Deseas que oremos por ti?

DOMINGO XXI ORDINARIO:
"Las llaves del Reino"

Muchas campañas publicitarias invitan hoy a entregar las llaves en momentos críticos.

Nos duele entregar las llaves porque sin ellas se obstaculiza nuestro acceso a algo que es “de nuestra propiedad”.

La llave ha llegado a ser un signo de aquello que encierra. “La llave de mi casa, de mi automóvil, de mi oficina”.

En la antigüedad confiar las llaves era el símbolo de delegar autoridad, un signo de compromiso, una muestra de confianza, un gesto de responsabilidad. El siervo que recibía las llaves del amo era el de máxima confianza, el de mayor virtud y fidelidad.

Luego surgió el término de “amo de llaves” (si bien su forma más empleada es la femenina), para designar al hombre que disponía de los bienes de la casa según su prudente juicio, algo así como nuestro actual “administrador”. Para conocer el rango o importancia de uno de estos sujetos bastaba echar una mirada a la cantidad de llaves que cargaban y la clase de puertas que abrían. Muchas llaves o llaves grandes: gran responsabilidad.

Qué duda cabe que en el amor y en la amistad sucede algo parecido. Sin recurrir a formas poéticas muy elaboradas, podemos afirmar con sencillez que en un amigo hemos depositado la llave de nuestro corazón. Nadie nos conoce mejor que un amigo, en nadie se confía más que en un amigo. Nadie está más pronto a escucharnos y darnos consejo. “La pena que se comparte con un amigo es un descanso”, decían los persas.

Aun así, frecuentemente, juzgamos las actitudes de los amigos muy a la ligera. Nos sentimos defraudados porque nuestro amigo, familiar, o esposa, no  ha actuado ante cualquier situación como nosotros esperábamos, y más aún, cuando pensamos que "conocemos bien a esa persona". Como consecuencia nace la desconfianza y el recelo, nos sentimos dolidos, y la apartamos en mayor o menor grado de nuestro corazón.

También es cotidiano, el escuchar estupendas teorías de "como somos", y que haríamos en cualquier situación, ya fuera la que se le ha presentado a otra persona, o simplemente imaginarias. Y decimos eso de: -yo haría esto o aquello,- presumiendo ante los demás de lo estupendo que somos, "incluso creyendo lo que decimos". Pero no es así, no tenemos la menor idea de como vamos a actuar ante cualquier hecho que nos presenta la vida, ya que no solo depende de nuestra forma de ser, de nuestros conocimientos, de las circunstancias, y sobre todo "del estado de ánimo con que nos hemos levantado ese día". Ante cualquier situación, hoy podemos actuar con acierto y valentía, y quizás mañana lo contrario, avergonzándonos de nuestro comportamiento.

Por todo esto, ¿como somos capaces de juzgar las actitudes de los demás, si nosotros desconocemos las nuestras? Deberíamos tener más tacto, y ser más humildes a la hora de presumir, o de hacer de jueces o fiscales de nuestros semejantes. Apliquemos ahora esta reflexión a la vida de Pedro: ligero en obrar, pronto en herrar, amoroso y entregado, abnegado y cobarde, capaz de ofrecer la vida por Jesús y pronto a negarlo tres veces: “demasiado humano”.

Muy seguramente, los Discípulos de Jesús pudieron llegar a resentir el que las llaves fueran entregadas a Pedro y no a ellos mismos, el que el Maestro pusiera su confianza, sus llaves, su administración en manos de uno específicamente, el que tuviera que tomar decisiones y optar entre doce, siendo todos, en ese momento, discípulos y amigos, pero Pedro? El que duda? El que se hunde por la duda? El que lo niega?

Nosotros no sólo tenemos amigos: también somos amigos de otras personas, ¿qué uso le damos a esta llave? ¿Alguien confía en nosotros, como nosotros confiamos en otras personas?. Puede angustiarnos mucho haber extraviado una llave importante. Es una pena mayor llenar de herrumbre el corazón oxidando una amistad.

Pedro, amigo de Jesús, se nos revela como un hombre espontáneo, franco y de confianza. Pertenece a los sencillos. Entender a Pedro es comprender la gloria y majestad del Maestro.

Jesús no escoge a un amigo perfecto: escoge a un amigo humano!.

Si entendemos a Pedro comprenderemos y amaremos al Papa

  1. La fe de Pedro fue gradualmente creciendo.
  2. Del entusiasmo al error; del error a la fe verdadera.
  3. Por eso el poder de la muerte no le derrotará.
  4. Por eso no hay Iglesia sin Pedro.
  5. No hay Iglesia sin referencia a aquel que simboliza la unidad y fe que se fundamenta en Cristo.

Jesús le entregó las llaves a Pedro:

  1. Entrego la autoridad sobre la Iglesia: para gobernar, permitir y prohibir.
  2. Es un gobierno en el servicio por amor.
  3. Es potestad espiritual y de ahí la inhabilidad, no equivocarse en cuestiones espirituales.

En línea Directa, Benedicto XVI:

  • Es el sucesor de Pedro.
  • El Papa número 265, desde Pedro hasta hoy.
  • El Papa no es un soberano absoluto, cuyo pensamiento y voluntad son ley. Por el contrario, el ministerio del Papa es garantía de la obediencia a Cristo y a su Palabra”.  (Benedicto XVI, -7 Mayo, 2005

La Iglesia es una, santa, católica y apostólica.

  1. Son notas, señales, caracteres sensibles, propios y permanentes de la Iglesia.
  2. Las confesamos en el Credo y están unidos entre sí.
  3. Es Una: tiene un solo Señor, una sola fe, un solo bautismo. Unidad de fe, de sacramentos y de gobierno. La cabeza es el Papa.
  4. Es Santa: pues Dios es su autor. Cristo se entregó y el Espíritu le vivifica.
  5. Es Católica: anuncia la totalidad de la fe que se dirige a todos los pueblos.
  6. Es Apostólica: edificada sobre sólidos cimientos. Cristo la gobierna a través de Pedro y los demás apóstoles presentes en los sucesores, el Papa y el colegio de los obispos.  Por su origen y ministerio propagada por los apóstoles que Jesucristo escogió y por su doctrina  porque en ella cree y enseña de la misma que creyeron y enseñaron los apóstoles.

Una anécdota simpática tuvo lugar tras el nombramiento del Papa Juan XXIII. Cuentan que en su primera noche como Pontífice pidió al cardenal Nasalli que se quedara a cenar con él. Pero el purpurado le dijo que era costumbre que los Papas comieran solos, a lo que el recién elegido respondió: "¡Tampoco de Papa van a dejarme hacer lo que me de la gana!". El cardenal, accediendo a la petición preguntó: "¡Santidad!, ¿puedo traer champán?". Juan XXIII respondió: "¡Sí, por favor, pero no me llame Santidad, que cada vez que así lo hace me parece que me está tomando el pelo!"

El 12 de marzo de 2000, Juan Pablo II, pidió perdón por las faltas humanas cometidas en la Iglesia Católica a través de los tiempos. Haciendo referencia a las cruzadas, la inquisición, la discriminación hacia los judíos, las mujeres y las etnias: un Papa haciendo gala de humildad, sencillez, confianza: como Pedro ante Jesús.

Y Usted? A quien entregará sus llaves? Seguirá esperando al amigo perfecto, o podrá, confiar, como Jesús, en el amigo “demasiado humano”.

 

 

 

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