complacencia de ti mismo, creyendo ser algo, y pensando que tus enemigos ya no te darán más guerra, porque ya te inspiran desprecio, aversión y horror. Si no eres en eso muy cauto, caerás con facilidad.

Cuando arrecie la tentación, observa si la causa de donde procede es interior o exterior. Por causa exterior entiendo la curiosidad de los ojos y de los oídos, el extremado cuidado de los vestidos, las confianzas y confidencias que incitan a ese vicio. El remedio en estos casos es la honestidad y la modestia, no queriendo ver ni oír nada que sea excitante: huir es la medicina, como ya he dicho.

La causa interior procede o de la vitalidad del cuerpo o de los pensamientos de la mente, que proceden de nuestros malos hábitos o de sugestiones del demonio. La sensualidad del cuerpo se mortifica con ayunos, disciplinas, cilicios, vigilias y otras austeridades semejantes, dentro de los límites de la discreción y la obediencia. En cuanto a los pensamientos, vengan de donde vengan, los remedios son los siguientes: ocuparse en los ejercicios adecuados al propio estado, en la oración y la meditación.

Por lo que toca a la oración, hazla de esta manera: apenas te des cuenta no sólo de la presencia de tales pensamientos, sino de su primera insinuación, concéntrate y piensa en el Crucifijo diciendo: «Jesús mío, dulce Jesús mío, ven pronto en mi ayuda para que no caiga en manos de mi enemigo». Y, abrazando la cruz de la que pende tu Señor, besa repetidas veces las llagas de sus santos piles, diciendo con fervor: «Oh llagas adorables, santas y castas, herid ya este pobre e impuro corazón y guardadme del peligro de ofenderos».

Y cuando las tentaciones de los deleites carnales te acosen no me parecería bueno que tu meditación se centrase en ciertos puntos que muchos libros proponer, como remedio a esa tentación; por ejemplo, la bajeza de ese vicio, su insaciabilidad, los disgustos y amarguras que lo acompañan, los peligros de la pérdida de los bienes, de la vida, del honor y cosas semejantes. Porque no siempre es este un medio seguro para vencer la tentación, y hasta puede aumentar las dificultades; pues si el intelecto, por una parte, desecha esos pensamientos, por otra nos ofrece ocasión y peligro de deleitarnos en ellos y de consentir al placer. Por eso, el mejor remedio consiste en huir de ellos, e incluso de todo lo que nos los recuerde, aunque sea, contrario a ellos.

He aquí por qué cuando tu meditación se oriente a ese fin, deberá centrarse en la vida y en la pasión del Señor crucificado. Y si, a pesar tuyo, en esa meditación se te presentan tales pensamientos, molestándote más de lo habitual —como seguramente sucederá—, no te asustes ni dejes la meditación, ni te enfrentes directamente a ellos ofreciéndoles resistencia; sigue impertérrito tu meditación con la mayor intensidad posible, pasando de tales pensamientos como si no fueran tuyos; pues no hay mejor medio de hacerles frente, aunque su acoso sea continuo.

Y acabarás tu meditación con esta o semejante petición: «Por tu pasión y por tu inefable bondad, líbrame de mis enemigos, creador y redentor mío»; pero sin dirigir tu atención al vicio, ya que sólo recordarlo representa ya un peligro. Y, además, no te entretengas nunca en deliberar si has consentido o no en tal tentación, pues, bajo apariencia de bien, se trata de un engaño del demonio, que pretende quitarte la paz y hacerte desconfiado y pusilánime, o, mientras te distrae con esas cavilaciones, lo que espera es hacerte caer en algún tipo de complacencia. Por eso, en estas tentaciones siempre que no estés seguro de haber consentido, ha de bastarte con una breve explicación a tu padre espiritual, quedándote tranquilo con lo que él te diga, sin volver a pensar más en ello. Exponle a él con sinceridad cualquier pensamiento, sin que te lo impidan ni el respeto humano ni la vergüenza. Pues si necesitamos la virtud de la humildad para vencer a todos nuestros enemigos, con más razón debemos ser humildes cuando se trata de este, ya que este vicio es casi siempre un castigo de nuestra soberbia.

Cuando ha pasado ya el momento de la tentación, y aunque ya te sientas libre y resguardado, esfuérzate por mantener tu atención muy lejos de aquellos objetos que la ocasionaron, aunque tu deseo de virtud o de cualquier otro provecho te empujen a actuar de forma diversa: se trata de un engaño de nuestra naturaleza corrompida y de una trampa de nuestro sagaz enemigo, que se transforma en ángel de luz para precipitarnos en las tinieblas.

 


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