Pascual Bailón es el seudónimo de un feligrés más de La Epifanía que quiere compartir con ustedes, desde un enfoque sociológico católico, algunas normas de comportamiento individual y social que nos cuestionen sobre nuestra calidad de Hijos de Dios, de católicos comprometidos, del entendimiento y comprensión de las verdades fundamentales de nuestra propia vida.
LEY DEL DIEZMO
"Traed todo el diezmo al tesoro y haya alimento en mi casa. Probadme en esto, ha dicho el Señor Todopoderoso, si no os abriré las ventanas de los cielos y vaciaré sobre vosotros bendición hasta que sobreabunde"
(Malaquías 3:10).
Pascual Bailón, feligrés de La Epifanía, quiero compartir con ustedes, mis hermanos en Cristo Jesús, estas consideraciones sobre el diezmo, buscando tocar algunas conciencias que han ido perdiendo la noción de los derechos y obligaciones del Católico.
El diezmo es una ley espiritual
Dada por Dios a los hombres para guiarlos al encuentro de la abundancia, la plenitud, la multiplicación de sus dones y la gratitud en su vida cotidiana. La ley del diezmo es retornar 10 por ciento del incremento personal a Dios. Para el caso, el representante de Dios será la fuente real de las enseñanzas espirituales de la persona; una iglesia, una sinagoga, una mezquita, un maestro espiritual... Cuando la persona da su diezmo, Dios manifiesta: "Si tienes tanto para dar significa que estás abierto a recibir más".
Estamos invitados a llegar al Padre Celestial diciendo jubilosos:"Dios, estoy abierto a recibir lo que tienes para mi, los dones con los cuales quieras bendecirme".
Uno de los errores fundamentales del ser humano es la avaricia que consiste en atacar la riqueza interior de uno mismo. Al considerar que nunca hay suficiente en el mundo siempre tendremos hambre.
Podemos romper el patrón de la avaricia diezmando, con lo cual activamos dos aspectos, uno místico, invisible que manifiesta: "Eres abundante y manejas bien la abundancia, de modo que tienes más". El otro consiste en reconocer nuestra abundancia y diezmar con alegría lo que establece una serenidad, una forma de gloria que atrae más abundancia.
Derechos y deberes del cristiano
Todos los miembros de la Iglesia, laicos y consagrados, tenemos la misma dignidad y la misma responsabilidad en cuanto a la misión común de la edificación del Cuerpo de Cristo.
El canon 222 del Código de Derecho Canónico enuncia el marco de necesidades de la Iglesia en cuya solución debemos participar: "Los fieles tienen el deber de ayudar a la Iglesia en sus necesidades, de modo que disponga de lo necesario para el culto divino, las obras apostólicas de caridad y el conveniente sustento de los ministros".
"Tienen también el deber de promover la justicia social, así como, recordando el precepto del Señor, ayudar a los pobres con sus propios bienes".
El diezmo en la antigüedad
Cuando Abraham venció a Codorloamor y a sus aliados, ofreció el diezmo del botín obtenido a Melquisedec, rey de Salem, por ser el Sacerdote del Dios Altísimo (Gen 14, 18-20); Jacob promete en Betel que, si vuelve sano y salvo de Jarán, le ofrendaría a Dios el diezmo de lo que Dios le permitiera obtener (Gn 28, 29-22).
Esta práctica se fue asimilando en el pueblo de Israel: Nehemías exhorta durante la renovación de la Alianza a no olvidar este compromiso para con los Levitas y los sacerdotes (Neh 10, 38-39; 12,44; 13, 4-5.12). En tiempos del Rey Ezequías se encarece la generosidad de Judá para cumplir con esta ofrenda (2 Cro 31, 5-12). El profeta Malaquías exhortará a los israelitas a cumplir con este precepto (Mal 3,10). Amós invita a la coherencia y se encargará de recordar que el cumplimiento de este mandamiento no se debe hacer acompañado del alejamiento de Dios o de la idolatría (4,4).
En el Nuevo Testamento, aparecen los Fariseos con el pago escrupuloso del diezmo. Sin embargo, Jesús les recuerda que esto no debe hacerles olvidar la justicia y el amor de Dios (Cf. LC 11,42; Mt 23,23).
El diezmo hoy
El diezmo es un gesto religioso, no una práctica filantrópica. Debe brotar de un corazón misericordioso que lleva consuelo al que está pasando necesidades. Siendo cristianos nuestras ofrendas debieran llevarnos a manifestar inmensa gratitud por el Sacrificio de Cristo, don de Dios a la humanidad (Jn 3,16).
La finalidad del diezmo se dirige hacia cuatro puntos específicos:
Hacia Dios, reconociendo su soberano dominio y los beneficios que vienen de su Mano. Dios es el propietario del mundo y de lo que te concede.
Hacia el prójimo movidos por la generosidad hacia la práctica de la caridad y la vivencia de la justicia. Tiene una dimensión salvífica (MT 25,31-46). Es una muestra de generosidad que nos hace crecer, educa en el amor y contribuye a la verdadera unión entre los miembros de la comunidad.
Hacia la creación nos lleva a manifestarnos libres ante las cosas materiales, como lugartenientes de Dios en la creación. No se trata de condenar los bienes materiales; es una invitación a caminar sin apegos y sin caer en la esclavitud del materialismo.
Hacia nosotros mismos nos mueve a percibir los valores trascendentes y nuestras expectativas de salvación, lo mismo que nos permite ver al hermano necesitado; experimentarnos administradores y alejarnos de la codicia.
Los Católicos observamos los "Mandamientos de la Iglesia", relacionados directamente con el Primer Mandamiento de la Ley de Dios, pues del amor a Dios se derivan el darle el culto que le corresponde, las obras piadosas y la solicitud para con su Iglesia.
La ofrenda del diezmo no puede ser sustituida por ningún otro donativo dado por cualquier otro concepto, aunque sea a instituciones de la misma Iglesia Católica.
Diezmar funciona: trae bendiciones
La Biblia dice que hay que diezmar, poner a prueba a Dios, y El derramará bendiciones sobre ti.
Muy seguramente tus problemas comienzan a solucionarse, tu situación económica mejora, todo fluye en mejor forma, comienzas a manifestar relaciones jubilosas, trabajos maravillosos: estos pequeños milagros de tiempo perfecto suceden y te darás cuenta que todo comenzó cuando iniciaste tu diezmo con amor.
Pascual Bailón, disfrutó la fiesta patronal, la imponente ceremonia de Navidad y otras celebraciones propias de la época y no pudo menos que admirarse del amor con que el Párroco y su equipo se esmeran por hacer de ellas un acontecimiento especial para sus feligreses. En medio de las solemnidades, me asombraba que al pasar la colecta muy pocos se metían la mano al bolsillo. De cada fila, de 8 a 12 personas, el promedio que pude observar era de uno o dos que aportaban con dificultad un billete o una pobre moneda a la ofrenda. Sentí pena de católico, me vi rodeado de pobreza y me preguntaba ¿de donde creen mis hermanos que sale el dinero para pagar la luz, el agua, el teléfono, los salarios de este bello templo que no le pertenece al párroco, le pertenece a la iglesia que somos la comunidad misma?, ¿qué sueldo pueden devengar el párroco y sus empleados con esa pobreza nuestra?. Siento que olvidamos que es a nosotros a quienes corresponde mantener nuestra iglesia; que el Párroco y sus empleados hacen un trabajo eficaz y eficiente para que lleguemos a la casa de Dios y celebremos nuestra reunión con El en medio de lo mejor y es por todo eso que he querido recordar su condición de católicos comprometidos, de iglesia de Dios.
Pascual Bailón, Enero, 2007
LA PASCUA Y LA SABIDURÍA DE UN NIÑO
Por Rubén Quesada
Jeremy nació con un cuerpo deforme y una mente lenta. A la edad de 12 años estaba todavía en segundo de primaria y no daba señales de poder adelantar.
Su maestra, Doris Miller, a menudo se exasperaba con él pues con frecuencia se retorcía en su asiento y lanzaba gruñidos. Otras veces hablaba de manera clara y precisa, como si un rayo de luz penetrase en la oscuridad de su cerebro.
La mayor parte del tiempo, sin embargo, Jeremy le causaba irritación.
Un día la maestra llamó a los padres de Jeremy y les pidió que fueran a verla para una tutoría. Cuando los Forrester entraron en la clase vacía, Doris les dijo: "Lo que realmente necesita Jeremy es una escuela especial. No es bueno para él estar con niños menores que no tienen problemas de aprendizaje. Hay una diferencia de cinco años entre su edad y la de los otros en su aula." La Sra. Forrester sacó un pañuelo y lloró quedamente, mientras su marido hablaba:
"Srta. Miller, no hay escuelas de ese tipo en las cercanías. Sería un terrible golpe para Jeremy si tuviésemos que sacarlo de esta escuela. Sabemos que realmente le gusta estar aquí."
Doris permaneció sentada un largo rato después de que se hubiesen marchado, mirando fijamente la nieve a través de la ventana. Su frialdad parecía filtrarse hasta su alma. Quería simpatizar con los Forrester. Después de todo, su único hijo tenía una enfermedad terminal. Pero no era justo mantenerlo en su clase. Ella tenía otros 18 niños a los que dar clase y Jeremy era una distracción para ellos. Además, él nunca aprendería a leer y escribir, así que ¿para qué perder más tiempo intentándolo? Mientras ponderaba la situación, un sentimiento de culpabilidad se apoderó de ella. "Aquí estoy, protestando, cuando mis problemas no son nada comparados con esa pobre familia", pensó. "Por favor, Señor, ayúdame a ser más paciente con Jeremy."
Desde ese día, intentó ignorar los ruidos de Jeremy y sus miradas vacías. Un día, Jeremy se dirigió hasta su mesa, arrastrando tras de sí su pierna mala: "Te quiero, Srta. Miller", exclamó lo bastante fuerte para que la clase entera lo escuchase. Los otros estudiantes soltaron risitas entrecortadas y Doris enrojeció. Balbuceó: "¿Cómo? Muchas gracias Jeremy. A-ahora vuelve a tu sitio, por favor".
Llegó la primavera, y los niños hablaban animadamente de la llegada de la Pascua. Doris les contó la historia de Jesús, y para enfatizar la idea del nacimiento a una nueva vida, dio a cada uno de los niños un gran huevo de plástico. "Ahora quiero que os lo llevéis a casa y que lo traigáis de vuelta mañana con algo dentro que signifique una nueva vida ¿Lo habéis entendido?". "Sí, Srta. Miller", respondieron entusiasmados los niños (todos excepto Jeremy). Él la escuchó dando muestras de estar comprendiendo lo que decía. Sus ojos no dejaron de estar fijos en el rostro de la maestra. Incluso ni hizo sus ruidos habituales. ¿Había entendido el chico lo que ella había explicado sobre la muerte y resurrección de Jesús? ¿Había entendido la tarea asignada? Tal vez debiera llamar a sus padres y explicarles a ellos el proyecto.
Esa tarde, el fregadero de la cocina de Doris se atascó. Llamó al plomero y esperó durante una hora a que viniera y lo desatascara. Después tuvo que ir al mercado para hacer sus compras, planchar una blusa y preparar un examen de vocabulario para el día siguiente. Olvidó por completo llamar a los padres de Jeremy.
A la mañana siguiente, 19 niños llegaron a la escuela, riendo y hablando mientras dejaban sus huevos en la gran cesta de mimbre sobre la mesa de la Srta. Miller. Tras acabar su lección de matemáticas, llegó el momento de abrir los huevos. En el primer huevo, Doris encontró una flor. "Oh, sí. Una flor es ciertamente un signo de nueva vida. Cuando las plantas brotan sus flores, sabemos que ha llegado la primavera". Una pequeña en la primera fila agitó su brazo. "Ese es mi huevo, Srta. Miller". El siguiente huevo contenía una mariposa de plástico que parecía muy real. Doris la mantuvo en alto: "Una oruga cambia y se transforma en una bonita mariposa. Sí, también es nueva vida". La pequeña Judy sonrió orgullosa y dijo, "Srta. Miller, ese es mío". En el siguiente, Doris encontró una roca con musgo. Explicó que ese musgo también significaba vida que crece aun en una piedra. Billy alzó la voz desde el fondo de la clase: "Mi papá me ayudó", dijo sonriente. Entonces Doris abrió el cuarto huevo y tuvo que controlarse para no exhibir un gesto de decepción. El huevo estaba vacío. Con toda seguridad debe ser de Jeremy, pensó, y, naturalmente, él no ha entendido mis instrucciones. Si no hubiese olvidado telefonear a sus padres... Para no hacerle pasar un mal rato, con cuidado puso el huevo a un lado y alcanzó otro. De pronto Jeremy dijo: "Srta. Miller, ¿no va usted a hablar de mi huevo?". Doris replicó desconcertada: "Pero Jeremy, tu huevo está vacío". Todos se rieron. Él la miró fijamente a los ojos y dijo suavemente: "Sí, pero la tumba de Jesús también estaba vacía". El tiempo se paró. Cuando pudo hablar de nuevo, Doris le preguntó: "¿Sabes por qué estaba vacía la tumba?". "Oh, sí. A Jesús lo mataron y lo pusieron dentro. Entonces su Padre lo elevó hacia Él."
La campana del recreo sonó. Mientras los niños corrían animadamente hacia el patio del colegio, Doris lloró. La frialdad de su interior de desvaneció por completo. Mas tarde ella se ocupó de explicarle a todos los niños que el ganador había sido Jeremy y las razones por ello.
Tres meses más tarde, Jeremy murió. Aquellos que fueron a expresar sus condolencias se sorprendieron al ver 19 huevos sobre la tapa de su ataúd. Todos ellos vacíos.
VIVIENDO EL DIARIO VIVIR No. 1
El rencor es un sentimiento negativo que se origina en una situación del pasado que no aceptamos y al no aceptar no comprendimos. Son esos sucesos de nuestra vida que recibimos como un castigo, como una prueba de dolor y sufrimiento con la cual nos victimizamos y nos llenamos de autocompasión.
El rencor es falta de comprensión y aceptación de la voluntad divina. Por ser un sentimiento negativo esclaviza nuestra mente con un permanente deseo de venganza que consume nuestra fe y confianza en la vida y anula la manifestación del amor, manteniéndonos encadenados al pasado, sin la posibilidad de vivir y disfrutar el presente y sin que podamos proyectarnos hacia el futuro con la fuerza del amor que nos hace reconocernos como hijos de Dios.
El rencor es uno de los sentimientos que mas retardan el reconocimiento interno del Reino de Dios en nuestras vidas.
Retomando un principio de Ortega y Gasset, podríamos preguntarnos: ¿cómo vamos a salvar nuestra circunstancia y la de los demás en la debilidad como seres humanos para no desdibujarnos como actores sociales?. “Lo que hace que un individuo reaccione de un modo, y no de otro, es el carácter individual”. ¿Con qué carácter vamos a manejar la patología del miedo, el rencor, la inseguridad, la situación económica, el desánimo, el temor, la crueldad, la calumnia, el vacío emocional y el vacío del poder?
Estudios médicos de la mayor confiabilidad han logrado demostrar las “causas emocionales de la enfermedad”. Con respecto al rencor las estadísticas son contundentes: un 85.7% de los casos de cáncer de estómago se ubican en pacientes que nunca lograron perdonar, que vivieron con rencor, resentimiento profundo, desconfianza, autocompasión, desesperación y/o desvalimiento. Hay una manifestación física del rencor, del miedo, de ese tipo de sentimientos negativos en nuestro cuerpo y es un “hormigueo en el estómago” son aquellas famosas “mariposas en el ombligo” que nos están mostrando cómo nuestros sentimientos se manejan en el estómago y, cuando direccionamos hacia allí esos rencores, esos resentimientos, estamos pudriendo nuestro estómago y fabricando un cáncer.
El Padre ya todo nos lo ha dado y en su sabiduría permite que nos equivoquemos para que crezcamos, hasta que entendamos que en la vida humana el error es: Inevitable, indispensable y necesario; para crecer, para purificarnos, para aprender a levantarnos, para aprender a vivir. Tenemos que despojarnos del miedo a equivocarnos, pues cada vez que caemos nos estamos haciendo maestros en levantarnos, y cada vez podremos levantarnos mas fácil y mas rápido.
El no nos envío a sufrir, nos envió a ser felices, las circunstancias de nuestra vida no van a cambiar, no importa lo que hagamos, “ni la hoja de un árbol se cae sin ser la voluntad del Padre”, lo que si podemos cambiar es la forma como decidamos vivir esas circunstancias de la vida.
Todos tendremos que recorrer un camino para llegar a la Casa del Padre, donde “hay muchas habitaciones”. Jesús nos abrió ese camino y tenemos que recorrerlo inevitablemente. Solo que yo, y solamente yo, decido recorrerlo riendo o llorando, cantando o vociferando, bendiciendo o maldiciendo, corriendo o arrastrándome, yo lo decido, y es cuando me proclamo “víctima de mi propia vida” o “arquitecto de mi propia vida”.
Es mas fácil erigirse en víctima pues tendremos muchas razones de peso para sufrir, quejarnos de la vida, victimizarnos y hacer que “alguien” cargue con nuestra culpa. Generalmente echamos buena parte de esa culpa a Dios, a nuestro Padre amoroso, diciendo “es una prueba de Dios” cuando en realidad es un regalo maravilloso de Padre para que te prepares, para que subas un nuevo peldaño, para que seas mejor persona, para que aprendas a vivir sin tenerle miedo a la felicidad, aunque nuestro ego se quede solamente en la mentalización de que es una prueba para sufrir y darse látigo.
Todo el tiempo estamos a la búsqueda de culpables, “alguien tiene que tener la culpa de lo que me sucede”, en nuestra niñez la culpa generalmente es de nuestros hermanitos menores, de nuestros padres; en la adolescencia, de nuestros profesores y compañeros de aula, en la juventud de nuestras “novias o novios”, en la adultez de nuestra pareja y de nuestros hijos, para completar un circulo que retorna al mismo punto. No estamos preparados para aceptar que nadie tiene la culpa de lo que me sucede, que soy el único responsable de las circunstancias de mi vida, que la voluntad del Padre me permite vivir mi vida como yo decida.
Culpo a esos padres, profesores, amigos, parejas, de cuanto sucede en mi vida y decido que “tienen que pagar por ello” pues soy su víctima y como víctima me lleno de rencor, resentimiento y anhelos de venganza contra ellos.
Mientras ellos carguen con la culpa yo me libero de la responsabilidad de asumir mis propios actos. Es mas fácil que ellos sean los culpables, así puedo seguir quejándome y mostrándole al mundo lo victima que soy y mientras siga siendo víctima tendré muchas razones para sufrir con la errada convicción de que “el bueno” es el que sufre.
Pero la verdadera grandeza, el verdadero sentir de ser Hijo de Dios, me llevará a reconocerme como arquitecto de mi propia vida, asumiendo la total responsabilidad de mis actos y sus consecuencias, es entonces cuando rompo mis cadenas, cuando comienzo a recorrer el camino para identificarme a “imagen y semejanza de Dios”, tal como fui creado.
En esa imagen y semejanza de Dios no tienen cabida el rencor, el resentimiento, la desconfianza, la autocompasión, la desesperación, el desvalimiento, pues ninguno de esos sentimientos hace parte del Reino de Dios.
Si yo pudiera llegar a entender que cada cual tiene la verdad, dependiendo del punto desde donde la esta mirando, que cada uno, en su momento, frente a una circunstancia específica de la vida solamente fue mi “entrenador” e hizo lo mejor que pudo, lo que las circunstancias le permitieron hacer dentro del marco de su propio ego, de su propia personalidad, podré comenzar a aceptar que nadie me hace nada, que soy yo quien se ofende, que nadie me ataca: soy yo quien se siente atacado. Cada cual actúa según el nivel de amor alojado en su corazón y en su obrar.
En ese interrelacionarse de los humanos podemos ver un poco de nuestras verdades fundamentales, como también de nuestras necesidades para ayudarnos en ese caminar en el que cada uno está y que a la postre es el mismo caminar, la misma senda hacia la Casa del Padre donde nos han preparado una habitación para que allí donde El está también estemos nosotros.
Luego toda circunstancia de nuestra vida hace parte de ese caminar, de esa búsqueda. Sería entonces importante reconocer que cada ser humano, cada hermano que se acerca, tiene algo que enseñarnos y algo que aprender de nosotros, cada uno de ellos es un entrenador de nuestra vida y somos entrenadores de cada uno de ellos. Está en ti decidir que tipo de entrenador estas dispuesto a ser.
El mundo está lleno de entrenadores mediocres, que se quejan todo el tiempo, siempre a la búsqueda de culpables, siempre justificando su rencor y su odio, siempre victimizándose, pero tu puedes ser un entrenador lleno de comprensión. En la medida que “comprendas” podrás “aceptar”; en la medida que aceptes dejarás de luchar contra la vida y te llenarás de paz, una paz que te conducirá al Amor, el verdadero sentimiento que te identifica como “Hijo de Dios”.
Busquemos el equilibrio en nuestra vida, equilibrio en lo racional, equilibrio en lo pasional, controlemos nuestros impulsos, tengamos dominio propio. No permitamos que nuestro cuerpo se sature de cáncer mental que a la larga se transformará en cáncer físico.
Mantengamos una actitud de perseverancia en la búsqueda de la felicidad con una actitud de paz, con una actitud de paciencia, de tolerancia, de espera, de fe en ese largo o corto camino que nos quede por andar hacia la Casa del Padre.
No se vale que como católicos, teniendo acceso al conocimiento, a la información, a las escrituras, cometamos el error de degradarnos como seres humanos. Seamos artífices del rescate de una sociedad enferma de la que estamos rodeados, una sociedad que espera de nosotros la solución. Seamos dadores de respuestas para reconstruir la vida, para vivir en una sociedad mejor.
Como católicos estamos llamados a ser luz, podemos ser guía hacia “el camino, la verdad y la vida”. La tarea es ardua y de enorme responsabilidad para los Hijos de Dios que hacen manifiesta esa calidad.
Pascual Bailón
VIVIENDO EL DIARIO VIVIR No. 2
SIEMPRE HAY QUE HACER EL BIEN
El mundo en que vivimos se nos presenta pleno de los elementos negativos que constituyen nuestros conceptos y creencias, es decir, lo que llamamos el mal, la corrupción, lo inmoral, toda esa polaridad negativa que no hace parte del Reino de Dios y que nos grita desde diferentes ángulos en nuestro diario trasegar. Esta negatividad, generalmente, la llevamos a nuestros pensamientos, sentimientos y emociones; la hacemos nuestra y nos convertimos en víctima de esa negación, de cuanto tiene de grande y maravilloso el milagro de la vida.
Jhon Lenon escribió: “La vida es un milagro que se pasa mientras estamos muy ocupados haciendo otras cosas”. En verdad, nos mantenemos demasiado ocupados para ser conscientes del milagro de nuestra vida y cuando aterrizamos es, habitualmente, porque la polaridad negativa nos obliga a mirar, momentáneamente, nuestro diario vivir desde las circunstancias que estamos atravesando.
Solamente cuando practicamos lo que llamamos el Bien, entendido para esta explicación como no causarle daño a ningún ser viviente, a ninguno, no solamente a los humanos; estamos llamados a respetar también la vida de los vegetales y los animales, incluso de los minerales: el oxigeno, el hidrógeno, el agua. Han dicho los chinos: “no descansará el hombre hasta ver contaminada la ultima gota de agua, la ultima partícula de oxigeno del planeta tierra” porque seguimos convencidos que no tenemos obligación de respetar el planeta, que siempre habrá suficiente agua potable y suficiente aire puro, luego nada de malo tiene contaminar otro poco. Cuestionémonos alguna vez: ¿que oxigeno van a respirar los hijos de los hijos de nuestros hijos?, ¿que agua potable les estamos dejando para beber?.
Cuando aprendemos a respetar la vida de todos los habitantes de la tierra podemos ofrecer un punto de comparación, una luz de esperanza a los seres que se encuentran en el terrible mundo de la oscuridad que llamamos el Mal, entendido como las personas que aun no han desarrollado suficientemente sus sentimientos por lo cual actúan desde un instinto de supervivencia, desconociendo por completo el milagro de la existencia, ignorando la presencia de Dios en nuestras vidas, desconociendo que hay un Arquitecto del Universo y, en consecuencia, se dan a la tarea de arrasar con violencia a los seres que se interponen en su camino.
Cuando reconocemos nuestra propia ignorancia, nuestra propia oscuridad, cuando nos despojamos del ego y reconocemos con humildad que todos los días matamos sin contemplación: matamos el agua, matamos el aire puro, matamos cucarachas, aves, plantas, y dejamos de pensar que esa labor de matar es natural, que tenemos derecho a segar la vida de esos otros habitantes de la tierra, es cuando el cambio comienza y podemos realmente activar nuestros sentimientos de amor, reconocernos como criaturas de Dios que viven armónicamente con el aire, con el agua, con los animales, con las plantas, que también son criaturas creadas por Dios y es entonces cuando comenzamos a vivir un proceso mental que consiste en impulsar el movimiento oscilatorio del razonamiento, entre el bien y el mal, lo positivo y lo negativo, me gusta no me gusta, amor odio, y a través de ese razonamiento llegamos al análisis, la comprensión y el desarrollo del Reino de Dios en nuestro corazón.
Cuando practicamos frecuentemente el bien, llegará el momento en que estamos listos para pasar a un siguiente nivel de evolución como seres humanos, para acercarnos a vivir las enseñanzas de Jesús, para seguirlo de verdad, ya no matando la vida, sino bendiciendo la vida, en todas sus manifestaciones.
Pero mientras más nos acercamos a Jesús, más podremos entender con claridad que aquello que nosotros llamamos el bien, es insuficiente para lograr la armonía, el respeto y la convivencia pacifica y tendremos entonces que encaminarnos hacia las Maestrías en Amor y comenzar a recorrer el camino hacia la casa del Padre aprendiendo a aprender y aprendiendo a comprender.
No va a ser fácil aprender a despojarse de los sentimientos, porque la sociedad nos enseño que el bueno es el que sufre y nos hemos confundido porque se nos antoja más fácil el camino si tenemos algo porque sufrir, algo o alguien por quien lamentarnos o llorar y somos felices de poder contar “cuanto sufro por ti”, “cuanto he llorado desde que te fuiste”, “mi vida sin ti dejo de ser vida”, y podríamos dar mil ejemplos para entender que siempre nos ponemos como la víctima, siempre sufriendo en este “valle de lágrimas”, siempre “sufriendo para por si acaso”. Yo me pregunto entonces donde queda Dios?, donde queda el amor de Dios por nosotros?, hasta cuando vamos a seguir pensando que El nos envió a sufrir?.
Hasta cuando nuestro ego limitado va a seguir pensando que Dios se equivoca? Que no está en capacidad de administrar el universo? Y entonces tomo la justicia por mi propia mano y “corrijo” las equivocaciones de Dios en la vida de los otros. “Ni la hoja de un árbol se cae sin ser la voluntad del Padre”, pero nuestro ego sigue creyendo que la hoja no ha debido caerse, que la historia debió suceder como nosotros queremos que suceda. Conocemos apenas una parte de la historia por eso protestamos y luchamos contra la vida, pero cuando conozcamos la historia completa podremos ver manifiesta la gloria y majestad del Padre, su Sabiduría despojada de ego y plena de Amor Incondicional por nosotros.
El Padre ya todo nos lo ha dado, el quiere que seamos felices y que recorramos con Amor, Fe y Compasión el camino de regreso a Su Casa.
En ese camino tendremos que aprender entonces que no podemos seguir comprometiéndonos con nuestros sentimientos de dolor y sufrimiento, que tenemos que actuar con amor sin comprometernos en sufrir.
¿Se imaginan ustedes a la Madre Teresa de Calcuta, sufriendo y llorando por las llagas de cada uno de los enfermos de sus asilos?
Si la Madre Teresa se hubiera quedado en el dolor y el sufrimiento de sus enfermos ¿que hubiera podido hacer por ellos?. Para su obra maravillosa tuvo que aprender a no comprometerse con el dolor y el sufrimiento de sus enfermos, solamente aceptarlo como la voluntad del Padre y actuar con amor, abrir muchos asilos, llevar su mensaje a muchas partes, sin sufrir, consciente de que en el momento en que le diera rienda suelta al sufrimiento sus enfermos se hubieran quedado huérfanos de acciones concretas y de verdadero amor.
Ahora, pensemos, ante la coyuntura de la Madre Teresa frente a sus enfermos que hubiéramos hecho nosotros? Muy probablemente sufrir y decirles algo como: “no sabes cuanto estoy sufriendo por ti, mira mis lagrimas incontenibles al ver tus llagas” y sentir que esas lágrimas y ese sufrimiento nos hace “buenos” ante los ojos de los otros. ¿Será que ese tipo de “bueno” se parece mucho a “Fariseo”?. ¡Que tu mano izquierda no sepa lo que hace la derecha!, no sufras para por si acaso, actúa, has el bien sin sufrir, con acciones reales, con amor, con fe, con seguridad y cuando hagas el bien, en la forma correcta, piensa que tus acciones, tu amor, tu confianza regresarán hacia ti sextuplicadas, bendecidas y llenas del amor del Padre por ti.
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