Cada mañana aparecía un leproso cerca de la puerta de la casa. Violeta sentía la tristeza pintada por el dolor en aquel rostro de hombre y un día, en un gesto de bondad, estampó un beso en los labios del leproso y ese beso fue suficiente para contraer la lepra. La familia, para evitar peligros de contagio, la llevó a una montaña, y la dejó abandonada en una cueva entre las rocas. Mientras tanto, Mara y Santiago se casaron y tuvieron una niña encantadora. La niña se enfermó y nadie podía curarla. Cuando ya estaba más muerta que viva, Mara se la llevó a su hermana Violeta para que la sanara y le devolviera la vida. Sorprendida, Violeta exclamó: ¿y quién soy yo para devolver la vida a tu hija?
Mara, amargada con la respuesta le gritó: ¿y entonces de qué vale tu oración aquí en la cueva?
En el valle sonaban las campanas anunciando la nochebuena. Violeta tomó en sus brazos a la niña ya muerta, estampó un beso con sus labios cancerosos en los labios fríos de la niña y la niña comenzó a dar señales de vida y así se la devolvió a su hermana.
No es el milagro lo que me impresionó, sino la pregunta de Mara: “¿y entonces de qué vale tu oración aquí en la cueva?”. Es la pregunta que con frecuencia todos nos hacemos cuando oramos:
- ¿Sirve de algo la oración?
- ¿Para qué sirve la oración?
Incluso son muchos los que se pelean con Dios cuando su oración no es atendida. Sienten como si Dios les engañara cuando dice: “Si vosotros que sois malos, sabéis dar cosas buenas a vuestros hijos, ¿cuánto más vuestro Padre celestial dará el Espíritu Santo a los que se lo pidan?”
Un hombre soñó que era llevado al cielo. Deambulaba por el cielo cuando se encontró con Jesucristo que le invitó a asomarse y contemplar lo que pasaba en la tierra.
Vio una iglesia donde se celebraba la misa del domingo. El organista tocaba entusiasmado y sus dedos se movían con gran agilidad y las teclas subían y bajaban, pero no podía oír ningún sonido. Veía el coro de jóvenes, bocas abiertas, pronunciando todas las palabras, pero no podía oír ningún sonido.
Veía al sacerdote y a los fieles que se levantaban y se sentaban y abrían sus bocas para recitar las oraciones, pero no podía oír ningún sonido.
Asombrado, se dirigió a Jesús y le preguntó por qué no podía oír nada. Jesús le contestó: "Tienes que entender que si no oran y cantan con sus corazones aquí no podemos oírles".
- ¿Es este nuestro caso?
- ¿Oramos con nuestros corazones?
- ¿Estamos aquí, en La Epifanía, no sólo con nuestros cuerpos sino también con nuestros corazones?
Todos estamos de acuerdo en que el centro de la existencia de Jesús era una fe inquebrantable en que Dios era su Padre.
Todos estamos de acuerdo en que Jesús era como nosotros en todo excepto en el pecado.
Así pues podemos suponer que Jesús aprendió a orar como lo hacemos nosotros, poco a poco, paso a paso.
Jesús gatearía alrededor del suelo de tierra de la casa y, en su propio lenguaje, descubriría la palabra Abba. Por supuesto que no entendería lo que decía pero haría a su Padre muy feliz.
Después aprendería de memoria las oraciones de su pueblo. Y aunque conociera el significado de las palabras no podría incorporar esos sentimientos en su experiencia infantil de la vida.
Cuando Jesús tenía doce años subió a Jerusalén y se perdió en el templo. Recordemos lo que dijo a sus padres: "Tenía que ocuparme de las cosas de mi Padre".
Lucas nos dice que María no entendió lo que le decía. ¿Sabía Jesús lo que decía?
Jesús alcanzó la madurez de la misma manera que nosotros. En esta etapa las oraciones de los otros, curtidos por experiencias semejantes, se convierten en nuestra oración.
Pero cada uno de nosotros tiene también experiencias vitales únicas y cuando las conversamos con Dios se transforman en oración personal, en nuestra oración única e irrepetible.
Un día Jesús decidió bautizarse y aquel día oyó una voz que le decía: "Tú eres mi hijo muy amado". Y el Dios abstracto y general se convirtió en su Padre personal, en la estrella que guiaría el resto de su vida.
Y murió diciendo: "Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu".
Ya no eran suficientes las oraciones de los otros.
Ya no era suficiente orar al Padre de todos. Dios tiene que ser mi Dios. Dios pertenece a todos, pero el Padre tiene que ser mi Padre amado y personal.
La vida de Jesús fue una oración de principio a fin y quiere que la nuestra lo sea también.
Nos enseñó a orar al Padre con el Padre nuestro.
Nos enseñó a pedir lo mejor: el Espíritu Santo.
Nos recomendó hacerlo todos los días aunque sólo oigamos el eco de nuestras propias voces. Esto no tiene que preocuparnos. Dios sabe si oramos con el corazón y siempre escucha nuestra oración.
La eucaristía que celebramos es la oración de la iglesia, de la comunidad, y tengo que hacerla mía.
Con Jesucristo, en Jesucristo y por Jesucristo ofrecemos este sacrificio a Dios nuestro Padre.
Orar es tener alguien a quien podemos dar las gracias, alguien con quien podemos hablar de todas nuestras cosas, sabiendo que no se cansará de nuestras explicaciones y de nuestras peticiones. Pero tenemos que terminar nuestra oración. ¿Qué habría pasado si Abraham hubiera terminado su oración, si hubiera llegado hasta el final de la lista?
Probablemente no había en la ciudad ni un inocente y aquí tampoco, pero eso es lo de menos. Dios quiere que persistamos en la oración pero somos poco atrevidos.
Señor: enséñame a orar. Tú sabes que yo no sé orar de verdad.
Yo sólo sé pedir según mis intereses personales.
Concédeme tu Espíritu Santo que ore él mismo dentro de mí.
Que mi oración cambie mi corazón. Convierta mi corazón.
No te pido que seas Tú el que cambie
sino que sea yo quien cambie delante de ti.
Que también yo pueda decir contigo:
“Pero no se haga mi voluntad sino la tuya”.
Que así sea.
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